Manila

Después de una excursión increíble visitando el volcán Pinatubo, nos volvimos a meter de nuevo en un bus local, a cero grados de temperatura, para volver a Manila. En esta megaciudad y su área metropolitana, viven más de 20 millones de personas, es decir, hay atascos por todas partes y el tráfico es un auténtico caos. Por esta razón nos bajamos del autobús en mitad de la autopista y dedicimos ir andando hasta Makati, la ciudad financiera por excelencia, donde habíamos reservado un hotel para dos noches. Pero para sorpresa nuestra, en Makati no todo son rascacielos, bancos y  apartamentos de lujo. Nuestro hotel estaba en pleno barrio rojo de la ciudad. Había clubs de striptease, supermercados abiertos 24 horas, y puestos callejeros de comida y fruta. Vamos, una mezcla muy curiosa que ya habíamos visto en otras ciudades de Asia. Ya de noche y muy emocionados, nos pegamos una ducha para esperar a nuestra siguiente visita. ¿Quién será? Una pista, lleva gafas, barba y tiene alma de superhéroe…

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¡Qué viene Paco!

Y de nuevo gracias al tráfico, tres horas después de aterrizar en Manila, llamó a la puerta nuestro amigo Paco, que había volado desde Londres para estar dos semanas con nosotros por este país asiático con toques latinos. Y según dejó las mochilas, volvimos de nuevo a la calle para cenar, tomar unas cervezas, y ponernos al día. A pocos metros del hotel, nos encontramos con el mercado nocturno de Makati, donde se podía comprar todo tipo de comida callejera preparada al momento, pero nosotros acabamos cenando en un restaurante indio, cómo no. El sitio estaba decorado con motivos deportivos y las camareras iban vestidas de árbitros. Comimos genial y hablamos sin parar de todo lo que habíamos visitado y de lo que nos quedaba por hacer.

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Visitando el centro de Manila

Y como sólamente teníamos un día para visitar la ciudad, decidimos levantarnos prontito y ponernos a pasear por nuestro barrio, Makati. Queríamos conocer un poco la gastronomía local así que fuimos hasta el mercado de Salcedo, que ponen todos los fines de semana en la plaza Jaime C. Velasquez. Allí pudimos ver todo tipo de frutas, verduras, parrillas con carne y pescado… pero lo que más nos llamó la atención fue la cantidad de comida española que vendían. No nos pudimos resistir a probar la paella, el arroz negro, los churros con chocolate, y la lasaña de carne. Todo estaba riquísimo, pero a precios un poco altos. Se notaba que el mercado era para gente un poco pija de la zona. La única pega fue el punto del arroz en la paella, demasiado pasado para nuestro gusto. Se lo dijimos a la cocinera, que nos respondió diciendo que en Filipinas se come así… Mira guapa, si se te ha pasado la paella, ¡reconócelo!

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Poco a poco nos dimos cuenta de que Makati no tenía nada que ver con el resto de Manila. Este barrio era moderno, limpio y ordenado. Muchas veces parecía que estabas recorriendo cualquier ciudad europea con cafés de diseño, rascacielos, y edificios con piscina y portero. Incluso un chico se acercó para darnos informacion por si nos apetecía comprarnos un apartamento en la zona. Va a ser que el presupuesto mochilero no nos da para tanto. Y entre tanto rascacielo llegamos a los “Ayala triangle gardens”, donde hay una escultura del eslogan de la ciudad: “make it happen, make it Makati”.

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Como el calor cada vez era más fuerte, decidimos usar el transporte público. Primero cogimos un bus muy nuevo y barato cerca de los jardines, y luego probramos el tren de Manila. No era tan moderno como el de Bangkok o Kuala Lumpur, pero tenía cosas curiosas como vagones especiales para mujeres y arcos de metales a la entrada. La verdad es que olía a chotuno que tiraba para atrás. Toda una experiencia.

Nuestro segundo destino fue Paco Park, en honor a nuestro amigo que había venido a visitarnos. Se trata de un parque muy tranquilo y limpio situado en mitad del caótico tráfico del barrio Paco. Una vez fue el cementerio oficial de Manila durante el periodo español. Allí pasamos un rato relajado viendo como grupos de adolescentes preparaban canciones con coreografías, como hacen en las series americanas. La verdad es que se lo tomaban muy en serio y alucinamos con lo bien que lo hacían. Era cómo ver Upa dance, pero sin enseñar carnaza. Lo mejor fue ver que dentro de la capilla de San Pancracio se estaba celebrando una boda local, y debía de ser de gente con dinero porque tenían cámaras de televisión carísimas, y hasta había un drone para grabar los planos aéreos de los invitados al salir. Nos pareció brutal el dinero que se habían gastado en preparar todo aquello, sin embargo, los modelitos de los invitados eran un cuadro. Menudas risas nos echamos viendo a las señoras disfrazadas y pintadas como puertas.

