Nueva Zelanda isla sur III

​Nos habían cambiado el alternador de la furgoneta y ya funcionaba perfectamente, pero el sol del que disfrutamos los primeros días, había sido solo un regalo de bienvenida. Tras dejar Wanaka, el cielo estaba totalmente cubierto, hacía un frío que pelaba, y en general, todo lo que veíamos era de un color grisáceo bajonero. Y aunque uno no quiera, el humor cambia según el clima, y se nos quitaban las ganas hasta de hacer chistes. Aun así, pusimos rumbo al Monte Cook con pocas esperanzas de verlo despejado y de camino allí pasamos por el lago Pukaki.


Monte Cook – Lago Pukaki

El lago Pukaki es famoso por tener un color azul turquesa alucinante, pero claro, como todos sabemos, el color no existe, es luz reflejada, y al no haber sol, no había luz, y el azul turquesa brillaba por su ausencia. Pero aún tendríamos una segunda oportunidad de verlo al bajar de la montaña.
El Monte Cook es el pico más alto de Nueva Zelanda, con 3724 m, y para llegar hasta allí tienes que conducir hasta un pueblo que lleva el mismo nombre, donde empiezan las caminatas por la montaña para ver el monte a lo lejos y varios glaciares. Hay un lago, el Tasman, al que no se puede acceder si llevas coche de alquiler. Las compañías lo prohíben por el estado de la carretera y el seguro no te cubre el vehículo si tienes algún problema. Si lleváis coche propio, aprovechad para ir porque allí debe estar el glaciar más bonito. A nosotros nos hacía tan mal tiempo que casi no podíamos ni andar. Se nos juntó niebla, lluvia y viento. Los tres peores enemigos para unos montañeros principiantes como nosotros. Nunca llegamos a ver el Monte Cook despejado. Llegamos hasta un punto donde al menos pudimos ver esto.

De vuelta, el clima nos dio un poco de tregua y salió el sol por unas horas. Fue todo un subidón. El lago Pukaki pasó del color gris al esperado turquesa, que casi parecía retocado por un programa informático. Era tan azul que no parecía de verdad. Eso sí que nos gustó. Al fin veíamos algo diferente en este país. Nos hicimos un millón de fotos en el mismo mirador en el que habíamos parado al ir, pero por supuesto no tenían nada que ver. Qué diferente se ve la vida cuando hace sol.

El lago Pukaki tiene una dimensión de 178, 7 Km2 y una profundidad de 70 m. Es enorme. Por mucho frío que haga en invierno, este lago nunca se congela. Ese día dormimos en un camping gratis que indicaba Campermate al sur del lago, y al día siguiente volvimos a verlo de cerca antes de seguir nuestro camino, y de que el sol volviera a abandonarnos.

Lago Tekapo

Justo al lado del lago Pukaki se encuentra en lago Tekapo, que es un poco más pequeño, aunque igual de grandioso, y está rodeado de lupinos con sus flores moradas y fucsias. Éste es mucho más turístico porque tiene un pequeño pueblecito a sus pies, pero a nosotros nos gustó más el otro. Era más salvaje. Además, en Tekapo, nos cruzamos con varios autobuses llenos de zombies invadiendo todos los lugares bonitos para hacer fotos. Como la parte donde está la Iglesia del Buen Pastor construida en 1935, donde los chinos se vuelven locos para sacarse una instantánea allí. A pesar de ello nos las acabamos apañando para retratar el lugar de la mejor manera posible.

Viaje hacia el norte

Nos tocaba hacer el viaje más largo de la isla sur. Estábamos más o menos en la mitad de la isla, y queríamos ir hasta la costa norte para ver el Parque Nacional de Abel Tasman. La mejor manera de subir era hacer una especie de “z” por la carretera, y nos llevaría dos días llegar hasta allí. Habíamos elegido un camping gratuito para dormir en Arthur´s Pass y de camino, nos encontramos con un par de sorpresas paisajísticas que nos animaron del día. Para empezar, pasamos por un lugar de estepa, una zona desértica muy bonita donde paramos hacer unas fotos.

Tras eso, llegamos a un sitio llamado “Castle Hill” que es una especie de fortaleza ancestral hecha con piedras y colocada en lo alto de una colina, pero es totalmente natural y el hombre no ha tenido nada que ver con estas formaciones calizas. Un pequeño “Stone Age”, salvando las distancias, en medio de la nada, en la isla sur de Nueva Zelanda. Este lugar fue declarado por el Dalai Lama en 2002 “centro espiritual del universo”, ha servido de escenario para varias películas de “las Crónicas de Narnia”, y las rocas que utilizaron para construir la catedral de Christchurch son de allí. Mola mucho encontrarse de repente un sitio así, y gratis.

