Nueva Zelanda isla sur II

Empezábamos a cogerle el gusto a la furgoneta. Era pequeña y chupaba mucha gasolina, pero el espacio estaba bien aprovechado. La cama era un tablón de madera que se plegaba y la parte de atrás se convertía en un pequeño saloncito donde cocinábamos, cenábamos y pasábamos el tiempo hablando de nuestras cosas o jugando a las cartas. Además, como hacía frío para estar fuera y la gente era un poco siesa, no interactuamos demasiado con el resto. Para mí, Irene, la cena en nuestra casa móvil era el mejor momento del día. Y si encima tocaba spaghetti con tomate, aún mejor. No tenían chorizo como los de mi madre, que es mi comida favorita del mundo, pero no estaban nada mal. Ya lo he dicho mas veces pero me reitero, Víctor es un gran cocinero.

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Milford Sound

Llegó el momento de visitar el hit de la isla sur, el fiordo de Milford Sound. Aunque no estábamos seguros de si lo íbamos a conseguir ver despejado puesto que el tiempo estaba empeorando. Y allí lo único que hay que hacer es un crucero a través del fiordo o caminatas de montaña, que en realidad solo se disfrutan si no hay niebla. Y para la pasta que cuestan todas las excursiones en este país, solo merece la pena si lo vas a ver bien.

El camino desde Lumsden hasta allí era bastante bonito, e íbamos parando en algunos miradores para hacer fotos, aunque sin tener un ápice de libertad por las vallas que hay colocadas en absolutamente todas partes. A pesar de eso, disfrutamos de las vistas. Además, para llegar a Milford, pasas por un túnel muy molón que está debajo de una montaña, de un solo carril y súper oscuro, que da un poco miedito. De esos que no puedes evitar pensar: “¿Qué pasaría si hubiera un terremoto en este momento y nos quedáramos aquí atrapados?”

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También pasamos por una zona de lagos que parecían espejos, de lo clara que estaba el agua, y por unos bosques que daba la impresión de estar lleno de elfos oscuros. Además, la aplicación Campermate te iba indicando todos los puntos donde grabaron alguna escena del señor de los anillos. De momento, la cosa no iba mal.

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Cuando nos acercamos a Milford empezaron los problemas. Paramos para hacer un sendero de un kilómetro llamado “The Chasm” y cuando regresamos a los 10 minutos, porque se había puesto a llover, el coche no tenía batería. Y como era automático lo de empujarlo en una cuesta y arrancarlo de esa manera, no iba a funcionar. Preguntamos a todos los que había en el parking si tenían pinzas, pero no hubo suerte. Intentamos llamar a Tui pero no había cobertura en toda esa zona. Y a todo ese cúmulo de catástrofes, se le unieron un millón de sandflies (chiqui mosquitos insoportables), picándonos la cara y las manos; y un grupo de pájaros Kea (loros gigantes de la nieve), que estaban tratando de rompernos el techo de la furgoneta. Teníamos tantos frentes abiertos que no sabíamos qué hacer. Y encima, los grupos de chinos y guiris mayores se ponían a hacerles fotos a los Kea en vez de ayudar. Todo un show.

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Finalmente una pareja de alemanes, nos llevó hasta el puerto del fiordo donde se compran las entradas para el crucero. Allí nos dijeron que pasaba mucho, que los coches de alquiler son viejos y se rompen todo el rato. Nos ayudaron con unas pinzas, cosa que funcionó, aunque no por mucho tiempo (ya llegaremos a eso) y nos cobraron 20 dólares por la ayuda. Y en negro, por supuesto. Cuando les preguntamos por el ticket, nos miraron con cara de “estáis flipando”. Tampoco hemos tenido mucha suerte con la gente en este país. Cuando han sido majos con nosotros, ha sido porque había alguna transacción económica de por medio. Parecía que los planetas se estaban alineando contra nosotros…

Cuando terminó todo este loco proceso y por fin el coche arrancó, nos quedamos un buen rato esperando para ver el fiordo despejado. Esto es lo mejor que vimos. Algo es algo. Seguro que con sol es mucho más impresionante, pero no se llegaron a ir del todo las nubes. Aunque era muy bonito, todo hay que decirlo.

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Tras aquello, nos dijeron que el tiempo iba a empeorar, aunque allí nunca se sabía, así que decidimos no hacer el crucero y volver a dormir al camping gratuito de Lumsden. En Milford, solo hay campings de pago y no tienen casi comodidades. Menos mal que de vuelta paramos en un bosque precioso e hicimos una ruta por él, viendo helechos gigantes y árboles enormes llenos de musgo. Parecía un decorado. Daba la impresión de que iba a salir Yoda en cualquier momento y nos iba a invitar a un cuenco lleno de raíces. Con toda esta última caminata el día mejoró un poco. Este sendero está al lado del camping “Cascade Creek” y merece la pena hacerlo. Si hubiera hecho mejor tiempo también hubiéramos subido hasta “Key Summit”.

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Queenstown

Nos despertamos al día siguiente y fuimos hasta la capital de los deportes de aventura por excelencia, Queenstown. Allí estuvimos dando una vuelta por la ciudad, que es muy mona, con su lago, sus casitas bajas de montaña, y sus tiendecitas de ropa a precios desorbitados. Era como el Byron Bay de Nueva Zelanda, con todos los deportistas de montaña luciendo brazos en manga corta a menos de 8 grados. Allí puedes hacer todo tipo de actividades de aventura tipo paracaidismo, raffting, motos de agua, jet sky… Nosotros nos contentamos con dar un paseo, que ya nos habíamos saltado bastante el presupuesto en Australia.

