Tokio parte III

Octubre es muy buena época para venir a Japón. En verano llueve sin parar, en invierno hace un frío que pela, en primavera están los cerezos en flor, y tiene que ser espectacular, pero sigue haciendo frío. En cambio en otoño el tiempo es perfecto. Además, los árboles empiezan a mudar las hojas y si tienes suerte puedes disfrutar del llamado “kouyu”, que significa “hojas rojas”. A nosotros nos pilló un poco pronto para eso, pero no cambiaríamos el solazo que nos hizo por nada del mundo.

Día 3 en Tokio

Lo de levantarnos a una hora decente para hacer turismo, desde bien tempranito, aún nos estaba costando; pero las risas que nos echábamos por las noches hasta las 3 de la mañana no tenían precio. No hay nada mejor que llevar dos meses y medio fuera de casa y que vengan tus amigas de visita. Y no hay nada mejor que celebrarlo con la Asahi Clear de 188 yenes (1,4€) del 7 eleven. Tamaño yonkilata.

Templo Junishia Kumano Jinja

Cuando conseguimos arrancar la jornada, fuimos primero a visitar el templo Junishia Kumano Jinja, ubicado en el Shinjuku Central Park, que nos pillaba al lado de casa. Los templitos pequeños de barrio al final tienen mucho más encanto que los grandes porque los puedes disfrutar sin ningún turista y en silencio. Lo que más nos gustó fue el contraste entre los rascacielos de cristal y los tejados de madera.

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Tocho

Tras verlo, decidimos subir a la torre del edificio del gobierno metropolitano de Tokio, conocida como Tocho. Tiene fama de tener una de las mejores vistas de la ciudad, y encima es gratis. También está en nuestro barrio. Lo volvemos a recomendar encarecidamente como campamento base. Viva Shinjuku!.

Había mucha cola para subir a la torre porque estaba lleno de turistas, casi todos locales, pero la verdad es que avanzábamos bastante rápido. Nos llama mucho la atención lo confiados que son los japoneses. Allí casi todos van con la mochila abierta, con el móvil a la vista, y sin ningún temor a que les quiten nada. Así les pasa a los pobres, que cuando van a ciertos países les roban de todo. Nosotros en esta ciudad nos sentimos súper seguros, sea la hora que sea. Son muy legales para todo. Ojalá se extendiera más esta cualidad al resto del mundo.

El ascensor te sube hasta el piso 45 en pocos segundos (se te taponan los oídos), y allí puedes ver desde las cristaleras prácticamente todo Tokio. Hay una parte a la que solo puedes acceder, si consumes en un restaurante que hay, pero aunque no lo hagas, merece la pena subir. Nosotros vimos hasta un zepelín. Entre eso y los rascacielos del futuro, parecía que estábamos en el universo paralelo de Fringe. (Si no has visto la serie, ¡muy mal!).

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En lo alto, hay además una tienda de souvenirs donde puedes comprar alguna frikada típica japonesa, y no japonesa también. Yo me llevé un monedero de Doraimon y unos imanes de Star Wars. Aquí están a tope ya con “The force awakens”, y yo, Irene, no puedo ser más feliz con el tema. A ver en qué país me pilla el estreno de la peli…

Volviendo a Tokio. Bajamos de Tocho y cogimos el metro hasta los jardines del palacio del emperador, que nos habíamos quedado con ganas de entrar. Habíamos decidido comprar un billete para todo el día (Day pass) de la compañía Toei, no de la Tokio Metro (como hicimos el día anterior) porque con esa podíamos coger también autobuses, que luego necesitaríamos para llegar a la isla de Odaiba. Os recordamos que podéis comprar el pase para un día con cualquiera de las dos empresas (por 600 o 700 yenes) o uno combinado de las dos (por 1000 yenes).

Jardines del Palacio del Emperador

El paseo por los jardines es tranquilo, relajante y gratis. Están rodeados por un foso y puedes disfrutar de árboles frutales, muchos en forma de bonsai, del silencio, de las carpas gigantes que hay en los pequeños lagos y, sobre todo, del contraste de la naturaleza con los edificios. Eso nos encanta. Lo del silencio es alucinante. Una ciudad como Tokio de casi 40 millones de habitantes y puedes oír a los pájaros perfectamente, como si estuvieras en el campo. Nada más entrar a los jardines, ese silencio fue interrumpido, pero por una buena causa. Era la guardia imperial que estaba entrenado y se les oía gritar como en un partido de tenis. No puedes entrar pero les espiamos por una rendija y les vimos practicar algún tipo de  arte marcial que desconocemos.

