Osaka y Fukuoka

Queríamos ir a Osaka, y de allí a Fukuoka desde donde saldría nuestro avión hacia Vietnam, y ya no teníamos el Japan Rail Pass. Así que buscamos una alternativa para los trayectos de largo recorrido en Japón: los autobuses. Encontramos la compañía Willer Express, que dispone de un Japan Bus Pass, que te permite coger un máximo de tres autobuses al día (siempre de larga distancia), durante los tres días que tú elijas, en un plazo máximo de dos meses. Todo esto por 10.000 yenes que es lo que te cuesta un solo viaje, así que nosotros ya lo teníamos amortizado de sobra con los dos que pensábamos hacer. También hay un bono de cinco días.

El viaje hasta Osaka

Era un trayecto largo, de 11 horas, y teníamos que hacerlo de día, porque el nocturno se había agotado. No se hizo nada pesado. Era el mejor autobús en el que habíamos ido jamás. Espacio por delante, asientos que se reclinaban un montón, un capazo para taparte la cara si querías dormir, silencio, ningún bache, y paradas cada dos horas en las áreas de servicio más limpias y completas que habíamos visto en nuestra vida. Así son ellos, comodidad y limpieza ante todo. Durante las paradas, el conductor ponía un relojito muy mono para que todos supiésemos la hora de vuelta al bus, sin tener ni que hablar.

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Llegamos a Osaka y cogimos el metro hasta nuestro hostel, el Sun Plaza 2. Es el único alojamiento que no recomendaríamos en este país. Era muy cutre y la habitación olía a tabaco que tiraba para atrás. Pero pagábamos 17 euros los dos por dormir allí. Y teníamos que recuperarnos un poco después de haber duplicado el presupuesto diario en este destino. El barrio, justo pegado al zoo, era feo y estaba lleno de borrachos. Empezábamos a ver un Japón diferente al que habíamos visto hasta ahora, pero tenía su punto. Ese día cenamos prontito y nos fuimos a dormir para aprovechar los dos días siguientes.

El barrio de Shinsekai

Nuestro hostel estaba muy cerca de este barrio, que está considerado como el más chungo de Osaka, y que precisamente por eso se ha convertido ahora en un atractivo turístico. Tenía un punto futurista/decadente que molaba un montón, y te sentías como dentro de una película. A mí Irene, que me encanta la ciencia ficción, me parecía como estar en Blade Runner y me sentía genial. Casi me estaba gustando más que Tokio y acababa de llegar.

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De paseo por Tennoji

Después fuimos andando hacia la zona de Tennoji, para visitar algunos templitos que estaban colocados en medio de la ciudad. La arquitectura de Osaka es rarísima, por un lado hay casas tradicionales, por otro edificios modernos y luego están los que parecen sacados de un pueblo de Levante. Es raro y mola mucho. La gente también es muy diferente. Ellas son mucho más modernas, todas con lentillas para agrandarse el iris y con la piel blanqueada a tope. Algunas incluso demasiado, se les ha ido un poco la mano y parecen fantasmas.

El templo más famoso es el Shitennoji o santuario de las tortugas. Es uno de los templos budistas más antiguos de Japón y está rodeado de jardines con tortugas en los estanques. Normalmente están llenos de carpas enormes y era curioso ver a tortugas en su lugar. Hay que pagar para entrar en él templo principal pero no hace falta hacerlo, porque como suele pasar en estos sitios, lo mejor es lo de fuera.

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Nipponbashi y Dotonbori

De camino al centro, pasamos por el barrio de Nipponbashi, que es otro paraíso para los frikis. Un estilo a Akihabara pero más pequeño. En él decidimos probar algo típico de Japón que llevábamos viendo varios días: los takoyaki. Se trata de unas bolas rellenas de pulpo, hechas con una masa de harina de trigo, y que se asan en una plancha de hierro con huecos semicirculares.

