Borneo – Sipadan

Teníamos muchas expectativas puestas en Sipadan. Se trata de una isla situada en el Mar de Célebes al este de Borneo. En 2004 fue declarada reserva natural y solo puede visitarse de día y por un número limitado de personas. Según los buceadores, es el mejor lugar de Asia para hacer inmersiones, y probablemente esté dentro de los 10 mejores del mundo. Se acercaba el gran momento. Estábamos muy nerviosos y excitados por llegar allí y comprobar en nuestras propias carnes que todo lo que decían era verdad. Pero como cualquier trofeo, conseguirlo no fue fácil, y tuvimos que pasar por alguna que otra dificultad… ¡Atención spoilers! Nuestro sueño de bucear en Sipadan se vio acompañado por ratas, basura, tormentas, pérdidas de oxígeno, peleas con EVO Banco y fallos de electricidad.

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Cómo llegar

Para poder bucear en esta reserva natural tienes que llegar hasta Semporna, en la costa, y desde ahí coger un barco a Mabul, una isla donde están todos los resorts, con el súper poder de tramitar el permiso necesario para bucear en Sipadan. A precio de paraíso, obviamente. En este caso los mochileros lo tenemos un poco más complicado. Pero cuando no sobra el dinero, el ingenio se agudiza.

Desde la ciudad de Sandakan, donde estábamos, tuvimos que coger la minivan número 4 en la estación de autobuses local para que nos llevara a la estación de larga distancia, donde tomamos un autobús que nos dejó en 6 horas en Semporna. Íbamos prácticamente solos y comodísimos. Y por solo 40 RM cada uno. El transporte en Malasia es muy guay. Por el camino, vimos mucho paisaje de selva virgen que era una pasada, pero también pudimos ver la otra cara de la moneda de Borneo, las interminables plantaciones de palma que amenazan la flora y fauna local.

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Una vez en Semporna, que no tiene mucho que ver, dormimos muy bien y barato en el Atine Backpackers, donde nos atendió un cari majísimo que cantaba Rihanna y cuando yo, Irene, me daba la vuelta, le tiraba los trastos a Víctor. “You are a handsome boy”, le decía. Esa noche cenamos estupendamente en el Bismillah Curry House. Qué ricos están los rotis, por favor. Esta vez sí que estábamos comiendo bien en Malasia.

Nuestra elección: Uncle Yang

Más bien fue al contrario, Uncle Chang nos eligió a nosotros. Y es que ya desde Madrid estuvimos buscando una forma barata de poder llegar a Sipadan, y lo único que ofrecían eran paquetes de buceo y resorts de lujo a precio de locos. Nosotros al final, conseguimos cerrar un pack de 3 inmersiones en Sipadan a 750 RM por persona, tres noches de alojamiento en un dormitorio compartido por 75 RM cada uno, con todas las comidas incluídas, y otras 3 inmersiones en Mabul y Kapalai por 270 RM. En total 2490  RM (540 €) los dos. Una pasada para nuestro presupuesto pero fue lo más barato que encontramos con diferencia.

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Por la mañana madrugamos mucho y antes de que abrieran, ya estábamos en la puerta de la oficina de Uncle Chang que hay en el puerto. Poco después empezaron a llegar chinos, sobretodo chinas, maquilladas como puertas y con vestidos de lycra con volantes y brillos. Cuando entramos en la oficina para pagar lo que nos quedaba, (habíamos hecho ya una transferencia para reservarlo desde Madrid), empezaron los problemas. Nos informaron de que las instalaciones de Uncle Chang en Mabul estaban sin electricidad hasta nueva orden debido a una avería. Nos quedamos ojipláticos y le pusimos a la chica cara de culo. Necesitábamos al menos cargar la cámara acuática para poder sacar fotos de Sipadan. Además, no queríamos morir asados sin ventilador por la noche. El calor pegajoso y la mosquitera no son buenos aliados. A esto, se le unía que nuestro banco había hecho 4 veces la misma transferencia de reserva, y aunque habíamos solicitado una devolución, no habían movido un dedo. A día de hoy EVO Banco nos debe 400 euros. Estamos muy mosqueados con este tema. Pero volvamos a lo nuestro. Al final, la chica nos propuso solo pagar el buceo y mirar otras opciones de alojamiento en la isla. Nos pareció bastante razonable, así que nos subimos al barco con todas las chinas, que no paraban de sudar por el bigote de tanto maquillaje, para salir pitando de Semporna. Una hora después de que hubieran gastado tres litros de crema solar y se hubieran hecho 400 selfies, las chinas y nosotros, llegamos a Mabul.