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Salimos de los jardines, miramos la hora, y vimos que quedaba muy poco para la puesta de sol. Ese día tocaba ver el atardecer desde Odaiba (también lo llaman Daiba). Es una isla artificial que crearon los japoneses en 1859 con un propósito defensivo y ahora es una zona residencial y de ocio. Pero antes teníamos que encontrar la parada del autobús que iba hasta allí, cogerlo, atravesar todo el barrio de Ginza (que es como el Serrano de aquí), bajarnos en Daiba y andar hasta la zona de la playa desde donde puedes ver el Rainbow Bridge y el sol metiéndose entre los edificios.

Odaiba

De nuevo tocaba correr. Así todo el rato. Íbamos haciendo una prueba tras otra del concurso que nos habíamos montado en nuestra cabeza. Tardamos un poco en encontrar el bus número 5 en Tokio station, que no es tan sencillo como el metro, y cuando nos subimos no se nos ocurrió otra cosa que liarnos a comer lonchas de jamón serrano ahí en medio. Nos miraban raro. Pero había que reponer fuerzas después de la carrera. Que entre lo tarde que salimos por las mañanas y la de veces que tenemos que parar a hacer pis, que parecemos una excursión de señoras, no habíamos podido parar a comer. Por cierto, en Japón hay baños por todas partes, eso sí que es señal de sociedad evolucionada: aseos limpios y públicos en casa esquina.

El caso es que la última etapa de la prueba, la acabamos esprintando, casi echando el hígado por la boca, para llegar justo en el preciso instante en el que el último trocito de sol se escondía tras los edificios en el horizonte. Diez minutos antes y lo hubiéramos visto. Jode más que llegar media hora tarde. Pero no podíamos ganar todas las pruebas. A pesar de ello, hicimos unas fotos bonitas mientras nos entraba hambre.

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Las vistas mejoran según se va haciendo de noche y se empiezan a encender las luces de las ciudad. Nos sentamos en la única terraza que vimos y nos comimos unas salchichas y unas patatas fritas mientras veíamos de fondo el Rainbow Bridge y los peces que pegaban saltos sin parar. En ese momento parecía que estábamos más en Nueva York que en Tokio. Para colmo, tienen allí puesta una réplica de la estatua de la libertad, que hicieron los japoneses para estrechar lazos con el pueblo francés.

Esta zona está llena de centros comerciales inmensos con un montón de tiendas y como no, frikadas por todas partes. A los maniquíes les ponen máscaras de animales o de Star Wars, y en el C.C. Venus Fort vimos una exposición de coches antiguos donde estaba el modelo Delorean que se utilizó en la peli Regreso al futuro. Y es que en Japón hay de todo, menos papeleras. Aquí deben tener mucha conciencia con aquello de que cada uno recoja su basura, porque es imposible encontrar una. Te lo tienes que guardar y tirarlo en casa.

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Robot Gundam

Nuestra última parada en Odaiba fue para ver un robot de 18 m. Lo llaman Gundam y es un rollo Transformer pero sin convertirse en camión. Viene de una serie de anime que debe ser ultra famosa aquí. Lo del anime y los cómics está muy extendido en Japón, y no sólo entre la gente joven. En el metro ves ejecutivos que van leyendo sus cómics tan ricamente.

Por Tokio, hay repartidas varias cafeterías Gundam donde te puedes comer un bollito relleno de crema o chocolate y plátano con forma de uno de ellos. Yo tuve que probarlo. Si hay algo que me guste más que una frikada, es una frikada con chocolate de por medio. Así soy. Por cierto, las tabletas de chocolate negro Meiji, que venden en los supermercados por 100 yenes (0,75€), están buenísimas.

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El día había sido muy completito y ya íbamos dando cabezazos en el autobús de vuelta, como hacen ellos. Es increíble la cantidad de japoneses que ves dormidos en diferentes sitios: el metro, los bancos de la calle, los centros comerciales, los autobuses, los restaurantes… Nosotros tenemos la coña de que se apagan, como si fueran C3PO. Lo que más nos sorprende, es que no se se pasen su parada. Se despiertan de repente y se bajan. Estos japos son muy fuertes. Casi todos se duermen con el móvil en la mano, seguro que más de uno se ha dejado los dientes de un cabezazo…

Scramble Kousaten

Y aunque estábamos entrando en modo apagado, decidimos pasar antes de ir a dormir por el cruce más famoso de Tokio:  el scramble crossing de Shibuya. Digamos que es como la Puerta del Sol en Madrid, y ellos en vez de tener al oso y el madroño tienen al perrito Hachico. Es una zona comercial, como casi todo este país, para que nos vamos a engañar, que son consumistas nivel experto; y lo que tiene de especial el cruce son los cinco pasos de cebra que se ponen todos en verde a la vez. Dicen que pasan por ellos más de un millón de personas al día.

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No nos podíamos despedir hoy con mejor canción que esta.

3 thoughts on “Tokio parte III

  1. Pingback: Resumen de Japón - Blog de viajes - Madrid ya no nos quiere

  2. El León de los seguros

    Envidia maximala. Pues yo me voy mañana a Tanzania. Pienso hacer una pública de Generali con un león de fondo

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