Lago Titicaca

Nos levantamos el primer día del año sin nada de resaca pero aún con la tripa regulera, así que antes de abandonar la ciudad de La Paz, la dueña del hostel donde nos estábamos quedando me dio a mí, Víctor, un remedio casero familiar para la diarrea. El potingue no tenía muy buena pinta, pero como nos había tratado tan bien no me quedó más remedio que tomármelo. Y fue mano de santo. Nos despedimos de la familia tan maja con la que habíamos estado tres noches y nos fuimos hasta la zona del cementerio desde donde salen los buses para llegar a Copacabana. Por desgracia el autobús se fue delante de nuestros caretos así que para no esperar dos horas al siguiente,  decidimos ir en minivan o “trufi” por 40 bolivianos cada uno.  El viaje fue bastante malo porque la carretera principal estaba cortada y tuvimos que ir por caminos de cabras entre lluvia y granizo. Por fin llegamos al pueblo de Tiquina donde nos tuvimos que bajar de la furgo y pillar un pequeño bote que cruza el lago, para después poder seguir por carretera. Así pudimos estirar un poco las piernas y sacar fotos geniales de la vida cotidiana en Bolivia como esta. Después de casi 5  largas horas llegamos al pueblo de Copacabana, pero aún teníamos que buscar un sitio para dormir, y eso sería una misión bastante complicada.

Copacabana

Al ser 1 de enero, lo de buscar alojamiento no fue tarea sencilla, muchos bolivianos de la zona habían aprovechado para pasar unos días en el Lago Titicaca y nos tiramos varias horas buscando un sitio barato y que estuviera bien para pasar la noche. Después de ver alojamientos muy chulos pero carísimos, acabamos compartiendo habitación con otra pareja de mochileros en “Las olas del Titikaka”. El sitio era bastante barato y la chica de la recepción fue muy maja con nosotros y nos ayudó a comprar los billetes de barco para el día siguiente por la mañana.

La primera impresión de Copacabana no fue muy buena, estaba todo lleno de turistas, los alojamientos estaban hasta arriba y eran caros. Como teníamos hambre salimos a dar una vuelta  por la zona de la playa del lago y alucinamos con el ambientazo. Había un montón de cholitas que alquilaban barcas  de pedales para que las familias locales salieran con los niños a navegar por el lago. Era como Gandía en Agosto. Nos pareció algo super auténtico y divertido. Como no nos convencía mucho la oferta de restaurantes, acabamos comprando comida callejera, rápida y barata. Al día siguiente teníamos que madrugar un montón para llegar de una vez por todas a la isla del Sol, la razón por la que fuimos hasta allí.

Isla de Sol

El Titicaca es un lago gigante de más de 200 kilómetros de largo que separa Bolivia de Perú. Se sitúa a más de 3600 metros sobre el nivel del mar y la mayoría de los turistas que viajan por Bolivia, lo cruzan para llegar a la “Isla de Sol”. Dentro del lago hay muchas otras islas pero las más famosas para visitar desde Copacabana son las islas del Sol y de la Luna. Como nosotros solo teníamos dos días para disfrutar del lago, decidimos ir solo a la isla de Sol y pasar la noche allí. Nuestros amigos franceses nos habían recomendando un alojamiento maravilloso en la zona sur de la isla.

Nos levantamos y dejamos nuestras mochilas en el alojamiento donde habíamos pasado la noche. Ya nos habían avisado que los barcos para llegar hasta la Isla del Sol no eran muy cómodos y que luego allí era mejor ir con una mochila pequeña para poder moverte y hacer alguna caminata. El viaje en barco fue un poco pesadilla, nos metieron a muchos más viajeros de los que cabíamos como sardinas en lata y además se puso a diluviar y el techo empezó a calar  por todos lados. Cuando al fin llegamos a Challapampa, en el puerto norte de la isla, lo único que queríamos era tomarnos un caldo caliente. Así que lo primero que hicimos fue ir a desayunar para dejar paso a los otros viajeros que empapados bajo la lluvia habían contratado un guía que les iba a llevar hasta las famosas ruinas incas de la zona norte. Cuando paró de llover decidimos andar por nuestra cuenta, pero para visitar las ruinas hay que pagar una entrada de 15 bolivianos que se compra en el Museo del Oro. Por el camino fuimos alucinando con el paisaje mientras nos cruzábamos con un montón de gente local. Los habitantes se dedican basicamente a la ganadería y a la agricultura. En la isla del Sol hay un montón de burritos preciosos, algunos de ellos posaron para nosotros.

Le preguntamos a una anciana con la que nos encontramos donde había un baño por allí y ella se nos quedó mirando con cara de “estos turistas son muy tontos”. Muerta de la risa nos señaló unos árboles al final del camino de su casa.  Después de descargar la vejiga, la señora nos contó un montón de cosas sobre la isla y sus habitantes. Por lo visto las civilizaciones pre-incas  de la isla tenían tres mandamientos que todo el mundo tenía que seguir a rajatabla; no robar, no mentir y  no flojear. A los atrevidos que desobedecieran las normas se les sacrificaba en honor a los dioses. La mujer incluso nos dejó meternos en sus terrenos para que viéramos una piedra sagrada que tenía en mitad del huerto de su casa.

