Moalboal

Isla de Cebú

Con mucha pena pero huyendo de la lluvia, dejamos Malapascua para seguir recorriendo la isla de Cebú. Como nuestro amigo Paco sólo tenía dos días más en Filipinas, buscamos un destino que no estuviera lejísimos del aeropuerto y que fuera diferente a lo que ya habíamos visto. Y así encontramos las cascadas de Kawasan y decidimos instalar el campamento base en Moalboal, un pequeño pueblo en la costa sudoeste de la isla de Cebú. Para llegar, tuvimos que coger un bus de seis horas desde Malapascua a Cebú City, después un taxi a la estación sur de autobuses de la ciudad y allí volver a pillar un bus local dirección Moalboal. Al llegar a la estación alucinamos con la cantidad de gente que estaba esperando en la parada. Menos mal que un señor se puso a pelearse con la chavalada y consiguió reservarnos unos asientos, sin tampoco consultárnoslo antes. Al final, por supuesto, nos pidió dinero por ello. Y así nos metimos tres millones de personas, con equipaje incluido, en un pequeño autobús, como si fuéramos sardinas en lata y sin aire acondicionado. Allí olía a humanidad que tiraba para atrás, pero aún así fue divertido. Sólo había un problema. Como siempre, en Filipinas el autobús iba a tardar más de la cuenta en llegar al destino y no teníamos nada reservado para dormir, ni siquiera nada mirado por Internet. La idea era llegar a la playa de Panagsama, donde habíamos leído que había bastantes opciones de alojamiento. Pero a las once de la noche en Filipinas, la mayoría de las familias están en la cama porque madrugan mucho. Así que ya teníamos otra aventura preparada. Os avanzamos que fue una de las búsquedas más difíciles que hemos vivido en más de cinco meses, y que casi lloramos.

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El lugar más concurrido de Filipinas

Y de noche cerrada, llegamos al pueblo fantasma de Moalboal. Allí no había nada abierto ni nadie por al calle. Sólo encontramos a dos conductores de triciclo que vinieron directos a por nosotros como si fuéramos carne fresca. Negociamos con uno de ellos ir a Panagsama para buscar alojamiento, por 200 pesos (3 €), sin haber visto antes su vehículo. Menuda tela cuando lo vimos. El triciclo se caía a trozos y estaba todo oxidado. La noche empezaba mal. Así recorrimos 5 km. de baches, charcos y caminos de cabras, hasta que llegamos al primer guest house, donde se suponía que había sitio para dormir. Pero estaba lleno. Después fuimos a otro que también estaba lleno, y a otro, y a otro, y así hasta el infinito y más allá. Como estábamos hambrientos, cansados y muy desesperados, el conductor nos propuso pagarle un poco más para que nos llevara a la siguiente playa, White Beach, donde según él, había alojamiento asegurado. Por supuesto nos fiamos de él, y no mentía.

Nos llevó hasta unas casitas de madera, bastantes descuidadas, y se puso a dar gritos hasta que un ladyboy salió de su cama para enseñarnos las cabañas. Se trataba de una habitación con paredes de bambú, dos camas, y un olor a humedad que tiraba para atrás. Tras unos minutos de debate entre nosotros, pero superados por la situación y habiendo pasado ya la media noche, decidimos pagar los 1600 pesos (31 €) que nos pedían por dormir allí. Con cara de pedo nos comimos unos noodles precocinados y nos fuimos a dormir muertos de cansancio.

Durante la noche, pudimos oír como seguía lloviendo a cántaros, pero cuando nos levantamos al día siguiente, todo aquello parecía diferente. A pesar de que eran alojamientos muy humildes, estábamos a escasos metros de la playa, y la familia que nos acogió fue encantadora con nosotros. Como ellos mismos nos dijeron, eran pobres pero felices (“no money but honey”). Allí vivían en comuna rodeados de gallos de pelea, ladyboys y perros callejeros. Nos lavamos la cara y nos preparamos para salir de allí pitando. La noche anterior habíamos quedado con el mismo conductor para que nos llevara de nuevo a Pangsama beach, en búsqueda de un alojamiento mejor.

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Cascadas de Kawasan

Esta vez sí que tuvimos suerte, y encontramos un enorme apartamento a escasos metros de la playa, en Vivian´s Nipa Hut. Aunque el nuestro estaba bien de precio y era bastante modesto, pudimos observar que en la zona había muchos resorts con piscina y sobretodo muchísimos centros de buceo. Sin saberlo, habíamos acabado en uno de los mejores sitios para bucear de Cebú. Pero ese día nuestro objetivo eran las cascadas de Kawasan.

Para llegar hasta allí hay varias opciones. Nosotros, decidimos ir hasta el pueblo de Moalboal para coger un bus local hasta las cascadas. Pero aquel pueblo no parecía el mismo que el de la noche anterior. Estaba todo lleno de gente, de puestos de fruta y comida, de chavales, de ruido, vamos… de vida. Menudo cambio de la noche al día. Allí nos pusimos a hablar con todo el mundo y al final vino un conductor que nos cayó genial desde el principio y que tenía un triciclo enorme y muy bien cuidado.  Así que decidimos gastarnos el dinero en ir con él, y no paramos de hablar los veinte minutos que separan Moalboal de las Kawasan. Por el camino, pasamos por un montón de pueblos, con niños que nos saludaban en un paisaje tropical, que nos recordó mucho a Sri Lanka. Nos sentíamos como en casa en Filipinas y disfrutamos mucho del trayecto. Al llegar al destino nuestro colega conductor, nos informó de que no nos dejáramos timar por nadie y que sólo había que pagar la entrada oficial de las cascadas. Pero antes de empezar el pequeño paseo hasta la primera catarata nos quedamos un rato haciendo fotos en uno de los miles de campos de baloncesto que hay por todas partes en Filipinas. Aquí es el deporte rey y los niños juegan a todas horas.