A mí no me pareció especialmente rico pero el toque de jengibre le daba un rollo especial. Lo mejor fue el sitio que elegimos para comerlas. En cualquier zona turística de Japón te vas a encontrar un puesto en el que preparan este plato, pero nosotros recomendamos probarlo en este pequeño bar de Nipponbashi. El local se llama Goonies, porque el dueño es súper fan del cine americano, y lo tiene todo decorado con figuras frikis.

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Ya de noche, llegamos al distrito de Namba, en el centro, y a la famosa calle Dotonbori, pegada al río que tiene el mismo nombre. Esto sí que es lo más de lo más. En esa calle sí que estás en medio de Blade Runner, y no porque lo diga yo, por lo visto sirvió de inspiración a Ridley Scott para la película. Aunque no pudo rodar allí, sí que lo hizo con Black Rain, unos años más tarde. Si hubiera empezado a llover, me habría parecido lo más normal del mundo que la gente sacara sus paraguas de neón.

La calle está llena de luces de colores, con carteles en japonés, dragones gigantes que salen de las paredes, restaurantes, discotecas, karaokes, puestos callejeros y tiendas. Consumismo puro y duro al fin de al cabo, pero más llamativo que en ningún otro sitio. Y de peli total.

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El castillo de Osaka

Al día siguiente fuimos a visitar el castillo de Osaka. Esa noche teníamos que coger un bus nocturno hacia Fukuoka así que dejamos las mochilas en las taquillas de Willer Express, en la famosa torre Umeda Sky Building, por 500 yenes (4 pelotas de arroz).

En Osaka no hemos utilizado los Day pass de metro porque hemos andando mucho, pero los hay. El castillo está en medio de un parque rodeado de edificios grises y resguardado por un foso de agua. Hay que pagar para entrar, pero está vacío y habíamos leído que con verlo por fuera bastaba. Data de del siglo XVI, aunque ha sido quemado y reconstruido en varias ocasiones. Dicen que el de Himeji es mejor aún, pero como no lo hemos visto, este nos encantó.

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Umeda Sky Building

Para terminar el día subimos a ver el atardecer al Floating Garden del Umeda Sky Building, que se ha convertido en nuestro edificio favorito del mundo. Fueron los 800 yenes mejores gastados en Japón. Es altísimo, la ciudad impresiona y el atardecer es alucinante. He de reconocer que se me saltaron las lágrimas, algo que no me había pasado hasta ahora en el viaje. Nos quedamos a ver cómo se hacía de noche y se empezaban a encender todas las luces de la ciudad. Ese sí que había sido el top de los atardeceres. Nos íbamos tan contentos a Fukuoka después de haberlo visto.

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Fukuoka

Fuimos hasta Fukuoka porque nuestro avión despegaba desde, pero en realidad no tiene nada que llame mucho la atención. Sobre todo después de lo que ya habíamos visto. Se trata de una ciudad súper tranquila, pegada al mar, con canales de agua salada y, como de costumbre, templitos escondidos entre las casas. Nos alojamos en el Khaosan guest House, que estaba muy bien y tenía ambiente mochilero. No era barato, pagamos 40 euros los dos por una habitación con dos literas y baño compartido.

Los días que estuvimos nos dedicamos a ver los templos, los parques, pasear por el centro, poner lavadoras, comer pelotas de arroz, y visitar la Fukuoka Tower, que es pequeña aunque muy bonita, y está pegada a la playa. Allí también vimos la sala de exposición de la empresa Robosquare, y nos lo pasamos en grande jugando con los perritos robots. Para movernos usamos un day pass de autobuses por 1000 yenes los dos, que se compraba directamente al conductor.

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Nos daba mucha pena irnos de Japón. Nos ha parecido un país alucinante y estamos seguros de que volveremos algún día. Hemos sido muy felices aquí pero la aventura continúa y nos queda mucho mundo que ver. ¡Gracias Japón por habernos dado tanto!

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Pueden ver fotos y vídeos de Japón, en la web amiga del viajero Rafa, clicando en este enlace http://micamara.es/japón

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