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Intramuros

Por la tarde decidimos ir al barrio más famoso entre los turistas, Intramuros. Se trata de la parte más antigua de la ciudad y como su nombre indica, durante más de 300 años estuvo rodeado por murallas. Fue fundado en 1571 por Miguel Lopez de Legazpi, pero luego fue entregado a los americanos al final del periodo español. Más tarde ellos mismos lo bombardearon en la segunda guerra mundial durante la ocupación japonesa.

Para llegar a intramuros desde Paco Park, decidimos probar el medio de transporte más pintoresco y más utilizado de todo Filipinas, el jeepney. Se trata de antiguos jeeps de las fuerzas armadas americanas, que fueron abandonados después de la segunda guerra Mundial. Han sido restaurados y pintados con colores extravagantes y llamativos. Van recorriendo diferentes partes de la ciudad para recoger a pasajeros que pagan unos diez u ocho pesos (0,15 €) según la distancia que vayan a recorrer. En los jeepneys no hay aforo máximo, allí  va entrando todo el mundo que quepa tanto por dentro del vehículo como por fuera. Cuando una nueva persona se sube, el dinero del trayecto va pasando de mano en mano por todos los ocupantes hasta el conductor.

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En nuestra primera experiencia jeepney, dimos con el conductor más guay de todo Filipinas. En su vehículo había instalado wifi gratis y dos cámaras de grabación tanto para dentro como para fuera. Lo más. Rogelio, que era el nombre del conductor, nos iba respondiendo a todas las preguntas que le íbamos haciendo y nosotros mientas le ayudábamos a captar viajeros por el camino. Estuvo divertidísimo y llegamos a estar más de 20 personas dentro del jeepney. Como fuimos buenos clientes, Rogelio nos dejó exactamente donde le pedimos, en el Fuerte de Santiago, uno de los emblemas del barrio, y antigua sede del gobierno español de la ciudad.

La sensación que notamos al llegar a Intramuros, fue de estar en un pueblo de la España profunda. Estaba todo lleno de plazas, iglesias, zonas amuralladas… A pesar de los bombardeos americanos, aún se conserva el ambiente español de la época. Nosotros nos dedicamos a callejear por la zona. Nos gustó mucho ver la Catedral de Manila, que ha sido derruida y reconstruida en muchas ocasiones desde que se construyera a finales del siglo XVI; y la Casa de Manila, que recrea una vivienda de clase social alta de la época española, con un patio andaluz incluido. En esta zona es muy típico alquilar una calesa de caballos y ver la ciudad como si estuvieras en Sevilla. Una turistada que un buen mochilero nunca pagaría, obviamente…

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Para finalizar el día, subimos a ver el atardecer desde el mejor sitio que encontramos en Intramuros, el bar Skydeck del hotel Bayleaf. Se trata de un hotel de lujo que tiene una terraza en el tejado, desde donde se puede tener una vista de 360 grados de la zona antigua de Manila.

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Como el sitio tenía pinta de ser bastante caro y nosotros íbamos de tirados, decidimos hacernos los suecos con los camareros y sentarnos a contemplar las vistas sin consumir nada. Hasta que un camarero nos pilló y vino directo a preguntarnos si teníamos reserva para estar allí. Le dijimos la verdad y nos dijo que no podíamos estar sin reserva. Nos invitó amablemente a bajar un nivel en la azotea y nos sentó en una mesita para la plebe. Al final nos tomamos unos tercios de San Miguel, a un precio razonable, y nos quedamos allí hasta que se hizo de noche y fueron apareciendo todas las luces de la ciudad. La puesta de sol es directamente en el puerto. Muy bonita.

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De vuelta al barrio rojo

Y como ya nos sentíamos como en casa y nos parecía que la ciudad no era tan peligrosa como nos habían hecho creer, volvimos a coger dos jeepneys más para volver a casa. Eso sí, ningún conductor volvió a ser tan guay como el primero, y ningún otro jeepney volvió a tener wifi… Aunque ya sabíamos que nuestro barrio era un poco alegre de noche, no nos esperábamos que tuviera tantísimo ambiente. Al ser un sábado por la noche, todos los bares y clubs de la zona estaban abiertos. Había muchísima gente en la calle. Sobre todo en las esquinas, que estaban a reventar… ejem. Está claro que el rollo español se quedó muy instaurado en la cultura filipina, están siempre dispuestos a una buena fiesta, o lo que surja.

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Como al día siguiente teníamos un vuelo a Palawan bastante temprano, decidimos no liarnos mucho esa noche y cenar de tranquis en un restaurante americano ambientado en los años 50, el Filling Station. La comida estaba muy rica y las camareras fueron muy simpáticas con nosotros. Si te apetece un poco de comida western, este sitio está muy bien.

Y con esta canción en honor a nuestro amigo Paco, despedimos el post.

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