Malapascua

Filipinas es uno de los mejores destinos del mundo para bucear, y nosotros después de mucho leer e informarnos, decidimos ir a la isla de Malapascua para sacarnos el certificado avanzado de buceo. Esta pequeña isla de 1,6 km de largo y 1 km de ancho, está situada al norte de la Isla de Cebú. El nombre se lo pusieron los colonizadores españoles en 1520 después de se quedaran atrapados allí el día de Navidad, debido al mal tiempo. Solamente se puede llegar por barco y en ella, hay hasta ocho aldeas diferentes. Nosotros cogimos un vuelo desde Puerto Princesa hasta Cebú City, y luego un taxi hasta la estación Norte de autobuses. Allí nos montamos en el último bus local, sobre las 6 y media de la tarde, por 160 pesos (3 €) cada uno. Iba tan lleno de gente que por un momento nos vimos durmiendo en la estación, pero donde caben cien personas, caben ciento tres. Eso sí, tardamos más de tres horas en pillar un asiento libre, menos mal que aún nos quedaban otras tres horas de ir sentados. El trayecto se hace muy pesado porque el conductor va parando en todos los pueblecitos por los que pasa. Menos mal que tenían de banda sonora baladas de los noventa, y nos partimos de risa escuchando como el conductor cantaba como si estuviera en un concurso de televisión.

Llegamos a la última parada en el pueblo de Maya, sobre las doce de la noche, sin poder llegar a Malapascua y sin alojamiento. En el bus habíamos conocido a una guiri rubia, la Vero, que se vino con nosotros en busca de un sitio donde dormir. Encontramos el Abba Family Logde, uno de los peores sitios en los que hemos dormido. Prácticamente sin luz ni agua en el baño compartido, y unas habitaciones de peli de terror, pero claro, pagamos 150 pesos cada uno (menos de 3 €). Lo mejor de la noche fue cuando Paco escuchó como la Vero practicaba frases de ligoteo en español con el móvil. No sé dónde se pensaba que estaba, pero lo de: “¿Quieres ir a un sitio más tranquilo?” debe funcionar a escala mundial.

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Primer día

En cuanto salió el sol nos pusimos en pie para ir al puerto de Maya y coger uno de los ferries que te llevan a Malapascua. Pero en realidad, allí sólo hay pequeños barcos de gente local que te cobran primero 20 pesos por llevarte de la costa a un barco mayor, después otros 100 pesos para cruzar el pequeño estrecho y como había marea alta, otros 20 pesos para dejarte en la playa principal de la isla. Un total de 140 pesos (menos de 3 €) por un trayecto que no dura ni una hora de duración, pero si quieres llegar, es la única forma.

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Nada más llegar a la isla, fuimos directos a buscar la escuela española de buceo con la que habíamos contactado, Buceo Malapascua, que comparte local con la escuela Sea Explorers. Allí conocimos a Toni, que sería nuestro instructor de buceo, y que nos llevó directamente a un pequeño restaurante local llamado, la Isla Bonita. Hay muchos mochileros que dicen que en Filipinas no se come bien, pero nosotros estábamos comiendo genial. En la mayoría de los puestos de comida, hay un montón de pequeñas cazuelas con guisos, verduras y arroz. Yo (Víctor) me puse fino a pollo en adobo, mientras que Irene y Paco hicieron lo propio con los macarrones con tomate. Después de comer, organizamos como iban a ser las cinco inmersiones del curso y nos fuimos en busca de un sitio donde dormir. Gracias a la gente de la escuela, encontramos una habitación gigante con dos camas de matrimonio para los tres, por 1400 pesos (26 €), con baño privado pero sin agua caliente. Menos mal que nos podíamos duchar en la escuela, porque aunque parezca mentira, el agua del mar de Filipinas no está tan caliente.