Abel Tasman Nacional Park

Tras otro día más de viaje, otro camping gratuito sin comodidades, y más decepciones con la gente local, porque no nos dejaban ni cargar la batería de la cámara de fotos en una biblioteca, qué siesos son algunos los kiwis, de verdad; llegamos por fin al Parque Nacional Abel Tasman. Dentro hay zonas de acampada (si queréis ir, reserven con tiempo) y la gente lo que hace es hacer un trekking de varios días. Nosotros, además de que no teníamos tienda de campaña, y viendo lo que llovía, decidimos hacer una pequeña caminata que nos llevaría menos de un día. Así que nos plantamos los chubasqueros y fuimos a recorrer la costa con sus respectivas playas.

Este parque lo que tiene de especial es su paisaje, que pasa de bosques cerrados lleno de helechos gigantes que van dando paso a  acantilados con calitas preciosas de agua verde esmeralda. Que sin lluvia y en verano debe ser muy guay, pero con la rasca que hacía, cualquiera se metían en el agua. Aunque vimos a algún pirado que se estaba bañando. Qué valientes!.

Por el camino, nos encontramos a unos españoles que nos contaron que también tuvieron problemas con su caravana. Y eso que la suya era de las caras. Pero por lo visto todas se rompen, sean de la compañía que sean. Así que si organizáis un viaje a Nueva Zelanda, pensad que lo más posible es que perdáis varios días en un taller. Es inevitable. A esta pareja lo que les había pasado era que el techo calaba. Y con todo lo que había llovido estos últimos días, se habían empapado. Cuando nos despedimos de ellos, pensamos que era raro que no nos hubiese pasado a nosotros, con la que nos había caído encima, y con lo destrozada que estaba nuestra furgo. Además, temimos en ese momento que al verbalizar lo que les había pasado, nos transmitieran “la mala suerte de los techos caladores”, y nos empapáramos nosotros también. Y ahora pensaréis, qué tontería, eso no funciona así. Pues seguid leyendo…

Era nuestra última noche en la isla sur y ya habíamos comprado los billetes del ferry por internet con la empresa “Blue Bridge”, que por cierto eran carísimos. Encima lo pillamos con un descuento para estudiantes, que obviamente no somos, y al llegar al barco nos hicieron pagar la diferencia… Pero bueno, al menos podríamos huir de los diluvios que estaban cayendo en toda la parte sur. Las dos compañías que cruzan las islas son “Blue Bridge” e “Interislander”. Nos costó 145 € el ferry a los dos con el vehículo incluido.

Esa noche nos despedimos del sur de Nueva Zelanda por todo lo alto. Nuestros temores acerca de “la mala suerte del techo calador” se hicieron realidad. Después de cenar y justo cuando nos íbamos a dormir, que al día siguiente, teníamos que madrugar a tope, empezó a entrar agua por la parte superior de la furgo. ¡Sabíamos que iba a ocurrir! !Nos lo habían pasado! Ahora teníamos que arreglarlo y contárselo a otros mochileros para librarnos de esta maldición. Esto funciona así, es lo que hay. Se va transmitiendo de unos a otros como un virus. Lo que no sabíamos era que este chiqui mal de ojo también se trasmitía por Whatsapp, y cuando les escribimos a Arturo y Susana para contárselo, la pareja con la que estuvimos en la Gran Barrera de Coral, Australia, que estaban haciendo el mismo viaje que nosotros, les pasó a ellos. Perdón por esto, hubiéramos preferido pasárselo a unos alemanes desconocidos. Al final acabamos durmiendo con bolsas de basura colgadas por todas partes. Muy cómodo todo. Como no hay foto de eso, os dejamos otra de Abel Tasman, que mola bastante más.

Ferry en Picton

Nos levantamos a las 5.30 h. de la mañana, en un lugar gratis que habíamos encontrado para pernoctar en medio de la nada y fuimos hasta Picton, donde teníamos que coger el ferry. Mientras caía el diluvio universal y se inundaba todo nuestro saloncito. Maravilloso todo. Pero teníamos que llegar al barco, los billetes no se podían cambiar. Por el camino vimos el agua del mar muy retirado de la costa y bromeamos con, que eso es lo que pasa antes de que haya un Tsunami. En fin, nunca estuvimos más cerca de la realidad… Pero eso tendría lugar dos días más tarde.

Una vez dentro del barco y después de que nos cobrarán la diferencia del billete por no ser estudiantes, pensamos que uno de los dos se debería haber colado escondido en la furgo. Pero poco después vivimos un momento sacado de una peli de risa para adolescentes. El mar estaba muy bravo, el ferry se movía muchísimo y todo el mundo empezó a vomitar sin parar. Las parejas, los niños, sus madres detrás de ellos, la gente mayor, los empleados. Todos. Olía el barco a pota que daban ganas de saltar al agua. Toda la gente vomitando excepto nosotros, que lo que hicimos fue comer pan con mazacote de queso como si no hubiera un mañana. No nos afectó para nada. Creo que ya somos inmunes a todo. Si hubiera ocurrido una catástrofe, habríamos sido los únicos supervivientes. Como las cucarachas.

Y antes de pasar a la isla norte, un poco de Rock and Roll.

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