Potosí 

Nos despedimos de los que habían sido nuestros compañeros de tour en Uyuni, después de degustar la última comida de la cholita Mode, y junto con nuestros nuevos amigos franceses, Antoine y Lucille, decidimos salir de aquel pequeño pueblo lo más pronto posible. Aparte del salar y el cementerio de trenes, allí no hay nada que ver así que pusimos rumbo a la ciudad de Potosí. El trayecto duró menos de 4 horas donde tuvimos que aguantar música a todo trapo, pero el bus nos pareció bastante seguro. El boleto son 30 bolivianitos por persona.

Llegada a Potosí

Como aún no teníamos claro si era fácil o no encontrar alojamiento in situ en Bolivia, reservamos vía Booking un guest house que estaba bastante bien situado en el centro y tenía buenas críticas, el Casa Blanca. Sinceramente nos pareció un ambiente demasiado perroflauta, y después de la experiencia con los chinches en Humahuaca, no estábamos demasiado convencidos. Pero todo fue más o menos bien. La habitación privada era cara, pero nos apetecía estar solos después de compartir 4 días con más gente en la excursión por el desierto y el salar. La verdad es que las compartidas tenían también muy buena pinta.

Nuestra primera toma de contacto con la ciudad fue muy positiva. Fuimos a la plaza principal o Plaza de Armas, y flipamos con la cantidad de luces de Navidad que habían puesto en ella. Era demasiado, como una peli americana hortera navideña. Según nos contaron, lo hicieron para atraer turismo hacia esa ciudad. Pero tenía su gracia. Estaba lleno de gente local y de puestecillos con todo tipo de guarrerías ricas. Cómo nos mola comer en la calle. Y barato.

Esa noche cenamos un clásico del país: pollo spiedo. O lo que es lo mismo, pollo asado. Bueno, bonito y barato. Había un par de restaurantes turísticos por la zona, pero eran caros y la opción del pollo nos apetecía mucho más. Además, muchas veces un restaurante no es sinónimo de limpieza y después de comer todo lo que pillábamos por la calle, nos acabamos poniendo malos por una lechuga que comimos en un restaurante. Pero eso sería en La Paz, unos días más adelante.

Excursión Minas del Cerro Rico

En Potosí hay dos cosas básicamente que hacer que son: la excursión a las minas del cerro Rico y la visita a la casa de la moneda. Está ciudad fue en su día la más rica del mundo por la cantidad de metales preciosos que albergaban sus montañas, y a día de hoy se siguen extrayendo minerales. Y no en todos los países del mundo te dejan, por razones de seguridad, meterte en el corazón de una mina y ver cómo trabajan los mineros. Había que aprovecharlo. En todos los guest houses ofrecen la excursión a alguna de las minas, pero esos no están reconocidos por la asociación de mineros. Nosotros preferimos contratarlo con la agencia Big Deal Tours, que tienen un acuerdo con ellos y parte del dinero va destinado a ayudar a las familias de los mineros de Potosí. El tour cuesta 150 bolivianitos, no es barato, pero merece la pena.

Desde el principio, todo resultó la mar de interesante. Nuestro guía, “cara de llama”, que así le llamaban por lo feo que era el pobre (todos los mineros se ponen apodos ellos mismos), nos explicó millones de cosas acerca de la vida de los mineros de Potosí. El mismo había empezado a trabajar en la mina desde que era un niño, y tenía toda la información de primera mano. Lo primero que hicimos fue comprar regalos para los mineros en un mercado local (hojas de coca y refrescos), y ponernos la ropa reglamentaria para visitar la mina. Estas eran las pintas que teníamos, ¡vaya cuadro!

Visitamos una fábrica donde procesaban los minerales recogidos y después nos metimos de pleno en una de las minas. No os podéis imaginar lo que se siente estando allí. Es tan real, viendo a los mineros como se ganan la plata a base de picar piedra y explotar dinamita. Incluso lo hicieron con nosotros dentro. Allí no hacen ningún paripé, están currando y si te metes en su terreno, te expones a lo mismo que ellos. Cuando la dinamita explota te retumba en el pecho y parece que se te para el corazón. Es muy fuerte. Pasamos un rato con varios de ellos y nos agradó mucho ver lo contentos que estaban en su trabajo. Nos contaron que las cosas han cambiado desde la época colonial y ahora cada uno trabaja para sí mismo o por un jornal acorde al salario del país. El guía nos dijo que alguno incluso se había hecho rico en la minas. Depende de la suerte que tuvieras. Ahí cada uno empezaba a abrir una zona y a ver lo que se encontraban. Nosotros no dejábamos de preguntarnos, qué pasaría si dos mineros empezarán cada uno por un lado y acabarán encontrándose en algún lugar. Pues que el techo se caería, probablemente, cosa que había pasado. A ese peligro te expones irremediable. Pero ellos no perdían la sonrisa.

Pasamos bastante tiempo dentro de la mina, muertos de calor y andando agachados, si no te querías dar con la cabeza en el techo. No es una excursión apta para todos los públicos. Agota. Pero es realmente interesante. Le preguntamos a nuestro guía sobre la esperanza de vida y nos sorprendió mucho saber que los mineros se cuidaban más de lo que pensábamos. Nos dijo que no fumaban ni bebían demasiado, y tenían una alimentación equilibrada, su esperanza de vida se había incrementado con los años, no como sus abuelos que morían antes de los cincuenta. Nos reconfortó mucho saber todo aquello, la verdad. Era una información positiva, al contrario de lo que imaginas, cuando piensas en el oficio de la minería. Con lo que no estaban nada contentos, era con el gobierno actual. Al contrario que en otros sitios como Tupiza porque estaban encantados con su presidente representante de los pueblos originarios, Evo. Los mineros decían que por su gremio no se había hecho nada y aún les quedaba mucho camino que recorrer en cuanto a mejorar sus condiciones.

