Sydney

Poníamos rumbo a la gran ciudad, ¡Sydney!. Qué ganas teníamos de conocerla. Todo lo que nos habían hablado de allí, eran maravillas y estábamos deseando llegar. Pero desde Byron Bay nos tomamos dos días para hacerlo. Fuimos tranquilamente parando en los campings y duchas gratis que indicaba “Campermate”, bibliotecas y supermercados. En uno de los pueblos por los que pasamos, Morriset (como Alannis) nos zampamos un pollo asado por 8 dólares. En este país hay cosas baratísimas como la carne, y otras carísimas, como la Coca-Cola, que está a 3 dólares el litro. Nosotros nos enganchamos a la falsa del Woolworths, que costaba 69 céntimos.

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Y por fin, llegábamos al destino deseado, la ciudad más top de todo Oceanía. Y teníamos un plan. Llegaríamos a Manley, pasaríamos la noche en un sitio gratuito en Bilgola Beach, y al día siguiente descubriríamos la ciudad desde el mar, subidos en el ferry. A lo grande. Pero como si fuéramos Paco Martínez Soria en la M30 de Madrid, nos perdimos en los túneles que hay para entrar en Sydney y nos metimos de lleno en la ciudad. Nooooo, no queríamos ver nada aún. Menos mal que bajo tierra, conseguimos llegar hasta el suburbio de Bondy, y ya que estábamos, nos quedamos allí a echar la tarde.

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Bondy Beach

Otra de las cosas buenas que tenía la aplicación “campermate”, a la que yo, Irene, estaba completamente enganchada, era la parte de comentarios de la gente, que eran muy reveladores y ayudaban a ahorrar bastante. En Bondy, ya te avisaban de que el parking cuesta 8 dólares la hora, así que lo suyo era aparcar en Bronte beach, y desde ahí hacerse toda la costa andando. El parking de Bronte es mucho más barato, pero si te alejas un poco más, hacia un cementerio precioso que hay, puedes dejar el coche gratis. Además, merece la pena darse un paseo por allí, porque de verdad que es alucinante. Es enorme, las tumbas muy bonitas, y el mar de fondo queda de postal.

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El camino desde Bronte a Bondy por los acantilados ya es alucinante de bonito, pero encima había una exposición “Sculpture by the sea”, y estaba todo lleno de obras de arte modernas, con bastante nivel en general. Nos encantó.

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Y después de ver todas las esculturas, llegamos a Bondy, donde queríamos ver la famosa piscina construida al borde de los acantilados, que sale en todas las fotos de Sydney. Cuando la vimos ,se nos torció un poco el morro a modo de señora indignada. No era tan guay como en las fotos que habíamos visto. Como se nota que las que ponen en internet, para vender la ciudad, están hechas por profesionales. Pero si el tiempo lo hubiera permitido, nos hubiéramos dado un baño.

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Volvimos por los túneles hasta Manley y dormimos en un sitio precioso, que no tenía baño ni nada, pero era un mirador, desde donde se veían saltar a las ballenas. La mañana siguiente dejamos el coche en un parking a las afueras de Manley, que era gratis, no como el resto de aparcamientos de la ciudad, que costaban 60 dólares todo el día; y cogimos el ferry con el que nos plantaríamos en media hora en el centro de Sydney. Para el transporte público, lo mejor es hacerse una tarjeta Opal (como la Oyster en Londres), e ir recargándola. El momento en el que entramos en la bahía y vimos esto, es indescriptible.

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Centro de Sydney

Emocionados con las vistas, llegamos a tierra y allí estaba nuestra amiga Ainhoa, a la que conocimos en El Nido en Filipinas el año anterior, y con la que coincidiríamos tres días en Sydney. Recorrer la ciudad con ella fue muy divertido. Nos partimos de risa cuando una gaviota le robó la hamburguesa de la mano. Qué malas son.