Seguimos el camino con algún mochilero más pero sin sentirnos demasiado como ganado y llegamos hasta la zona donde están las ruinas. Lo primero que vimos fue la mesa de sacrificio donde habían muerto muchos seres humanos para ser entregados a los dioses. En frente está la piedra del puma que hay que tocar para que te dé suerte y el laberinto, una especie de fortaleza sobre la montaña con vistas infinitas al lago. Allí nos encontramos a Fernando,  un amigo argentino con el que habíamos hecho en el tour del salar de Uyuni. ¡Qué alegría reecontrarte por el camino con gente conocida! Disfrutamos de las vistas y de la compañía, pero nosotros queríamos ir a dormir a la zona sur de la isla y para llegar teníamos unas dos o tres horas por el “camino inca”, un sendero que recorre el interior de la isla.

Para empezar el camino hay que volver a pagar un entrada de 15 bolivianos por persona y luego se vuelve a pagar otros 10 bolivianos al final. Aunque es un poco atraco que te cobren por pasear, merece la pena la ruta. Nosotros tuvimos mucha suerte y nos hizo sol todo el rato. Otra vez más por el camino nos fuimos cruzando con niños que cuidaban el ganado, cholitas con bebés a cuesta y pastores de llamas. Disfrutamos mucho esta caminata haciendo fotos por todos lados, y encima no nos cruzamos con ningún otro turista por el camino. Parecía que habían cerrado el sendero para nosotros, así daba gusto.

Antes del atardecer llegamos al alojamiento que nos habían recomendado nuestros amigos, el Inti Wayra. Hablando con Jose el dueño, conseguimos la mejor habitación por 140 bolivianos. El precio no era demasiado barato pero a cambio teníamos las mejores vistas que se pueden tener sobre el lago. Con baño privado y tres grandes ventanales nos sentíamos como auténticos ricos, qué maravilla de sitio. El dueño del guest house nos recomendó para cenar el restaurante Las Velas. Se trata de un pequeño refugio en lo alto de una montaña a los pies de un acantilado donde el dueño y cocinero prepara platos ecológicos con productos locales. El menú es poco variado y hay que tener paciencia hasta que te sirven la comida, pero la espera merece la pena. Ordenamos los platos con tiempo de sobra para poder disfrutar del atardecer sobre el lago en lo alto de acantilados rodeados de burros, ovejas y llamas.  Yo, Víctor, pedí un plato vegetariano que estaba rico sin más, pero Irene se comió uno canelones a la boloñesa que casi llora de la emoción. La especialidad del sitio es la trucha del lago, pero no la probamos. Una vez se metió el sol lo único que queríamos hacer era disfrutar de la maravillosa habitación que teníamos esa noche, no todos los días dormimos en sitios tan deluxe.

Por la mañana madrugamos una vez más para llegar a tiempo de comprar los billetes de vuelta a Copacabana. Ya nos habían advertido que había algo de mafia con los barcos que salían de la isla. Y así fue, cuando llegamos al puerto había ya un montón de turistas esperando a que abrieran las taquillas, pero sorprendentemente los locales estaban todos muy parados, como perdiendo el tiempo. Al final cuando ya había muchísima gente esperando y empezando a ponerse nerviosa, apareció un señor borde y desagradable con los billetes de detrás de unas piedras y empezó a venderlos al precio que le parecía. Nosotros por suerte estuvimos atentos para comprarlos lo antes posible, así que pudimos sentarnos dentro del barco. Pero como era de esperar los locales vendieron muchos más billetes que plazas tenía el barco, por lo que muchos viajeros tuvieron que subirse a la parte de arriba a pesar del diluvio que estaba cayendo. No sabemos bien porqué pero en todos los países los que se dedican a los transportes suelen ser los más liantes. No paguéis más de 25 bolivianos por ese trayecto. Menos mal que por lo menos el puerto era bonito, con sus figuras de guerreros incas de corchopán y florecillas por todos lados. Lo peor las millones de escaleras que había hasta llegar a él.

A pesar del numerito del barco llegamos a una hora prudente a Copacabana como para salir de allí rumbo a la frontera con Perú. Ya iba siendo hora de empezar a recorrer un país nuevo. Pero volvimos a tener mala suerte con los billetes de autobús que compramos en el último momento con la empresa Panamericana. Resulta que la chica no había avisado al conductor y estábamos unos cuantos sin hueco en el bus. Como siempre. Después de unos cuantos gritos y presión grupal, Irene se puso bastante furiosa, conseguimos una minivan que nos llevaría hasta la frontera con Perú  a poco más de 15 minutos de Copacabana. Casualidades de la vida nos volvimos a encontrar a nuestro amigo Fernando. El mundo es un pañuelo, pero un pañuelo diminuto.

Con esta entrada cerramos nuestro paso por Bolivia, un país sorprendente con muchísimas oportunidades para los viajeros. Sin duda volveremos algún día a la tierra de las cholitas.

 

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