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Isla de Mabul

Este pequeño islote de tan solo 0.2 kilómetros cuadrados, se encuentra situado estratégicamente a menos de 20 km de Sipadan. En él, conviven resorts de lujo junto con la población local, y muchísima basura. Y es que, eso fue lo primero que nos llamó la atención al llegar, la cantidad de porquería que había por todos lados. A los malayos parece que no les molesta, es su forma de vida y es complicado hacerles cambiar de parecer. Como ya casi no hay hueco en tierra firme, la mayoría de las construcciones están sobre el agua. Nosotros cogimos la cámara de fotos, y allá que fuimos en busca de un sitio para dormir. Enseguida nos dimos cuenta de que esta isla está superpoblada, todo lleno de casitas de madera, una cancha de baloncesto, muchísimos niños jugando, señoras vendiendo comida casera y gatos con muy mala pinta. Pobres, parecía que llevaban quince días en el camping del Sonorama.

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La búsqueda de alojamiento fue un fracaso, solo encontramos resorts de lujo y guest houses para mochileros con tan mala pinta que ni nos atrevimos a ver las habitaciones. Volvimos a Uncle Chang, con la cabeza gacha, y allí estaba la chica de recepción, con su velito celeste y su chándal noventero con cara de, “os estaba esperando”. Con el rollo de la electricidad y nuestra particular labia, al más puro estilo “español cansino”, conseguimos que nos dejara una habitación individual con aire acondicionado (que no funcionaba) al mismo precio que el dorm (habitación compartida). Lo bueno era que con un pequeño generador, podríamos cargar las baterías y tener una bombilla en la habitación.

Después de dejar las mochilas y sudar la gota gorda para colocar la mosquitera, conocimos a una pareja de madrileños, Elisa y Julio. Ellos nos contaron su experiencia de 4 días en Uncle Chang y nos advirtieron de que por la noche recibiríamos en la habitación una inesperada visita: ratas. Efectivamente por la noche una linda ratita, grande y gris, vino a vernos. Y eso que nosotros no teníamos absolutamente nada de comida en las mochilas, porque las ratas la pueden oler aunque esté cerrada en bolsas de plástico. Luchamos contra ella defendiéndonos con la linterna del móvil y dejamos la luz encendida toda la noche. No volvieron a venir. Brinconsejo: nada de comida en la habitación y mucha luz, que les aterra.

Punto a favor para Uncle Chang: te llevan gratis a hacer snorkel a las 8:30 y a las 13:00. Así que antes del episodio Ratatouille, las chinas de volantes que se habían reproducido como gremlins, y nosotros dos, vimos todo esto bajo el agua.

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Buceo en Sipadan

Y llegó el gran día. Casi no habíamos podido pegar ojo por los nervios que teníamos. Bueno, y por la tormenta. Porque aunque por el día haga un sol radiante, por las noches hay unas tormentas que parece que el mundo se va a acabar. Hubo un momento, esa noche, que pensamos que todas las cabañas iban a salir volando por los aires, a lo Dorothy y Totó. Pero no. Amanecía soleado y con el mar en calma. Cualquiera lo hubiera dicho, después de la noche anterior.

Desayunamos rápido, preparamos nuestros equipos de buceo, que estaban hechos una mierda, la verdad, y fuimos a esperar a que saliera el barco. Y a esperar, y a esperar, y a esperar. Resulta que se habían olvidado de recoger a una chica alemana que venía desde Semporna e íbamos a salir con retraso. Nuestro dive master, Haris, un tío majísimo, vió que nos estábamos impacientando y quejando, porque no somos de callarnos las cosas, la verdad, y ya le estábamos montando un pollo a miss velito celeste; decidió entretenernos cantándonos unas cuantas canciones. Llamó a otro local, para que viniese con la guitarra y nos deleitó con un pequeño concierto privado. El repertorio fue: “la bamba”, “la cucaracha”, “el aserejé”, y la favorita de Haris, “el toro enamorado de la luna”. En un perfecto español con una pronunciación asombrosa. Obviamente Haris no entendía nada de lo que decía, pero se la cantó enterita. Más o menos igual que cuando nosotros hacemos “wachu wachu” en los conciertos extranjeros. Pero mejor. El cabreo se nos había pasado, así que le pedimos Oasis y Guns and Roses y nos unimos a él. El wachu wachu de los tres, inundó todo Uncle Chang. Maravilloso. Aquí tenéis a Haris, dive master y estrella del rock en sus ratos libres.

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Y por fin llegó la chica alemana, con cara de: “estos cabrones me han tenido esperando una hora”, y nos embarcamos hacia Sipadan. Media hora de viaje, firmamos en el libro, porque el ejército asentado allí tiene controladísimo quién entra cada día en la isla, y nos fuimos hasta el punto de la que sería nuestra primera inmersión en ese paraíso subacuático tan deseado: Drop Off.

Como los tres que íbamos con Haris éramos advanced, decidió bajarnos a una cueva a unos 25/30 metros, para que pudiéramos ver desde el interior, los atunes gigantes que se acumulan en la entrada. Tras eso, seguimos una ruta de coral hasta llegar a una zona increíble y llena de vida. Había tantos peces que parecía un acuario artificial, y unos 12 metros de visibilidad. Por el camino, ya habíamos visto tortugas, tiburones, bancos de barracudas, morenas y una china. Sí, sí, una china. El otro dive master de nuestro barco había perdido a una de sus open water en el fondo del mar. Y allí estaba ella, quietecita, suponemos que muerta de miedo, esperando que alguien la rescatara. Haris la unió a nuestro grupo y seguimos disfrutando de la inmersión. Tanto que ni me cabreé porque mi chaleco perdiera oxígeno. Por culpa de esa fuga, tuve que compartir la botella de Haris durante un rato para poder estar más tiempo en el agua. Pero nos daba todo igual porque ¡estábamos buceando en Sipadan!

