Rainbow beach – Brisbane

Tras Airlie Beach y después de despedirnos de nuestros nuevos amigos, estuvimos un par de días básicamente de viaje. Como no teníamos mucho tiempo y ya nos habíamos gastado bastante dinero, nos saltamos Hervey bay, donde se pueden ver ballenas, pagando por el tour; y la excursión a Fraiser Island. Nuestra idea era llegar a Rainbow beach y a partir de ahí bajar un poco el ritmo. Por la carretera, seguíamos viendo un montón de canguros muertos, pero cuando llegamos al área de descanso “Boyne River”, donde íbamos a pasar una noche, nos llevamos una inmensa alegría. ¡Vimos nuestro primer canguro vivo! Qué ilusión, madre mía, le hicimos un millón de fotos. No nos imaginábamos, ni por asomo, que más adelante veríamos cientos de ellos.

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Boyne Island

Lo bueno de hacer un “road trip” por Australia es que vas pasando por lugares que no son nada turísticos, donde apenas hay gente, pero muy auténticos y con mucho encanto. Eso nos pasó en la zona de Boyne island y Boyne river. En la parte del río estuvimos dando un paseo, sin acercarnos demasiado al agua porque te comen los cocodrilos, como no; viendo como las parejas mayores de australianos pescaban y haciéndoles fotos a pelícanos del tamaño de un dinosaurio.

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Otra de las cosas buenas que tiene este país, es que hay mesas de picnic y baños por todas partes, muchas de las veces con ducha incluida. La aplicación de “campermate” te indica todas las duchas que hay, si son de agua caliente o fría, o si hay que pagar o son gratis. Nosotros nos duchamos todos los días sin ningún problema. En Boyne Island, como hacia calorcito, no nos importó el agua fría de la ducha y después estuvimos desayunando en una laguna preciosa, acompañados solamente por los miles de pájaros gigantes que intentaban robarnos la comida.

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Nos empezábamos a adaptar al país, y eso que seguíamos teniendo mil problemas como que la tablet no funcionaba, los de Evo seguían sin arreglar la transferencia cuadriplicada que habían hecho a Malasia, los de la caravana de Nueva Zelanda (el siguiente destino) no nos contestaban, o que la tienda olía a pis de gato por culpa del día que nos había diluviado. Pero el paisaje nos empezaba a gustar cada vez más. Todo tan mono colocado y sobre todo, tan limpio. La última noche, antes de llegar a Rainbow beach, dormimos en Ross Creek, donde pasamos un poco de frío y decidimos comprar unos sacos, que hasta ahora estábamos durmiendo con la sábana-saco y una manta para los dos. Para comprar cosas de camping baratas hay que ir al Bunnings, al K-Mart o al Big W.

Rainbow beach

Y por fin llegamos a este pueblo tan turístico y tan bonito. Lo primero que hicimos fue pasar por una biblioteca, para saciar un poco nuestro mono de internet. En Australia no habíamos comprado tarjeta de datos así que de vez en cuando parábamos en un McDonald’s o en una biblioteca, ambos con wifi gratuito. Tras eso, nos fuimos a dar un paseo relajante por esta playa inmensa.

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Era algo así como Matalascañas, pero a lo bestia. Era sábado, y vimos como todos los padres acompañaban a sus hijos a un campeonato de surf. Eso mola todo de Australia. En vez de llevar a los niños al fútbol, les llevan a la playa a surfear. Que así los chavales van aclimatándose a la temperatura del agua desde pequeños. Porque madre mía, metimos un pie y pensamos que lo perdíamos. ¡Qué frío por favor! Nosotros es que somos muy de clima mediterráneo, igual los norteños lo llevan mejor. Y cuando digo norteño, me refiero como mínimo a John Snow, porque yo creo que ni un vasco se atreve a meterse ahí.

Tras la playa, fuimos a ver una duna que hay, que es preciosísima, y tiene unas vistas de caerte de culo al suelo. Eso sí, con un viento de aúpa. Era la duna más grande que habíamos visto en nuestra vida y nos tiramos un buen rato allí haciéndonos mil fotos. Bolonia, hija, te has quedado pequeña a su lado.

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Esa noche dormimos en un sitio llamado “Matilda”, donde hicimos muy buenas migas con una pareja australiana de unos 55 años. Estábamos viendo a mucha gente de esa edad viajando con caravanas súper pros por todo su país. Además, suelen ser todos encantadores. Y a todos les encanta España, sobre todo nuestra gastronomía. Hablando con ellos y contándoles todas nuestras historietas, nos dijeron que teníamos que llamar a Wicked para cambiar el coche si la tienda calaba. Tenían toda la razón del mundo. Estábamos tan acostumbrados a Asia, que una vez que pagas, no puedes decir nada, que ni lo habíamos pensado. Al día siguiente mismo les escribimos. Esa noche también estuvimos hablando con una pareja de Praga que nos dio muy buenos consejos para Nueva Zelanda. Empezábamos a tener todo mucho más organizado y controlado.

Brisbane

Tras una ducha de 3 € en una gasolinera de carretera, como unos camioneros más, y nuestra dosis diaria de mortadela mañanera, llegamos a la primera gran ciudad que visitaríamos en Australia: Brisbane. Con sus rascacielos, su río, su noria, sus iglesias y un ambiente muy europeo.

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Pasamos allí el día. Era domingo y dejamos el coche en el parking del parque Roma a dólar la hora. Entre semana vale cuatro veces más, así que tuvimos suerte. La ciudad tiene mucho rollo. Además debe tener una temperatura agradable todo el año. Estuvimos paseando por el centro, por los jardines botánicos y por la zona del río. Allí lo tenían muy bien montado, con una playa artificial, parques, y hasta un huerto público de especias donde cada uno puede coger lo que quiera. También vimos una plaza donde había un montón de chicas, cada una de ellas con un puesto, donde vendían toda su ropa usada. Pero no en plan pijo a lo “Mercado de motores” en Madrid. No. Era más bien, como si yo me bajo con mi vecina la Conchi y nos ponemos a vender todo lo que ya no nos gusta. Muy molón en cualquier caso.

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Nos fuimos de Brisbane con buen sabor de boca y con la sensación de que allí se tenía que vivir muy bien. Pero nuestro camino debía continuar.

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