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La ruta comenzó por los jardines botánicos, que son alucinantes, y las vistas de la Ópera desde allí, lo son aún más. A Ainhoa, la pobre, la llevábamos con la lengua fuera. No estamos acostumbrados a ir con más gente, y seguirnos el ritmo a veces cuesta. Ponemos el turbo y no hay quien nos pare. Pero había mucho que ver y tampoco es que tuviéramos muchos días. Lo bueno de llevar compañía, es que Victor y yo nos podríamos hacer una foto juntitos, porque no teníamos muchas, la verdad. Además, Ainhoa tenía bastante sentido común a la hora de hacerlas. Cuando le pides a un turista que te haga una foto siempre es una mierda. ¿Que parte de “no me cortes los pies” o “este es el plano que quiero” no entienden? No me lo explico.

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Después hicimos picnic en Hide Park, donde reclutamos a Ainhoa para el club de “amantes de los sándwiches low cost de mortadela con queso”, fuimos a ver los edificios más emblemáticos, paseamos por el turístico Barrio “The Rocks” y cruzamos por el “Harbour Bridge” hasta Luna Park. Hay dos cosas que me encantan de las ciudades. Una, los puentes. Y dos, los parques de atracciones decadentes. En Sydney tienen las dos cosas juntas. Qué maravilla.

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Nos despedimos de Ainhoa y decidimos subir a la sky tower para ver el atardecer desde allí. Casi no llegamos. Resulta que hay toda una parafernalia hasta que llegas, pasando por una especie de atracción 3D donde te ponen una película malísima, vendiéndote lo guay que es Sydney. Con lo nerviosos que somos nosotros para llegar a cualquier lado, casi nos da algo esperando la cola entre mil chinos. Subimos por 27 dólares a una parte cubierta que no está mal, pero lo guay es ir hasta arriba del todo, al aire libre y con arneses, por 99 dólares. La verdad es que nos dio un poco de bajón cuando vimos que los edificios tapaban la ópera, pero aún así, disfrutamos de las vistas. No obstante, nos quedamos con esta visión de la ópera en el ferry de vuelta.

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Blue Mountains

El día siguiente nos hizo un tiempo de perros, pero aún así pudimos dar un vuelta por Chinatown y los suburbios de Surry Hills y Glebe. Con barbacoa de carne incluida. Por la noche subimos hasta las Blue Mountains, para dormir allí en un camping gratuito y conocer la zona al día siguiente. Nos llevamos a Ainhoa con nosotros y casi la matamos de frío a la pobre. Nosotros dormimos en nuestra tienda y ella durmió dentro del coche. Por la mañana, tenía los labios morados. Vaya nochecita a cero grados. Qué tiempos aquellos, a 35 grados en las playas de Filipinas.

Al día siguiente fuimos hasta el pueblo de Katoomba, donde están los recorridos más famosos para hacer en un día. Si tienes tiempo puedes estar hasta una semana en las Blue Mountains, pero si vas para un día, lo suyo es ir directamente a los hits. Y el primero eran unas rocas llamadas “The Tree Sisters”.

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Cuenta la leyenda que tres hermanas aborígenes se enamoraron de tres hermanos de otra tribu que no era la suya. Como era un amor prohibido, el chamán las convirtió en rocas para evitar que las mataran. Cuando pasara la tormenta, el chamán las volvería a transformar en personas, pero murió antes de poder hacerlo y las tres hermanas quedaron así para siempre. Una historia muy bonita y completamente falsa, obviamente. Pero mola. Este es nuestro homenaje a su amor.

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Estuvimos haciendo otras cuantas caminatas por esa zona y por Leura (en el centro de información te cuentan todas las opciones), y tras eso nos despedimos de Ainhoa para poner rumbo a Melbourne y a la Great Ocean Road.

Consejitos para ser un mochilero campista limpio y reluciente: hay un área de descanso a las afueras de las Blue Montains llamado “Pheasant” que tiene ducha gratis, y en el centro deportivo de Katoomba también te puedes duchar por 4 dólares. Os dejamos otra fotito de las Blue Montains.

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