Penang

Isla de Penang

En Malasia se puede viajar barato y cómodo en autobús. Hay una aplicación para móvil llamada Easybook desde donde se compran los billetes rápidamente, y luego se canjean media hora antes en la estación de autobuses de cada ciudad. En la aplicación aparecen varias compañías y según la que escojas, el precio varía un poco. Pero en general están todas más o menos bien. Nosotros viajamos desde Kuala Lumpur por unos 16 euros los dos, en un autobús comodísimo, que tardó unas cuatro horas en llegar a Penang. Una vez allí, cogimos un autobús local que nos llevó por 2,70 ringits (60 céntimos) cada uno hasta el centro de la capital, Georgestown.

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Georgetown

La isla de Penang esta situada al noroeste de Malasia y está separada del continente por dos puentes súper modernos. La capital del estado, que tiene el mismo nombre, es la ciudad de Georgetown. Esta ciudad fue, en 1786, la primera colonia británica del Sudeste asiático, y ha sido declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco.

Habíamos reservado un guest house barato, el Just Inn, en el centro de Georgetown, por 27 € los dos días con baño compartido. El dueño fue majísimo con nosotros y nos explicó todo lo que había que ver en la ciudad y los alrededores, pero como estábamos muertos de hambre lo primero que hicimos fue buscar comida callejera. A menos de 100 m estaba la calle Kimberly donde había puestos de comida china. En Georgestown la comunidad china es la principal, seguida de la india. Al final acabamos en un puesto callejero con chinos de uña larga, comiendo arroz con pollo. La comida estaba decente y a un precio económico.

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Antes de dormir decidimos ir a dar un paseo nocturno por el centro, pero lo único que tenía algo de ambiente era little India. Ellos siempre con la música a tope y quemando inciensos por todas partes. El resto del centro daba pena. Las 10 de la noche y ni un alma por la calle. Menos mal que siempre están los indios para animar un poco el cotarro. Yo, Víctor, tuve una sensación rarísima de repente, como un dejavú, en el que retrocedí unos meses atrás en el viaje, hasta las ciudades del norte de India.

Lo bueno de ese paseo fue encontrar un sitio donde vendían masala chai auténtico, en el restaurante Banana leaf. Casi lloramos de la emoción. No estábamos muy entusiasmados con la vida nocturna de la ciudad, pero los indios y su chai siempre conseguían subirnos el ánimo.

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En busca del arte callejero

Pasamos la noche un poco regular porque nuestra habitación no tenía cristales en la ventana y se oía el ruido de la calle. Lo mejor que tenía el alojamiento era la limpieza de las zonas comunes, los dueños estaban obsesionados con limpiar los baños a todas horas. Pero las habitaciones eran muy básicas y las paredes algo mugrientas. Además, a Irene le daba alergia algo de allí y se pasó toda la noche con mocos.

Una vez en la calle, nos pusimos a buscar los famosos grafitis que hay repartidos por la ciudad. El primero fue fácil de encontrar, solo había que seguir a las miles de musulmanas que se querían hacer la foto con los niños en bici, uno de los emblemas de la ciudad, y casi el más famoso referente del street art de Georgestown.

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Tras eso, decidimos buscar el resto de grafitis, que estaban un poco más escondidos que el anterior. La verdad es que la ciudad es una mezcla rara de casas chinas coloniales, rascacielos, templos chinos, templos hindúes, chabolas y puestos de souvenirs para turistas. Así escrito suena muy raro pero el sitio tiene su encanto. No sé si tanto como para ser patrimonio de la humanidad, pero tiene rollo.

Sin darnos cuenta acabamos de nuevo en little India, así que aprovechamos para comer de nuevo en el mismo sitio. Hasta ahora la comida malaya no nos está entusiasmando, y tiramos de chino o indio como única opción. Después de casi 5 meses de viaje, ya nos hemos acostumbrado a todo. Yo, Víctor, ya comía en cualquier sitio y cualquier cosa, pero Irene se ha ido adaptando a las mil maravillas. Quién le iba a decir a ella que acabaría comiendo en hojas de palmera, y sin servilletas.

