Lago Titicaca

Nos levantamos el primer día del año sin nada de resaca pero aún con la tripa regulera, así que antes de abandonar la ciudad de La Paz, la dueña del hostel donde nos estábamos quedando me dio a mí, Víctor, un remedio casero familiar para la diarrea. El potingue no tenía muy buena pinta, pero como nos había tratado tan bien no me quedó más remedio que tomármelo. Y fue mano de santo. Nos despedimos de la familia tan maja con la que habíamos estado tres noches y nos fuimos hasta la zona del cementerio desde donde salen los buses para llegar a Copacabana. Por desgracia el autobús se fue delante de nuestros caretos así que para no esperar dos horas al siguiente,  decidimos ir en minivan o “trufi” por 40 bolivianos cada uno.  El viaje fue bastante malo porque la carretera principal estaba cortada y tuvimos que ir por caminos de cabras entre lluvia y granizo. Por fin llegamos al pueblo de Tiquina donde nos tuvimos que bajar de la furgo y pillar un pequeño bote que cruza el lago, para después poder seguir por carretera. Así pudimos estirar un poco las piernas y sacar fotos geniales de la vida cotidiana en Bolivia como esta. Después de casi 5  largas horas llegamos al pueblo de Copacabana, pero aún teníamos que buscar un sitio para dormir, y eso sería una misión bastante complicada.

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Sigiriya-Dambulla

Lo primero que hicimos al despertar en Trincomalee fue cruzar los dedos y sacar la cámara de fotos de la bolsa de arroz para ver si había revivido. ¡Por favor, Ganeshito de mi vida, qué funcione, qué funcione! Pues no. Definitivamente nos hemos quedado sin nuestra maravillosa Sony compacta que hacía unas fotos estupendas. A partir de ahora tiraremos de móvil hasta que compremos una nueva. Así es la vida de los mochileros. Menos mal que existe el PicsArts (aplicación para retocar fotos, mamá). Leer más →