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Tras la primera inmersión, hicimos una parada para comer. Hasta ese momento, la comida de Uncle Chang nos había parecido bastante flojer, pero ese día comimos alitas y unas berenjenas que estaban buenísimas. Engullimos todo en unos 10 minutos para poder aprovechar el resto de la hora de comida haciendo snorkel por la zona. A ver, para un día que estábamos en Sipadan, no íbamos a desaprovecharlo. El descanso después de comer esta sobrevalorado. Esto es lo que vimos tan solo haciendo snorkel. Esta isla es alucinante.

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La segunda inmersión fue en el punto estrella de la isla: Barracuda Point. Lo bueno de haber ido tarde, es que no nos cruzábamos con los demás buceadores, solo con más tiburones, más tortugas y más barracudas. Los tiburones eran casi todos los de punta blanca, que tienen un tamaño normalito, de hasta dos metros, pero tuvimos la suerte de cruzarnos con un ejemplar de grey reef shark bastante grande. Además, o era una hembra embarazada o se había comido un elefante, porque estaba gordísima. En esta parte, los bancos de barracudas te llegar a rodear hasta que no ves nada, pero si hay corriente, se quedan más bien cerca de la superficie. Era todo alucinante. No podíamos ser más felices.

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La última inmersión fue en Hanging Gardens, en la que está el coral más bonito de la isla, aunque se supone que aquí no ves animales grandes. Pues no. Fue donde más tiburones y tortugas vimos de todo el día. Sobre todo lo segundo. Parecía el festival de las tortugas. Todas ellas gigantes y nadando a nuestro lado con esa cara de dignas que tienen, y sus miles de tonalidades de verde. También vimos una manta raya águila. Fue uno de los días más felices de nuestra vida. Así somos, ver animales en libertad nos libera más endorfinas que comernos una tableta de chocolate puro con almendras de Valor. Y si es bajo el agua, muchísimo mejor.

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Buceo en Mabul y Kapalai

Al día siguiente habíamos contratado otras 3 inmersiones por Mabul y una isla cercana: Kapalai. Hubiéramos vuelto a Sipadan pero ni había plazas ni teníamos más dinero. Esta vez nos tocó ir con Sam, un dive master muy jovencito, serio, pero muy majo también, que se dedicó a llevarnos muy profundo, a unos 30 metros,  para buscar cosas pequeñas y extrañas. Era como un cazador de Pokemon versión subacua. En un momento, hasta nos puso en la pizarra que había encontrado en nudibranqueo Pikachu. Fueron inmersiones diferentes y muy divertidas. No con tan buena visibilidad como en Sipadan, pero también se perdió una china que iba con el otro grupo de nuestro barco. Las chinas, si no llevan el móvil con el GPS en la mano, se pierden todo el rato. Así son ellas. Neoprenos rosas de volantes y un sentido de la orientación completamente nulo.

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Era nuestra última noche en Mabul, y tuvimos la suerte de que fuera sábado. Resulta que todos los sábados dan un concierto en Uncle Chang después de cenar, y nos quedamos para verlo. Éramos nosotros, los malayos que trabajan allí y un montón de chinos. Se habían vuelto a reproducir. El bolo parecía tranquilo, baladitas de Coldplay y Cranberries mientras los malayos ligaban con las chinas más jóvenes. De repente, el Rock Star Haris entró en la sala, se posicionó como frontman, y empezó el concierto de verdad. Se cantó todos los grandes éxitos de China (nosotros sólo conocíamos Ganga style), Bon Jovi, Blink 182, Offspring. Nos dedicó una de Oasis (Dont look back in anger), y se dejó lo mejorcito para el final: “el toro enamorado de la luna”. Sam nos hizo ponernos delante de todos, y las chinas y los malayos, excitados, empezaron a imitar nuestros movimientos lolailos, probablemente los peores de la historia, de manera loca y arrítmica, bailando sin parar, como si lo fueran a prohibir. Momentazo. Y sobrios. Que nos quedaba dinero solo para una cerveza.

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Nuestros días en Mabul resultaron ser geniales. De ahí queríamos cambiar de país e ir a Indonesia, pero como llegar a Sulawesi desde Borneo, a pesar de la cercanía, era muy complicado, volamos hasta Kota Kinabalu, de allí a KL y después a Makassar, donde daba comienzo nuestra aventura por Indonesia. Nos faltó hacer el crucero por el río para ver elefantes pigmeos y los monos narigudos, y subir el monte Kinabalu. Next time.

Nos despedimos de Malasia con esta canción, como no podía ser de otra manera.

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