Nara y Fushimi Inari

Desde nuestro campamento base, en Kioto, haríamos todas las excursiones que teníamos previstas gracias al Japan Rail Pass. Lo tendríamos activo durante una semana. Ese día tocaba ir a Nara, la ciudad de los ciervos; y a la vuelta, como estaba en la misma línea de tren, parar en el Fushimi Inari, el templo más bonito y representativo de Japón. Nos seguía haciendo un tiempo de escándalo y ya le habíamos pillado el horario al país. Los planes iban saliendo bien y nuestro estado de ánimo seguía en aumento. No podíamos ser más felices.

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Excursión a Nara

Teníamos que coger la línea de tren que iba hasta Nara, y para ello, debíamos tomar otra antes desde nuestra casa y hacer transbordo. Tokio lo teníamos ya pillado, pero aquí nos hacíamos un poco de lío. En Japón hay que ir con tiempo de sobra porque tienes que calcular que vas a estar unos diez minutos mirando los carteles con cara de embobado. Al final lo acabas entendiendo, pero lleva su tiempo. Lo bueno es que los japoneses son súper amables y te van a ayudar en todo lo que puedan. Si no lo hacen, es por timidez más que otra cosa.

Cogimos el tren y en menos de una hora estábamos en Nara, una ciudad a unos 60 km de Kioto famosa por su parque, sus templos y los miles de ciervos “sika” que andan sueltos por la calle. Estos animales están protegidos al ser considerados los mensajeros de los dioses sintoístas. Es uno de los sitios más turísticos donde hemos estado.

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Según sales de la estación y vas andando hacia el parque, ya te vas encontrando con un montón de puestecitos que venden galletas para los ciervos. Es la única manera de que se te acerquen y les puedas tocar. Los ciervos de Nara son como un grupo de zombies hambrientos a los que solo les interesa comer esas galletas, como si se tratase de cerebros. Yo, Irene, fui directa a comprar las galletas porque no creo que encuentre otro momento en mi vida en el que los ciervos vengan a comer de mi mano. Total, eran 150 yenes (1,2 euros), el equivalente a una pelota de arroz de esas que nos gustan tanto.

En cuanto las huelen vienen a por ti buscando ese rico manjar. Víctor las probó, como hace siempre con todo lo que cae en sus manos de comida, y dijo que eran solo fibra. Menos mal, porque si no en vez de ciervos parecerían jabalíes de lo gordos que estarían. Una vez que les empiezas a dar galletas no se separan de ti. Te chupan la mano, te muerden la camiseta, te rozan con la cabecita pidiendo más… Y no se asustan en ningún momento. Están acostumbradísimos a la gente. Si te gustan los animales te puedes pasar horas con ellos dándoles de comer. Aunque no les gusta nada que les acaricies, ellos solo quieren galletas.

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En Nara hay un parque bastante grande por el que puedes pasear y en el que puedes disfrutar del “kouyu” cuando las hojas de los árboles empiezan a ponerse de color rojo. La verdad es que venir en otoño ha sido un acierto. A los japos les encanta estar al aire libre haciendo todo tipo de actividades, por eso los lugares como éste tienen tanta vidilla. En el parque vimos a este señor, que según Víctor, era igualito al padre de Tom Baker, el  mejor amigo de Oliver Atom en Campeones.

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El templo más famoso de Nara es el Todai-Ji, o Gran templo oriental. Ostenta el récord mundial de ser la construcción de madera más grande del mundo y contiene una estatua de un buda gigante. Para ver el buda hay que pagar, el resto es gratis. La entrada principal es a través de un pórtico de madera de 20 metros de alto, bastante impresionante.

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Los ciervos también caminan a sus anchas por este templo, y vivimos un momento genial cuando un ciervo bebé se topó de frente con un grupo de colegialas con mascarillas. Ellas empezaron a hacer ruiditos de esos absurdos que hacemos los humanos cuando vemos un cachorrito de perro, y a hacerle fotos como si no hubiera un mañana. El pobre bambie vivió el peor momento de su existencia. Le temblaban las piernas y buscaba la manera de escapar. Al final huyó hacia el parque y pudo respirar tranquilo.

