Nueva Zelanda isla norte I

​Después de cruzar en ferry a la isla norte de Nueva Zelanda, con la borrasca del año encima y la tripa llena de pan con queso, llegamos hasta el puerto de Wellington. En esa ciudad no paramos, porque al llegar al país ya habíamos pasado un día en ella, tiempo suficiente para conocerla. Ahora vamos a hacer un pequeño flashback y nos vamos a remontar 10 días atrás, cuando aterrizamos en Nueva Zelanda desde Australia y tuvimos nuestro primer contacto con la tierra de los kiwis. En esta ocasión, yo, Víctor, os voy a relatar como fue nuestro paso por la capital neozelandesa y la isla norte.


Wellington

Aterrizamos en nuestro nuevo destino a las 6 de la mañana, tras solo 3 horas de vuelo desde Australia. Aunque era ya de día, !cómo se notaba la temperatura, qué fresquito íbamos a pasar! Después de recoger las mochilas, mientras unos perritos nos olían por si llevábamos algo “no permitido”, pasamos el control de aduanas sin ningún tipo de problema. El funcionario que nos tocó, nos vio cara de santos o de muertos de cansancio porque íbamos como auténticos zombies.

Para ir al centro de la ciudad, hay autobuses que pasan cada media hora y cuestan 9 dólares por persona. El conductor que nos tocó, fue majísimo con nosotros y no se quedó tranquilo hasta que vio cómo nos bajábamos en la parada correcta, !pero como nos costaba entenderle al hablar!

Sabíamos que iba a ser un día duro, porque habíamos dormido poco más de 2 horas en el avión,  así que ya habíamos reservado un alojamiento. Fue el más barato que encontramos en Booking.com, el Waterloo backpackers. Nada más entrar a la recepción, ya notamos un cierto tufillo a rancio que después pudimos confirmar. Por desgracia no nos entregaban la habitación hasta las tres de la tarde, así que nos fuimos al salón de la zona común que parecía sacado de una universidad de los años ochenta para descansar. Como era de esperar, nos quedamos totalmente sopas en un sofá diminuto en un tetris humano. Nos despertamos 4 horas después, muertos de hambre, así que salimos a la calle a buscar un supermercado. Como el hostel tenía  cocina común, pudimos preparar el almuerzo a nuestro rollo pero rodeados de gente muy extraña. Se notaba que algunos huéspedes vivían en el hostel de forma permanente, y muchos de ellos estaban muy tarados de la cabeza. Había una señora de setenta años hablando sola por la cocina con cara de pocos amigos, un señor rebuscando en las cestas de comida como un poseso… Muy crazy todo.

Cuando pudimos dejar las mochilas en la habitación, decidimos gastar nuestras últimas fuerzas del día en pasear por la ciudad. Aunque Wellington es la capital del país, en sí, es una ciudad muy pequeña. Se puede recorrer a pie perfectamente y a nosotros nos recordó mucho a una ciudad nórdica pero de principios del 2000. Todo estaba bastante limpio y ordenado pero sin mucha gracia. Lo que sí que nos gustó fue la Calle Cuba y sus alrededores con bares, restaurantes y tiendas vintage. Es donde más modernos y gente joven se puede encontrar. Irene se puso fina a sushi a un precio bastante decente.

Callejeando llegamos a la zona del puerto, donde había mucho movimiento de gente paseando y haciendo deporte. La verdad es que por la tarde salió el sol a tope y pudimos disfrutar de un paseo muy agradable a la orilla del mar. Incluso un grupo de chavales se estaban bañando como unos campeones, con lo fría que tenía que estar el agua.

Fin del flashback. Volvemos al momento en que cruzamos con el ferry y llegamos de nuevo a la isla norte, con lluvia, viento y la maldición del techo calador encima…Vaya cuadro.

Primer intento de hacer el Tongariro

Con el panorama que teníamos de clima, el primer día lo único que hicimos fue conducir y buscar un sitio barato para ducharnos. Encontramos una ducha a 2 dólares por persona. Una noticia genial para nosotros pero que no lo fue tanto para la señorita de la recepción del centro acuático donde estaba. Se puso súper indignada por el precio de las duchas, según ella, no entendía cómo podían ser tan baratas. Ni que tuviera acciones en las instalaciones, qué mujer tan petarda y amargada.

Seguimos rumbo al norte para dormir lo más cerca de la entrada al Parque Nacional del Tongariro. Este parque es famoso en el mundo entero por ser Mordor en El Señor de los Anillos. Dentro hay dos volcanes  que se pueden escalar y uno de ellos es el Monte del Destino, donde Frodo tira el anillo. Aquí lo suyo es hacer el trekking más bonito de todo el país, el Tongariro Alpine crossing. Es una caminata de 20 km con poco desnivel y apta para todos los públicos, con paisajes de bosques, estepas, fumarolas de azufre y lagos turquesa. Es una auténtica maravilla, pero necesitas tener suerte con el tiempo para que se puedan apreciar los colores. Esa noche la pasamos en el camping gratuito de Urching, a los pies del volcán.

Nos despertamos con sol. Qué buena suerte pensamos, pero en cuanto nos fuimos acercando las nubes cubrían las cimas volcánicas por completo. Aún así, ilusos de nosotros, nos vestimos de montañeros con ponchos de plástico incluidos y nos lanzamos a caminar bajo la lluvia. Aquello fue un desastre completo, después de solo 4 km,  preguntamos a la gente que bajaba cómo estaba el panorama más arriba. Varios nos dijeron que no se veía nada de nada y que hacía un frío de muerte. Esta foto describe perfectamente nuestro ánimo ese momento. Qué bajona prima!.