Dejamos las mochilas y nos fuimos corriendo a hacer la primera inmersión del curso “Advanced Open Water”. Para ver como nos movíamos en el agua, en la primera inmersión Toni nos recomendó hacer la especialidad de flotabilidad. Se trataba de hacer ejercicios debajo del agua para poder mejorar  la flotabilidad. Jugamos con aros, pesos, e incluso hicimos carreras. Estuvo muy divertido y nos sirvió de entrenamiento para lo que se nos venía encima en los siguientes días.

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Y justo cuando estaba atardeciendo, nos volvimos a subir al barco para hacer la segunda inmersión, la nocturna. Era la primera vez en nuestra vida que nos íbamos a sumergir en el mar con noche cerrada. Todos estábamos un poco nerviosos pero la experiencia fue alucinante. Cada uno llevábamos una linterna para ver en la oscuridad y así poder guiarnos. Pero no tuvimos mucha suerte esa noche, no vimos casi ningún bicho excepto algunos cangrejos y estrellas de mar. Lo más impresionante fue cuando todos nos pusimos las linternas contra el pecho y vimos el plancton fosforescente. Aunque no había muchísima cantidad, se podían ver los destellos azules cada vez que movías el agua con fuerza. Sin duda fue lo más bonito que vimos.

Un poco decepcionados por no haber visto animales grandes, nos fuimos temprano a la cama, aunque lo mejor estaba por venir. Al día siguiente nos teníamos que levantar a las cuatro y media de la mañana para hacer la inmersión estrella de Malapascua.

Segundo día

¡Mierda, qué nos hemos dormido! Así nos despertamos de golpe en nuestra habitación a las cinco menos cinco de la mañana. Habíamos quedado a las cinco en punto, menos mal que estábamos a cien metros de la escuela de buceo y que sólo necesitábamos ponernos el bañador. Preparamos el equipo y nos subimos al barco con la marca de las sábanas aún en la cara. En nuestra tercera inmersión íbamos a ver los famosos tiburones zorro de Malapascua. Esta especie sólo se ve en esta isla a primera hora del día, cuando los tiburones suben desde los 200 me donde viven, hasta los 30 m. Los buceadores saben que a esta profundidad, los tiburones acuden a desparasitarse a lo que han llamado estaciones de limpieza. Estos tiburones son muy especiales, tienen una cola del mismo tamaño que el cuerpo y la usan para cazar como si fuera un látigo. Con ella aturden a los peces y luego se los comen.

Y allí estábamos nosotros, muertos de frío, con cara de sobados y super nerviosos porque íbamos a bajar hasta los 30 metros, en la inmersión profunda del curso. Encima el tiempo no acompañaba, había un tifón cerca de Filipinas que estaba dejando en la isla olas gigantes y vientos muy fuertes. El barco se movía para todos lados y parecía imposible que fuéramos capaces de poder hacer la inmersión. Pero fuimos unos valientes, y a pesar de que Irene perdió una aleta, y de que uno de los chicos del barco fue incapaz de bajar por ansiedad, nosotros lo hicimos genial y saltamos como campeones al agua. Una vez sumergidos, estuvimos muy tranquilos. Además a 12 m. ya vimos una manta águila bebe que estaba flotando tan tranquila. A pesar de que a 30 m. no hay muy buena luz, por eso no tenemos fotos de los tiburones, pudimos ver a tres tiburones gigantes que se pasearon sobre nuestras cabezas. De repente aparecían de la nada, moviéndose de forma elegante y con cara de buenos. Como viven a unos 200 m. de profundidad, tienen unos ojos enormes que les hacen parecer muñecos mangas. Fue una auténtica pasada, pero por desgracia, el aire de las botellas se acaba rápido a mucha profundidad y pronto tuvimos que subir al barco. Y de nuevo en superficie, volvieron las olas, el viento y el mareo. ¡Qué locura de movimiento! Parecía una atracción de feria. A pesar de ello, fue una de las mejores experiencias de nuestra vida.

