Rajastán: Pushkar y Jaipur

De la India siempre se dice que la amas o la odias. Yo (Víctor) estoy en un punto medio. Hasta ahora me está pareciendo una montaña rusa, con subidones y bajones. En media hora pasamos de recibir unas pulseras de regalo de despedida en el Mewar Inn, el hotel de Udaipur, a ser estafados por una agencia de viajes. Nos habían vendido unos billetes de autobús en clase sleeper y cuando llegamos eran asientos normales. Parecía que iba a ser de nuevo una nochecita muy larga, y encima estaba lloviendo a cántaros.

Hemos aprendido a aceptar las cosas como vienen pero hay momentos que te superan. Irene sacó las garras con los de la agencia y acabó solucionandose, aunque terminamos en un bus lleno de roña de otra compañía. Menos mal que tenemos sábanas saco porque nos daba asco hasta quitarnos las zapatillas. Fue una de las peores noches y no sólo por la suciedad, cada vez que cogíamos un bache parecía que aquello era la lanzadera del parque de atracciones. Pensábamos que la clase sleeper de tren era un infierno pero el autobús es aún peor. Nos estamos luciendo con los trayectos en India.

Pushkar: tradición y mercadillos

Afortunadamente llegamos a Pushkar a las 5 de la mañana, justo a tiempo para ver como la gente se baña en el lago al amanecer. Es parecido a Varanasi pero en pequeñito. Por un lado van las mujeres y por otro los hombres. Y las vacas, por supuesto, van por donde les da la gana. ¡Cómo viven! Mucho cuidado con el timo de las ofrendas en los Ghats. Si os dan flores no las cojáis que luego os piden dinero por cada miembro de vuestra familia. Aún así el momento es muy relajante y auténtico.

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Y de nuevo una de cal y otra de arena. El hotel que nos habían recomendado, el U turn, estaba cerrado con llave y el timbre debía estar de adorno porque casi sale ardiendo de tanto llamar. Gracias a un conductor de camellos con turbante que nos dejó el móvil, pudimos llamarles y negociar las habitaciones. Nos pegamos una ducha, de esas que parece que al salir pesas menos, y nos quedamos sopa unas merecidas horas.

Esta ciudad es la más pequeña de todas en las que habíamos estado. Tiene un pequeño lago entre colinas rodeado de Ghats y millones de puestecillos por las calles cercanas. Es como el rastro de Madrid pero en versión india. Unos vendían joyas y otros arroz inflado de ofrenda para llevar al templo de Bhrama. Aquí está el único templo del mundo dedicado a esta divinidad. Por lo visto hay mucho europeo que viene aquí a comprar ropa y avalorios al por mayor para sus tiendas en occidente.

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Tenemos que decir que nuestro hotel, el U turn, está situado en un sito increíble con vistas al lago y que las habitaciones están muy limpias para ser India, sobre todo los baños. Cuesta entre 8 y 13 euros, según la habitación. Pero los empleados parece que están un poco a por uvas y se pasan las horas tumbados viendo la tele sin hacer nada. Además, nos tuvimos que cambiar la segunda noche a una habitación sin baño ni aire acondicionado porque la habían reservado por booking. Eso sí, ésta última nos salió gratis por las molestias.

En estos 2 días en Pushkar básicamente lo que hemos hecho ha sido comprar muy barato y comer a todas horas. En este pueblo tan religioso son todos veganos y aún así hay mucha variedad de platos que están buenísimos. Habíamos recuperado el apetito. Menos mal, porque el pollito mayor (Irene) se estaba quedando chupado. Aquí tenéis una lista de nuestros platos favoritos.

  • Kashmiri biryani. Arroz jazmín mezclado con frutas, vegetales y anacardos. Es un plato dulce y ligeramente picante.
  • Jeera aloo. Patatas cocidas con comino y salsa picante.
  • Narvatan korma. Curry vegetal con leche y coco en polvo. Mucho más suave.
  • Falafel con humus. No sólo de garbanzo, también los hacen de espinaca y sésamo.
  • Bolas de coco y chocolate. Éstas, al igual que los lassis, pueden llevar un aderezo “especial”, de esos que producen la risa floja durante un rato. Nos lo ha contado una amiga..

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En Pushkar nos hemos aficionado a tomar chai (té) a todas horas. Lo preparan con una mezcla de especias (masala) y leche. Sobre todo nos gusta el que lleva gengibre que le da un toque picante. En cualquier puestecillo de la calle te puedes tomar uno por 10 rupias (13 céntimos). Algo tiene que llevar porque crea adicción, menos mal que está tirado de precio.

Nosotros íbamos a tomar el Chai a un puestecillo cerca de un templo improvisado de Ganesh (que como es su cumple hay por todas partes), donde nos sentábamos y charlábamos con la gente local. A ellos les encanta hablar con extranjeros, se parten de risa con todo, y a nosotros nos hace mucha gracia preguntarles cosas del tipo, ¿quién es más poderoso, Ganesh o Haruman, el dios mono?