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Según empiezas a caminar, siguiendo el cauce del río de agua azul turquesa, te encuentras una caseta donde se pagan 50 pesos por persona y te informan un poco del lugar. El primer salto de agua, que es el más grande de los tres, está a una media hora andando desde la entrada. Es un paseo muy fácil entre puentes, aldeas, palmeras, cabras y gallos. Al poco rato llegamos a la primera parada. A pesar de que estaba llena de turistas y que han montado, literalmente,  un chiringuito a tres centímetros de la cascada, el color del agua y el entorno hacen que merezca la pena ir hasta allí. Aunque no hacía mucho calor, Víctor no se pudo resistir a acercarse todo lo posible hasta la caída del agua. Yo, Irene, con verlo tenía suficiente. Si te apetece puedes pagar para que te lleven en una balsa de bambú para darte un masaje de agua, pero nosotros no pagamos esa turistada.

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Como había mucha gente nos largamos rápidamente de allí y fuimos a la segunda cascada, que era más pequeña pero más tranquila. La mayoría de los turistas pagan por hacer descenso de cañones por la zona, pero el precio de la excursión es elevado y a nosotros no nos apetecía demasiado pegarnos una paliza. Así que disfrutamos del agua, de la naturaleza y vimos como la gente saltaba desde varios metros de altura vestida con casco, escarpines y traje de neopreno. Estuvimos unas cuantas horas en remojo e hicimos millones de fotos. Estas cascadas nos recordaron mucho a las que habíamos visto cerca de Luang Prabang, en Laos.

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En cuanto empezó a bajar el sol, decidimos ir de nuevo hasta nuestra casita de pueblo para preparar la última noche en Filipinas con Paco. Habíamos reservado sitio en uno de los restaurantes de Panagsama beach, donde había barbacoa de carne y pescado.  Así que a las siete de la tarde, después de ver el atardecer en la playa,  ya estábamos listos para cenar y tomar unas cervezas. Pero al llegar al restaurante, allí no había ni barbacoa ni nada parecido, así que cenamos poco pero bebimos mucho. Teníamos que despedir a nuestro amigo por todo lo alto y la cerveza red horse está tan rica que no nos pudimos resistir. En mitad de la cena, conocimos a una americana rubia estupenda y a su rollete hipster inglés, que nos contaron cómo se habían conocido viajando por Tailandia, y ahora estaban juntos allí para bucear. Fue una noche muy divertida en la que tiramos de espanglish para contar cada uno sus aventurillas del viaje y conocernos un poco mejor. Pero tampoco nos liamos mucho, al día siguiente ellos iban a hacer una inmersión y nosotros queríamos madrugar para hacer snorkel por la zona.

El mejor coral de Filipinas

A la playa de Panagsama los turistas van a ver dos cosas, las tortugas y los bancos gigantes de sardinas. Nos habían contando que las inmersiones eran muy bonitas y sencillas, pero que no era necesario bajar más de 2 m. para ver estas dos cosas. Como nosotros llevamos equipo de snorkel en la mochila, sólo necesitábamos unas aletas para poder disfrutar del mar. En la zona de la playa hay varios centros de buceo, donde se puede alquilar el equipo con facilidad, aunque los precios son un poco abusivos. Con todo preparado nos metimos al agua patos y alucinamos con lo que había a escasos cincuenta metros de la orilla. Corales de todos los colores y formas rodeados de peces tropicales, estrellas de mar y erizos.

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Sin duda ha sido el coral más bonito que hemos visto en nuestra vida. Estaba muy bien conservado y lo mejor es que se encontraba a menos de un metro de la superficie. Parecía que estábamos en un acuario gigante. Y de repente apareció una tortuga simpática que se puso a jugar con nosotros mientras buscaba medusas para comer. Allí estuvimos con ella haciendo fotos y vídeos. Era nuestra último snorkel en Filipinas y estaba siendo maravilloso.

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Y para despedirnos, fuimos en busca de los bancos de sardinas. Fue muy fácil encontrarlos aunque no eran tan grandes como esperábamos.  Parecía mentira estar rodeado de miles de peces que se mueven al mismo ritmo y que cuando te acercas, giran todos a la vez tan rápido y acompasados, que parecen robots. Si realmente se quieren ver bancos muy grandes de sardinas, nos recomendaron en el centro de buceo hacer una inmersión en la Isla Pescador. Ahora entendíamos porque nos había costado tanto encontrar alojamiento en esta zona. La gente iba hasta Moalboal sólo para disfrutar de su vida marina y de los resorts tan estupendos.

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Pero todo llega a un fin y teníamos que dejar el apartamento antes de las doce para regresar a la ciudad. Esta vez intentamos volver en furgoneta porque salía más barato y era más rápido. Pero los conductores no querían montarnos por el tamaño de las mochilas,  porque ocupaban un asiento más. Así que pillamos de nuevo el autobús local, que en tres horas nos dejó en la estación Sur de Cebú City. Yo, Irene, y Victor, habíamos reservado un alojamiento cerca del puerto, y Paco tenía que coger un vuelo a Hong Kong. Nos despedimos de nuestro amigo sabiendo que pronto nos reuniremos de nuevo. No sabemos si será en Madrid, en Londres o en algún país con playa, palmeras y cerveza barata.

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