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Después de volver a tierra y recuperar fuerzas, nos pusimos de nuevo el traje para hacer la cuarta inmersión, la de multinivel. Y otra vez olas, viento, lluvia y mareo, pero ya nos estábamos acostumbrando y todo nos parecía bien. En esta inmersión vimos un monton de peces raros, como los sapos, los mandarinas, los leones… y un montón de especies de coral blando. Nosotros que hemos buceado en Tailandia, tenemos que decir que en Filipinas hay menos cantidad de peces, pero los corales son preciosos y están muy bien conservados. Quizás ésta fue la inmersión más bonita que hicimos en Malapascua. Se trataba de un pináculo en mitad del mar, por el que fuimos ascendiendo desde los 25 m. en forma de escalera de caracol, rodeados de colores increíbles y encima sin corriente. Cada vez lo hacíamos mejor y el aire en esta ocasión nos duró mas tiempo, nuestro profe estaba encantado con nosotros.

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Pero como el tiempo seguía empeorando, hablamos con Toni, para dejar la última inmersión para el día siguiente. El resto de la tarde la dedicaríamos a estudiar la teoría del curso y por la noche habíamos planeado una cena con los españoles de la escuela. Después de cenar en el Kwiiz, un restaurante riquísimo, fuimos al garito más famoso de Malapascua, El Maldito. Es un bar que abre las 24 horas del día, todos los días de la semana y donde el precio del ron es más barato que el de la coca-cola. Es decir, un ron doble es más barato que uno simple. Madre mía qué peligro tiene el ron en Filipinas. Y con la exaltación de la amistad del momento, decidimos ir a un karaoke. A los filipinos les encanta cantar a todas horas, y por eso muchos tienen equipos de karaokes profesionales en casa. No sabemos cómo pasó, pero en diez minutos estábamos en una habitación llena de españoles y filipinos cantando como locos a grito pelado. Aquello fue una auténtica guerra de berridos donde nadie daba una nota, !pero fue taaaan divertido!

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Tercer día

Con una resaca importante y aún con el tifón en el ambiente, nos levantamos para hacer la última de las inmersiones del curso, la de orientación. Hicimos un montón de ejercicios con brújula para no perdernos debajo del agua y también pudimos ver un montón de peces y hasta una serpiente de agua gigante. Cuando acabamos, nuestro profesor nos dio la enhorabuena, ¡ya éramos buceadores avanzados! Aquí estamos con Toni, nuestro instructor alicantino, y con Raúl, el que desempeñó el papel de asistente del instructor. ¡Equipazo!

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Como ya habíamos tenido una buena ración de fiesta y ron, nos pusimos el poncho, y bajo la lluvia recorrimos las zonas más pobres y auténticas de la isla. En noviembre de 2013 el huracán Yolanda, el más devastador de la historia de Filipinas con vientos de más de 300 km por hora, destrozó está pequeña isla, dejando a las familias más pobres sin casa ni comida. Aún se puede ver el desastre que ocasionó hace más de dos años, y cómo muchas familias aún no se han recuperado. Pero es alucinante cómo la gente en esta isla siempre tiene una sonrisa en la cara, y cómo los niños, aunque vayan descalzos, juegan al baloncesto como auténticos profesionales. Creemos que éste es el encanto de Malapascua, es verdad que los tiburones son únicos, pero en esta isla hay algo más que engancha, y es su gente y el buen rollo que se respira. Y si no, que se lo digan a la colonia de españoles que llevan años viviendo, en este pequeño paraíso del mar de Bisayas.

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Al día siguiente, viendo que el tiempo iba tardar en mejorar, dejamos Malapascua con mucha pena, para seguir con nuestra aventura. Allí nos dejamos algunos sitios sin ver, como las playas del norte, la isla de Gato con los tiburones nodriza y la isla de Calangaman.  Es verdad que el tiempo no nos acompañó, pero aún así nos lo pasamos genial, conseguimos nuestro título avanzado de buceo y conocimos a gente increíble con historias maravillosas: Toni, Raúl, Silvia, Oriol, Fernando, Pak, Marc, David, Rubi, Ignacio, Tamara… A todos ellos, esperamos volver a verles en cualquier otra parte.

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