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Pushkar es como un pueblecito muy pequeño y aunque somos muchos guiris, puedes disfrutar de las costumbres de la gente que vive allí y de su día a día. Desde sus baños en el lago hasta la peregrinación para rezar en los templos, pasando por cómo se cortan el pelo en una barbería local. Como en toda India hay niños pidiendo. Un chaval de allí nos contó que los niños piden comida y después van a tiendas donde cambian la comida que tú les compras por dinero. El chico decía que cuando él era pequeño tenía que hacer eso porque no le quedaba otra si quería cuidar a su madre. También nos dijo que el gobierno está corrupto y no hace nada para arreglar esta situación. Te mueres de pena, la verdad.

De la gente local, nuestros favoritos son los que llevan turbante y bigotazo. Aprendimos que según la casta, el color del turbante es diferente y suelen ser todos muy amables. Ya que siempre se quieren hacer fotos con nosotros, esta vez les pedimos a dos de ellos que posaran para nuestra cámara a la salida de una mezquita, donde Irene estaba encantada porque se creía Carry de Homeland en Islamabad.

 

En lo alto de una colina está el templo Savitri, donde merece la pena subir para ver las vistas de la ciudad. Aunque en realidad lo mejor de ese paseo es ver el contraste del verde de la vegetación con los colores chillones de los sarees de las señoras. Parece que este año se lleva el rosa y el dorado.

 

Y en esta localidad nos despedimos de nuestros compañeros de viaje, Laura y Raúl, que nos han acompañado durante 28 días inolvidables. Nos lo hemos pasado genial con ellos pero ahora debemos continuar solos. Os dejamos una foto de los cuatro en el Hard Rock Café, donde hemos pasado muchos buenos ratos comiendo, cantando, tocando la guitarra y haciéndonos tatuajes de henna. Esperamos volver a coincidir con ellos en otra parte del mundo… Os queremos familia.

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Jaipur: la capital de Rajastán

Cogimos un bus local por 150 rupias (2 euros) desde Puskhar hasta Jaipur en el que fuimos bastante a gusto a pesar de que tarda 4 horas y son solo 120 kilómetros. Cuando te dicen la duración de un trayecto, piensa que siempre va a ser el doble.

Jaipur es la ciudad más grande de todo el estado y no nos apetecía volver al tráfico y a los millones de pitidos. La idea era visitar el Palacio de los vientos, el Hawa Mahal, y después ir directos al hotel que teníamos ya cogido cerca de aeropuerto.

Nos bajamos del autobús y llegó el ataque zombie. Un montón de conductores de tuk tuk nos rodearon para preguntarnos donde íbamos. Pedían 400 rupias por lo que queríamos (monumento + hotel) y acabamos bajándolo a 200 tras un poco de pelea y performance. A Irene se le da muy bien hacerse la digna con ellos… El problema fue elegir con quien nos íbamos porque todos habían aceptado. Les propusimos un juego. Entre ellos tenían que elegir al que más puntos de karma tenía y nos iríamos con él. Quedaron dos finalistas y nos fuimos con el más mayor, que se parecía a Andy García pero en versión india. El tuk tuk fue directo al palacio.

El Hawa Majal fue construido en 1799 para que las mujeres del haren de un marajá pudieran observar la vida cotidiana de las ciudad sin ser vistas. En el edificio de enfrente hay una azotea y el dueño te deja subir gratis a cambio de visitar su joyería. Es un poco pesado y te cuenta su vida pero dice que le gusta ayudar a la gente porque es bueno para el Karma.

Lo poco que hemos visto de esta ciudad durante el trayecto en tuk tuk hasta nuestro hotel, es que es más limpia que las otras y bastante más moderna. La llaman la ciudad rosa porque hay muchos edificios con este color. Tiene buena pinta. Si no tuviéramos que coger un avión probablemente nos quedaríamos una noche más.

De camino al hotel nos cruzamos con un camión lleno de chicos jóvenes con la cara pintada de colores que iban gritando y cantando. Era como una carroza del orgullo gay pero con más ropa y menos músculo. Esto lo hemos visto en varias ciudades, una vez más es por las fiestas dedicadas a Ganesh.

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Hay una cosa de la que no hemos hablado hasta ahora y que nos hace mucha gracia. Es el movimiento que hacen los indios con la cabeza. Cuando un indio te esta diciendo que sí, menea la cabeza como el típico muñequete de Elvis colgado en el retrovisor del coche. Parece que te está diciendo que no, o que lo ven muy complicado, pero es su forma de asentir de forma cordial. Al principio no entiendes nada pero luego te acostumbras y acabas imitándolo. Los que han estado por aquí sabrán de lo que hablamos…

Acabamos este post con una canción muy especial que hemos estado cantado con Laura y Raúl.

Pueden ver fotos y vídeos de India, en la web amiga del viajero Rafa, clicando en este enlace http://micamara.es/india