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Además, en esta pequeña ciudad, hay una hamburguesería muy famosa, la Fergburger, que se supone que hace las mejores hamburguesas del mundo. Al menos eso se comenta por la red. Fuimos a por ella pero cuando vimos la cola que había, decidimos comprar nosotros la carne y hacerla a nuestro gusto. No creo que tuviera nada que envidiar a la otra. Y además nos la comimos en un entorno privilegiado.

La carne la compramos en un supermercado Countdown, que son los mismos que los Woolworth de Australia. Los otros supermercados que hay son Pak’n Save y New World. Cualquiera de los tres están bien y tienen buenas ofertas. Sobre todo los domingos, que ponen todo lo que sobra de la semana y puedes comprar a muy buen precio. Pasarnos horas en los supermercados gigantes buscando la mejor oferta del día se convirtió en nuestro pasatiempo favorito. Era como el programa ese cutre de cupones americano.

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Wanaka

Y dos horas después de Queenstown llegamos a Wanaka, un pueblecito con mucho encanto situado también al borde de un lago, lleno de gente joven, hostales, y senderos para ir caminando o en bicicleta. Un buen sitio para pasar un par de días. Si te hace sol, claro. Justo al lado de Wanaka hay otro lago, el Hawea, donde no había nadie cuando fuimos y aprovechamos para hacernos mil fotos y flipar con el color del agua. Eso sí, estaba congelada. Víctor metió los pies y casi los pierde. Somos de aguas templadas, que le vamos a hacer. Eso está más que comprobado después de este viaje. Cada día que pasa echamos más de menos las cálidas aguas del mar de Tailandia. Aunque en ese momento estábamos de pleno subidón, se nos había olvidado lo de Milford y estábamos mucho más positivos. Nos duró poco la alegría.

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Tras la sesión de fotos, volvimos al coche y adivinad qué. La batería se descargó de nuevo. Ahora ya teníamos cobertura, que menos mal que habíamos comprado una tarjeta sim del país, pero era viernes por la tarde y los de Tui no volvían a la oficina hasta el lunes. Llamamos a asistencia en carretera y cuando llegaron, una hora después, nos dijeron que la batería estaba muerta, que era demasiado pequeña para ese coche, y que el alternador no funcionaba. Vamos, que el coche tenía que ir al taller. Y hasta el lunes no abría ninguno. Estupendo. Nos habían dado un coche sin pasar la revisión. Muy profesional por parte de la empresa. El señor mecánico, que era bastante serio, nos remolcó hasta un camping que escogimos, a 20 dólares por persona y noche, y allí nos quedamos todo el fin de semana. Al menos estaba en el centro del pueblo, tenía buenas instalaciones, un New World cerca y coincidimos con unos italianos muy majetes.

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De los dos días que estuvimos allí, tuvimos uno de sol y otro de lluvia torrencial. Una de cal y otra de arena. Así es el karma con nosotros. Vacilandonos todo el rato. Menos mal que en el New World, nos hicimos una tarjeta para clientes en el momento, con la que te hacían descuentos, y nos pusimos finos de cerveza Bavaria, que estaba de oferta y muy rica.

Llegó el lunes y se llevaron el coche al taller. Nos dijeron que nos llamaban ese día para decirnos algo, y con toda su pachorra nos avisaron a última hora de que el coche no nos lo daban hasta el día siguiente. Grrrrr, como para no ponerse “hater” con este país. Menudos malparidos, gonorreas. A los de Tui les montamos un buen pollo por teléfono y nos dijeron que nos devolvían los días que el coche había estado parado, pero no nos pagaban lo que nos habíamos gastado en alojamiento ni lo correspondiente al seguro los días que habíamos dormido dentro del camping. Teníamos que haber leído la letra pequeña del contrato. Que para dos gafotas que somos a veces hacemos muy mal uso de ellas.

Esa noche buscamos un hostel bastante cuqui y fuimos a ver el atardecer. Menos mal que esto del coche nos pasó en un sitio bonito y con posibilidades. Nos llega a pasar en Milford y nos hacemos el harakiri. Aunque la escaleta del país ya nos la había trastocado por completo. Habría que correr más aún para poder ver todos los puntos que nos quedaban.

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Cuando nos devolvieron el coche, nos despedimos de Wanaka, que era bonita pero ya estábamos hasta el moño de estar allí, nos auto regalamos un gorro y unos guantes que había en la “free box” del hostel, y nos dirigimos hasta el punto que más nos gustó de toda la isla sur. Lo contaremos en el próximo post. De momento os dejamos con la cabecera de la serie a la que estábamos enganchados en ese momento: Narcos, y que estaba empezando a influenciar nuestra manera de insultar. Hijoeputa.

 

4 thoughts on “Nueva Zelanda isla sur II

  1. Bocados al Mundo

    ¡Chicos, me parto con vosotros y vuestros relatos! Llegué aquí buscando información del trekking de Poon Hill en Nepal y me estoy leyendo todo poco a poco, ya voy por Nueva Zelanda! Me encantáis!

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  2. Pingback: Resumen del viaje a Nueva Zelanda - Isla Norte - Isla Sur -

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