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Con la tripa llena, seguimos paseando y encontramos un café de gatos como los de Japón. Nos costó entrar 3 € a cada uno en consumiciones, pero aprovechamos ya que en Japón costaba diez veces más. El sitio estaba cuidado al mínimo detalle y los gatos eran preciosos. Ahora, olía a pis de gato que tiraba hacia atrás.

Seguimos recorriendo toda la parte antigua de la cuidad, buscando todos los grafitis, y encontrando un montón de locales curiosos a nuestro paso. Como un local dedicado a Doraimon, en el que solo vendían un tipo de batido: de coco y vainilla. Lo acababan de abrir, y el dueño había pintado él mismo, a todos y cada uno de los personajes de los dibujos animados. Si te gusta Doraimon no dejes de ir. Irene estaba encantada. El sitio está en Carnavon street. Seguimos viendo grafitis: de gatos, uno de Bruce Lee, de niños, un hombre en moto muy famoso… La última visita fue a la zona de las casas flotantes del puerto, nada que no hubiéramos visto antes pero era curioso.

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Batu Ferringi

El tercer día decidimos ir a la playa. No es que sean espectaculares ni mucho menos, pero teníamos un día más y ya habíamos visto todo Georgetown. Así que cogimos el autobús 101 y en una hora llegamos a Batu Ferringi, una de las zonas de costa. Aquello parecía San Juan o Benidorm. La playa estaba llena de resorts, la verdad es que con muy buena pinta, pero inaccesibles para nuestro presupuesto mochilero, así que decidimos buscar algún alojamiento barato. Importante: para los autobuses hay que llevar el dinero justo, no tienen cambio.

Teníamos fichado un hotel por agoda, pero cuando llegamos nos pareció demasiado caro para lo que era. Últimamente estamos mirando mucho en www.agoda.com, que tiene más alojamientos que booking. Aunque para los hoteles buenos, sigue siendo mejor este último. Ese hotel estaba situado dentro de un edificio que tenía a su vez otros dos hoteles más, restaurantes, una lavandería, dos salones de belleza, un karaoke, y un 7 eleven. Nos quedamos en uno de los hoteles baratos. Negociamos una habitación que estaba bien por 70 ringits (15 €), con aire acondicionado. Pero no sé que tenía ese edificio que te atrapaba. Te ponías a ir de un lugar a otro, y no salías de allí en horas. Era como estar en bucle en un videojuego en el que no podías pasar de pantalla. Curioso, divertido, pero al final daba un poco de mal rollo.

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Cuando conseguimos subir de nivel, nos fuimos a la playa. Había todo tipo de actividades para hacer. Motos de agua, cometas, una especie de parapente con el que volabas enganchado a una barca, y hasta la salchicha aquella de los noventa. Nosotros nos fuimos a un lado tranquilo de la playa, cogimos unas tumbonas de un resort, que nadie nos dijo nada por estar allí, y estuvimos tan ricamente. El agua estaba revuelta y ni un pez a la vista, pero estábamos solos y a gusto.

A última hora de la tarde cogimos de nuevo el autobús 101 para ir hasta la zona de Teluk Bahang, donde está el parque nacional de Penang. Estuvimos paseando por allí, que mola mucho porque es selva, selva, ahí mismo al lado de la playa. Pero estaba lleno de basura, y eso nos dio mucho asco. Realmente tienen un problema grande con la basura en Asia. Un día va a aparecer un gran monstruo hecho de basura, en plan peli de terror, y va a acabar con todos ellos. Para nosotros era tarde y no nos adentramos mucho, pero si andas un par de horas puedes ver un faro muy antiguo que según dicen, es muy chulo.

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Y esos han sido nuestros tres días en la isla de Penang. Desde ella se puede acceder a Langkawi, que es más parecida a las islas tailandesas, pero como tampoco nos iba a sorprender nada, decidimos irnos hacia el interior, hacia las montañas.

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