Nueva Zelanda isla sur II

Empezábamos a cogerle el gusto a la furgoneta. Era pequeña y chupaba mucha gasolina, pero el espacio estaba bien aprovechado. La cama era un tablón de madera que se plegaba y la parte de atrás se convertía en un pequeño saloncito donde cocinábamos, cenábamos y pasábamos el tiempo hablando de nuestras cosas o jugando a las cartas. Además, como hacía frío para estar fuera y la gente era un poco siesa, no interactuamos demasiado con el resto. Para mí, Irene, la cena en nuestra casa móvil era el mejor momento del día. Y si encima tocaba spaghetti con tomate, aún mejor. No tenían chorizo como los de mi madre, que es mi comida favorita del mundo, pero no estaban nada mal. Ya lo he dicho mas veces pero me reitero, Víctor es un gran cocinero.

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