Parque Nacional Wilson Promontory – Melbourne 

Nuestro tiempo en Australia llegaba a su fin. Nos quedaban solo cuatro días  y dos noches de dormir en tienda de campaña. Le habíamos cogido el gusto y no nos apetecía irnos de país, la verdad. Pero ya teníamos comprados los billetes de los dos siguientes destinos: Nueva Zelanda y Argentina, así que nos tocaba ir despidiéndonos. Desde la Great Ocean Road hasta la entrada de Wilson Promontory, un parque nacional gratuito que queríamos visitar, pasamos por Melbourne, y decidimos darnos una vuelta por el barrio hipster de la ciudad, Fitzroy, que molaba un montón y además había unos outlets de ropa de montaña que nos venían genial para kiwilandia. Salir de Melbourne fue toda una desesperante odisea, donde nos pasamos horas de atasco, incluyendo momentos detrás de un tranvía, que aquí van por la misma carretera que los coches. Además, las incorporaciones a las autopistas tienen semáforos que van dejando pasar solo un coche cada vez. Muy loco todo.


Parque Nacional Wilson Promontory

La entrada a este parque es gratuita, y se supone que es uno de los mejores lugares para ver animales salvajes en libertad en Australia. Se trata de una península a unos 150 km al sur de Melbourne y es el punto más meridional de todo el país. Dormimos en un sitio precioso a las afueras, donde hacía mucho frío, pero había gente local muy simpática. Una señora nos dijo que por toda la zona de Melbourne o hacía un frío que te pelabas, o te asabas de calor. Que no había término medio. También estuvimos acompañados por loros muy majos que solo querían comer fruta.

A la mañana siguiente entramos en Wilson y lo primero que nos encontramos fue una pequeña ruta de dos kilómetros donde se podían ver animales salvajes. En la carretera ya no veíamos canguros aplastados, ahora lo que veíamos eran Wombats espachurrados. Un Wombat es una especie de rata gigante (para los frikis, como el Ratata evolucionado de los Pokémon), aunque es de la familia de los marsupiales. Queríamos verlos vivos y caminando por el campo. Pero lo primero que nos encontramos fueron Emus.

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Tras ellos, vimos el mayor conjunto de canguros de todo Australia. Al menos eso nos pareció a nosotros. Había cientos. Además estos no se asustaban. Estaban allí tan contentos, unos tumbados en el césped, otros comiendo, y otros dando saltitos de un lado para otro.

También vimos echidnas, pero lo que queríamos ver eran Wombats. No tuvimos suerte. Hacía mucho calor y estaban todos metidos en sus madrigueras. A uno le pusimos un trozo de manzana como cebo y todo para ver si salía, pero ni por esas. Nos tuvimos que contentar con esto.

Después hicimos, cerca del río, algunas rutas más, pero no tan divertidas. porque solo había pájaros. Que molan a tope también, pero al final a todo se acostumbra uno. Por esa zona también había Wombats, pero por lo visto solo salían por la noche para comerse todo lo que hubiera en las tiendas de campaña de la gente. Y como ese momento nos lo íbamos a perder, decidimos pasar el rato jugando a nuestra particular versión de “Humor Amarillo”. Aquí os dejamos un momento pasando la prueba de las hamburguesas.

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Melbourne

Y finalmente pusimos rumbo a nuestro destino final en Australia: la ciudad de Melbourne. Ya habíamos conocido un barrio súper molón y queríamos ver el resto. Reservamos un hotel por 45 dólares en South Yarra, el Claremont. El barrio era un poco pijo pero también tenía un montón de ambiente. Dejamos el coche en Wicked después de pagar por limpiarlo obligatoriamente 25 dólares. Decidimos ir en transporte público hasta el hostel. Nos tuvimos que colar en el tren. A ver, no nos gusta hacer este tipo de cosas, por karma y eso, pero en Melbourne ya no existen los “single tickets”, te tienes que hacer la tarjeta “Myki” e ir recargándola. Y la dichosa tarjetita costaba 6 dólares, así que para dos días no nos la íbamos a hacer. No tuvimos ningún problema por el camino y por fin llegamos a una habitación de verdad con camas de verdad. Después de 20 días en una tienda de campaña, no os podéis imaginar cómo es la sensación de estar en una cama. Estábamos tan a gusto que ese día no salimos más que para comprar algo de cena.