También conocimos al dios de los mineros, el Tío. En casi todas las minas de Bolivia, hay una figura que le representa y está llena de ofrendas tipo tabaco y bebidas como el alcohol de 96 grados que beben algunos mineros. La figura es una especie de demonio con un pene enorme que simboliza la virilidad y lo machotes que son en esa profesión. El mundo de los mineros es bastante machista y no se permite que las mujeres bajen a la mina. Por lo visto, Pachamama, la diosa de la naturaleza en la cultura prehispánica, es la novia del Tío, y como es muy celosa, no deja que ninguna mujer se acerque a la mina. Los mineros son suyos, y si una mujer osa entrometerse entre ellos, les podría mandar algún maleficio. Obviamente todas estas creencias son antiguas, y alguna mujer que otra, hay currando de estrangis en las minas. Pero la esencia sigue estando ahí.

Nos encantó todo lo que aprendimos y vivimos en las minas de Potosí. Al principio no estábamos seguros de visitarlas, por si era muy inseguro o una turistada, pero resultó ser una gran experiencia. Al menos con esa compañía. Fue de lo más auténtico e interesante que hemos hecho en el viaje.

El día terminó con una terrible noticia. Cuando nos conectamos a Internet nos enteramos de que Carrie Fisher, la princesa Leia en Star Wars, había muerto. Y justo coincidía con el día que habíamos decidido ir a ver Rogue One a un cine local. Verla justo después del horrible suceso, nos hizo disfrutarla con mucha más emoción, aunque hay que decir que el cine era incómodo, se veía muy oscuro, y era complicado concentrarse en un doblaje que era imposible tomarse en serio: “robemos pues los planitos de la estrella de la muerte, no más”. En cuanto volvamos a Madrid, nos la veremos en su idioma original. Aún así, nos gustó mucho. Sobre todo la segunda parte.

Al día siguiente, lo primero que hicimos fue ir a comprar el billete de bus a La Paz, que saldría esa misma noche. Nos dijeron que los buses se llenan durante el día y es recomendable comprarlos a primera hora de la mañana del mismo día que se viaja. Para ir a la nueva terminal, desde donde salen los buses de largo recorrido, hay que tomar un minibus que sale de la plaza principal. Ellos mismos te indican cuales pasan por la estación. Esa estación es nueva y está bien, pero es una auténtica locura porque está llena de señoras locas gritando: “La paz, La Paz”, “Cochabamba”, “Sucre… Villazón”. Debe ser que la que grita con más fuerza, vende más billetes que el resto.

Para comer, fuimos a un sitio que recomendaba la Lonely Planet, que nuestros amigos, como todos los franceses, están enganchados a ella. Y hemos de decir que no estaba muy allá. Fracaso. No os fiéis de todo lo que leéis.

Visita a la casa de la moneda

Para terminar el día, y antes de ir a la estación de buses para tomar el nocturno a La Paz, visitamos la casa de la moneda, que es lo otro que todo el mundo hace en Potosí, por 40 bolivianitos cada uno, y tiene su aquel, aunque tampoco es la leche. Encima, el guía se pasó todo el tour poniendo a parir a los malvados colonos españoles y nos miraba todo el rato como si nosotros tuviéramos la culpa de algo. Había una familia de Donosti con nosotros que estaba indignadisima. Yo creo que un chiste más y le mete un guantazo.

La primera casa de la moneda se construyó en 1572, pero el edificio que nosotros visitamos fue la ampliación que hicieron unos 200 años después. En la visita se puede aprender cómo era todo el proceso de la fabricación, desde la llegada de la plata en carros, hasta la acuñación de las diferentes monedas. A nosotros lo que más nos gustó fueron las máquinas laminadoras que hay en la planta de abajo. Eran una especie de ruedas gigantes tiradas por burros que mediante engranajes conseguían hacer finísimos lingotes de plata. En su día fue lo más pionero del mundo en maquinaria, pero a nosotros nos parecían más instrumentos de tortura que otra cosa.  El guía recalcó mucho que Potosí fue durante mucho tiempo la ciudad más rica del mundo y que incluso allí se fabricaba moneda para otros países de Sudamérica. Sin embargo en la actualidad la región de Potosí es una de las más pobres de todo el continente. La visita acabó de forma rápida y seca mientras el simpático guía decía que hoy en día la moneda de Bolivia se fabrica en Chile y Brasil. Todo muy absurdo y sin sentido.

Un poco descolocados tras la visita, fuimos al mercado central para comprar comida porque nos esperaba una larga noche en bus hasta llegar a La Paz. Aunque era ya bastante tarde aún quedaban muchos puestos abiertos. A nosotros nos encantan los mercados locales, donde se puede ver realmente qué come la gente del país. El sitio no brillaba por su limpieza pero había mucha variedad de frutas, carnes y pescados. Lo mejor era ver a las cholitas con sus trajes de colores moverse entre perros y cajas de verduras. Eso sí, cuidado con hacerles alguna foto robada. Tienen bastante mala leche y es mejor preguntar con educación antes de nada. Después de verlas cargar docenas de kilos a la espalda, nos dimos cuenta que tienen mucha más fuerza de lo que aparentan. A tope de cholitas power.

Nos despedimos de Potosí felices por haber visto tantas cosas diferentes. Junto con nuestros amigos franceses pasamos la noche en un bus muy cómodo de la compañía Trans Copacabana S.A.  para llegar a la mañana siguiente a la ciudad más grande del país.

 

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