Teníamos claro que sí o sí, el trekking del Tongariro era la actividad que más nos apetecía de toda la isla norte, así que nuestro plan sería quedarnos relativamente cerca de allí hasta que el tiempo mejorase. Esa tarea no iba a ser fácil, las predicciones daban lluvia durante una semana así que teníamos un montón de días para movernos por el centro de la isla con chubascos asegurados. Planazo.

Taupo

Tras el fracaso de Tongariro, pusimos dirección a Taupo, una pequeña ciudad a orillas de un lago con el mismo nombre. Por suerte había un camping gratuito con varios supermercados cerca, eso sí que eran buenas noticias. Decidimos comprar cervezas y darnos a la bebida para olvidar la mala suerte que íbamos arrastrando. Aparcamos la furgo a la orilla de un riachuelo de agua azul con un montón de patos. El plan estaba claro. Cerveza, unas partidas de cartas y dar de comer a los patos. Que en realidad eso mismo lo podíamos haber hecho en el parque de Polvoranca de Leganés donde yo, Víctor, iba cuando era adolescente. Pero sin gastar el dinero que cuesta llegar hasta la otra punta del planeta.

Lo de la cerveza se me fue un poco de las manos. Vaya mareito más tonto. Por un pequeño desliz con las chanclas, acabé rebozado en el barro con los patos como amiguis y un montón de mochileros mirando el espectáculo. Por lo menos dormimos como bebés con tanta birra, de hecho, dormimos tan profundamente, que no nos enteramos del terremoto que azotó la isla sur del país durante la noche.

Cuando nos despertamos, teníamos mensajes y llamadas de todos nuestros amigos y familiares. La noticia había tenido mas boom en España que en Nueva Zelanda. No sé lo que pasa pero cuando nos vamos de un sitio, a los pocos días hay una desgracia natural. Nos pasó con la erupción del Rinjani en Indonesia y aquí en Nueva Zelanda. Y esta no iba a ser la última vez en el viaje…

La ciudad de Taupo, además del lago enorme, es famosa por unas cascadas, las “Puka Falls”. Después de hacer la colada, fuimos a ver si las cascadas, eran tan guays como decían. Y la verdad que nos gustaron mucho. En realidad, son unos rápidos con un pequeño salto de agua, pero lo mejor que tienen es el color azul. Había un contraste genial entre el verde de los árboles y el color del río. Además, la entrada es gratuita.

Rotorua

Nuestra próxima parada sería la ciudad de Roturua, a menos de 100 km de Taupo. Toda la zona centro de la isla norte tiene actividad geotermal, pero Rotorua es la capital de la zona y donde están los mayores géiseres y fumarolas de azufre. La mayoría de los turistas pagan más de 50 € para entrar al Parque geotermal Whakarewarewa y pasear entre las vapores de azufre, emanaciones de gases y olor a huevo podrido. A nosotros no nos parecía un plan demasiado guay, así que leyendo en la aplicación Campermate encontramos una forma de ver el géiser principal sin tener que pagar la entrada. El truco era aparcar el coche enfrente del  Hotel Silver Oaks Geiserland y colarse disimuladamente en el jardín trasero del alojamiento, donde se podía observar parte del parque geotermal. Sacamos un par de fotos y nos fuimos pitando de allí, que pestuza había!. No sabemos cómo la gente local puede soportar ese olor todos los días, deben estar anestesiados.

Además en Roturua, si se tiene tiempo de sobra y dinero, se puede pasear por una aldea maorí donde las casas se han construido entre fumarolas y piedras calientes. A nosotros nos pareció un poco parque de atracciones y pasamos de pagar. Lo que sí hicimos fue ir al parque central de la ciudad donde gratuitamente se pueden observar lagunas rojas de azufre y agujeros en la tierra donde el barro parece que está cociendo. El único precio que hay que pagar es el de sufrir la pestilencia del azufre penetrando en el cerebro. Después de eso, salimos pitando de la ciudad. Ya habíamos tenido suficiente dosis de azufre y además esa noche íbamos a dormir en un camping de pago con ducha caliente. Menudo lujo!.

El sitio elegido para pernoctar fue el Okoroire, un hotel en mitad de la nada, donde los dueños habían habilitado una zona para caravanas y furgonetas a 10 dólares por persona. Desde fuera el sitio tenía buena pinta, pero cuando nos metimos en la cocina alucinamos con la higiene del lugar. Qué asco de sitio!, la encimera tenía hasta cacas de rata! y en la ducha había más telarañas que en la habitación de Peter Parker. Por lo menos en la ducha había agua caliente.

A la mañana siguiente amaneció lloviendo, menudo clásico. Así que recogimos todo, pero antes de partir pasamos por el hotel para quejarnos. En la recepción había una señora con rasgos asiáticos que se quedó con cara de dibujo manga cuando le dijimos literalmente que las instalaciones del camping daban puto asco y que no sabíamos cómo podían cobrar a la gente con el servicio que ofrecían. Nos salió la vena indignada, pero después de la retahíla nos quedamos más a gusto que un arbusto.

Hasta aquí el post de hoy.

Nos despedimos con una canción que refleja nuestro estado de ánimo de ese momento.

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