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Dejamos atrás la zona más turística y decidimos dar un paseo por el pueblo antes de volver el tren. Concretamente por el barrio Naramachi, lleno de calles estrechas y restaurantes pequeños con mucho encanto, que parecía sacado de una película de ninjas. Nos encantó. Sobre todo porque pudimos estar solos, alejados de los miles de turistas.

El templo de Fushimi Inari

Compramos algo de comer en un hipermercado gigante y nos lo comimos esperando al tren. En Japón hay tantas opciones para comer en la calle que la gente no debe ni cocinar en casa. Ni falta que hace porque son los reyes de las cajitas y la comida preparada. Sushi bueno y barato, brochetas de todo tipo y pelotas de arroz. ¡Qué vivan los supermercados de Japón!

Una vez dentro del tren, volvimos a vivir uno de esos momentos que solo pueden pasar aquí. A nuestro lado teníamos dos chicas, cada una con su móvil pegado a la nariz, por supuesto sin hablarse, y con la cara totalmente tapada por las mascarillas. Parecía una imagen de peli de terror japonesa en la que en cualquier momento se abalanzarían sobre nosotros para comernos vivos. El caso es que en los trenes nos deben odiar porque ellos van a lo suyo en silencio y nosotros, como buenos representantes españoles, hablamos diez veces más alto de lo que deberíamos.

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Tardamos unos tres cuartos de hora en llegar al templo Fushimi Inari, el que tiene decenas de miles de toris naranjas y sale en todas las fotos que representan a Japón. Ojo al coger esta línea. Hay que pillar el tren local, porque el rápido no para en la estación del templo. También podéis hacer como nosotros y coger un rápido para avanzar unas paradas, y luego cambiaros al local.

Llegamos al templo bastante tarde. En breve se iba a hacer de noche y como seguíamos sin una buena cámara, retratarlo en condiciones iba a ser bastante difícil. Para colmo, hacerse una foto con los toris sin gente alrededor era misión imposible. Había una pequeña zona donde la gente esperaba cola para hacerse la foto sin turistas, pero tenías que ser Billy el rápido para tomar la instantánea. Esto es lo mejor que pudimos hacer.

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Recorrer este templo te lleva unas tres horas y es totalmente gratuito. Está construido sobre una montaña y vas recorriendo el camino de toris hasta llegar a la cima. Cuesta subir pero las vistas son bastante bonitas. Nosotros empezamos de día y acabamos completamente de noche. El templo está dedicado a la diosa Inari, la patrona del arroz y los negocios, que suele estar representada por una hembra de zorro. Vamos, una zorra. Cada tori es el regalo de algún comerciante a la diosa para que cuide de su empresa. Según vas subiendo te vas encontrando pequeños santuarios llamados “bunsha” y hay hasta 32.000. El último está en la cima y es el más importante.

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Cuando nos dispusimos a bajar era noche cerrada y estábamos totalmente solos. De hecho, no sé cómo, nos salimos del camino de toris y acabamos perdidos en medio de un barrio residencial. Pero encontramos la estación, con ayuda de Google maps por supuesto, que por algo hemos pagado el wifi portátil. El wifi pocket es un chiqui router que casi todo el mundo alquila en el aeropuerto al llegar a Japón. Nuestras amigas cogieron uno para 13 días con gigas ilimitadas y salíamos a unos 21 euros cada uno. Aunque si contratas el apartamento con Air Bnb lo más normal es que tenga uno incluido. Cuando terminas el viaje lo tienes que devolver en el mismo aeropuerto.

Al llegar de nuevo a Kioto fuimos a cenar al restaurante más local y cutre que encontramos, que estaba espectacular de rico, y fuimos a ver la Kioto Tower. Tiene 131 metros y un observatorio en lo alto, aunque esta vez no subimos. Fue construida en 1964 y actualmente hay un hotel allí.

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Nos fuimos a dormir temprano porque al día siguiente teníamos que coger un tren bala y recorrer 360 km para llegar hasta Hiroshima. Bueno, alguna cervecita cayó, para que nos vamos a engañar. Aunque ese día no nos dejaron subir a los cinco en el mismo taxi y tuvimos que ir en dos. Estos japos están locos.

Pueden ver fotos y vídeos de Japón, en la web amiga del viajero Rafa, clicando en este enlace http://micamara.es/japón

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