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El día siguiente lo aprovechamos bien. Nuestro avión para Nueva Zelanda salía a las 11 de la noche, así que teníamos un montón de horas para recorrer la ciudad. Empezamos por el Parque de los Jardines Reales Botánicos y fuimos bordeando el río por South Bank mientras veíamos el skyline de la ciudad. Precioso. Nos cruzamos con una carrera en la que participaban padres e hijos y tenían que ir haciendo pruebas deportivas. Una vez más promocionando la vida sana y el deporte en este país. Como les gusta el running.

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Después estuvimos paseando por el centro, que nos encantó. Cogimos el tranvía gratuito que te da una vuelta por el mismo, explicándote algunos puntos importantes. En realidad no cuenta mucho, pero mola. Hay un bus turístico que abarca mucho más recorrido y que cuesta 10 dólares para dos días. Nosotros preferimos andar.

Por último, fuimos hasta uno de los monumentos más emblemáticos de la ciudad: el “Shrine of remembrance”, desde donde tienes una visión espectacular del skyline. Se trata de un santuario creado para rendir memoria a todos los caídos en la I Guerra Mundial y, en general, a todos los australianos que perdieron la vida en alguna guerra. Nos recordó al arco del triunfo en París, por el hecho de estar al final de una avenida desde donde puedes ver todos los edificios. El sitio es muy guay. Para bajar a los baños, había que pasar por un laberinto, una cripta, un museo y una tienda de regalos. Media peli de Indiana Jones solo para ir a hacer pis.

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Y lo último que intentamos ver, fue la colonia de pingüinos que hay en el muelle de Santa Kilda, pero cuando estábamos allí, de repente empezó a soplar el viento, como si se tratase de un huracán, y a diluviar como si fuera el fin del mundo. No podíamos caminar, y aunque conseguimos llegar al final del muelle, allí no había ni un pingüino. Nos quedamos con las ganas. Eso por colarnos en el tren el día anterior y ese día en el tranvía hasta Santa kilda. El Karma no perdona.

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En el aeropuerto de Melbourne

Volvimos al hotel, cogimos las mochilas, y fuimos en taxi al aeropuerto, que nos costó una pasta, pero a esas horas ya no había bus. En el aeropuerto la liamos bien liada para despedirnos por todo lo alto del país.

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Os cuento lo que hicimos, porque casi nos quedamos en tierra. Estábamos en la puerta de embarque tan tranquilos, a punto de meternos en el avión para dormir las tres horas que separa Australia de Nueva Zelanda, cuando de repente dijeron por el altavoz: “Sr. Víctor Cuadrado, preséntese en las oficinas en Jet Star urgentemente”. Resulta que había algo sospechoso en la maleta y teníamos que ir con alguien de seguridad a ver qué era. Empezamos a pensar y se nos encendió la bombilla. ¡Nos habíamos dejado una botella de gas dentro del hornillo! Tuvimos que salir hasta la zona de check in y una señora de la compañía nos dijo, con cara de oler a pedo, que lo más seguro era que no consiguiéramos llegar al avión. What??? Víctor tuvo que pasar por un montón de salas secretas, hasta que llegó donde estaba la mochila. Con una velocidad sobrehumana, sacó el bote de gas y cerró de nuevo la mochila. La aprobaron y vino hasta donde yo, Irene, le estaba esperando. Tuvimos que pasar de nuevo todos los controles, que no fue nada fácil porque los policías de allí son la gente más antipática y borde que existe sobre la faz de la tierra, pero al final lo conseguimos. A pesar del numerito que montamos conseguimos subirnos al avión. ¡Adiós Australia! Aunque igual todo aquello era una señal de que no debíamos irnos del país…

Cuando leáis nuestro paso por Nueva Zelanda entenderéis el por qué.

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Canción

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