Hiroshima y Miyajima

Nos despertamos en Kioto, más temprano que nunca, para ir de excursión a la ciudad de Hiroshima y la isla de Miyajima. Teníamos que coger dos trenes bala, uno desde Kioto hasta Okayama, y otro desde Okayama hasta Hiroshima. Con el Japan Rail no puedes coger el tren directo, pero da igual porque te da tiempo a ir y venir en el día. Con el JR siempre tienes sitio en los trenes, ya que guardan algunos vagones para la gente que van sin asiento y tiene este abono. Aún así, nosotros recomendamos reservar sitio en cualquier estación un día antes para ir más cómodos. Una vez más recargamos pelotas de arroz, para no pasar hambre en el viaje.

Isla de Miyajima

Decidimos ir primero a Miyajima. Para llegar, tienes que coger un tren local desde la estación central de Hiroshima hasta Miyajima Guchi, y allí pillar el ferry que tarda quince minutos en cruzar. Es muy fácil y está todo súper indicado. Si tienes dudas, lo único que tienes que hacer es seguir a la marabunta, porque van todos al mismo sitio. Creo q nunca nos hemos sentido más borregos que en esta excursión, siguiendo a la horda de turistas hasta la isla con el tori más famoso de Japón. Pero si queríamos verlo, era lo que había. El ferry sale gratis con el JR. Desde el barco ya se podía observar la gran puerta roja y las montañas de fondo. El agua estaba plagada de medusas blancas y tenía pinta de estar helada.

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Fue el día que más calor nos hizo con diferencia. Íbamos sudando, con el sol en todo lo alto, una luz horrible para hacer fotos, miles de personas a nuestro alrededor, y la marea baja. Era más o menos la 1 del mediodía. No podíamos haber elegido peor hora para ir. La gracia de Miyajima es que hay un templo, el que tiene el famoso tori naranja, que está en medio del agua. Pero si hay marea baja, está en la arena y no tiene tanta gracia. Al final sacamos algo bueno de esta situación…

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Miyajima es una isla a 50 km de Hiroshima, declarada patrimonio de la humanidad. Significa “isla santuario” y ha sido venerada desde la antigüedad. Según el feng shui, esta isla tenía la bahía perfecta para construir un templo sobre el mar, el Itsukushima, presidido por el gran pórtico de 16 metros de altura. Se creó para venerar a la deidad del mar, según el sintoísmo.

Antes de visitarlo, decidimos alejarnos un poco de la parte masificada y fuimos a ver algunos templos localizados en la parte alta. Por toda la isla hay pequeños santuarios, incluso puedes coger un funicular para subir a la cima de la montaña. Optamos por visitar una pagoda de 27 m de altura que es muy bonita y un santuario de madera dedicado a los caídos en batalla. Esta isla también está llena de ciervos que quieren comer galletas, así que los que decidáis saltaros Nara, podéis vivir la experiencia con ellos aquí.

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La marea iba subiendo un poco, aunque no lo suficiente para ver el templo encima del agua. Suponemos que el mejor momento para eso debe ser el pleamar. Aún así, fuimos hacia la gran puerta dispuestos a hacer la mejor foto que pudiésemos. El agua empezaba a cubrir hasta las rodillas. La gente tenía como miedo de mojarse los pies, como si el agua fuera radiactiva o algo, y nosotros vimos nuestra oportunidad para hacernos la foto sin nadie alrededor. El agua estaba llena de ermitaños y algas que te rozaban los pies, pero no nos impidió pasarnos más de media hora posando, saltando, haciendo vídeos, y todo lo que se nos ocurría delante del súper tori.

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Hiroshima

Cuando nos cansamos, cogimos el ferry de vuelta para ir al centro de Hiroshima. Tras el ferry, vino un tren y luego un tranvía (este hay que pagarlo, no entra en el JR), hasta que llegamos al llamado “Parque Conmemorativo de la Paz”.

Lo primero que te llama la atención al llegar es la cúpula Genbaku, o monumento a la conmemoración de la paz. Es lo único que quedó en pie en esta zona, tras la bomba atómica del 6 de agosto de 1945. Todo lo demás es posterior. El contraste es alucinante. El edificio fue preservado como monumento conmemorativo a la devastación nuclear y como un símbolo de esperanza en la paz mundial y la eliminación de las bombas nucleares. Esta imagen vale más que mil palabras.

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La verdad es que se te encoge un poco el estomago al visitar esta zona. Entramos al museo, que cuesta 50 yenes (media pelota de arroz), de manera simbólica. Nada más entrar, una turista japonesa nos dio las gracias por estar allí. Nos dejó un poco descolocados. Después estuvimos viendo todo lo que hay allí expuesto, desde una recreación de niños afectados por la bomba, hasta piel real, pasando por ropa, fotos y tejas abrasadas por el calor de aquella explosión. Sales de allí con un mal rollo que no os podéis imaginar.

En la plaza también hay una estatua en memoria a los niños que murieron a causa de la bomba, un cenotafio conmemorativo, una campana de la paz, y una llama que permanecerá encendida hasta que no exista amenaza nuclear en el mundo. Es inevitable pensar que al paso que vamos, el mundo se acabará antes de que se apague esa llama.

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Nos intentamos quitar un poco el mal sabor de boca que se nos había quedado y nos fuimos a dar una vuelta por el centro. Y la verdad es que tiene mucho rollo, sobre todo de noche. Pasamos por mil tiendas, como siempre. Por galerías techadas, que les encanta poner en todas partes, y llegamos hasta el edificio que andábamos buscando.

En Hiroshima hay una especialidad culinaria que es el okonomiyaki. Es una especie de pizza/tortilla con col picada, fideos, huevos, una pasta rara que a saber que lleva, y diferentes ingredientes que tú elijas tipo carne, queso o calamares. Vamos, una guarrada, pero es típico de allí y hay un edificio de cinco plantas dedicado solo a este plato. Llegar nos costó un rato porque cada vez que preguntas algo a un japonés, que no tienen ni idea de inglés, comienza un juego de mímica entre él y nosotros, en el que nadie sabe que está intentando adivinar. Y para variar, íbamos con cuenta atrás porque perdíamos el tren. Corriendo, como siempre.

Pero al final dimos con el edificio, el okonomi-mura. Elegimos dentro de él uno de los restaurantes y reclutamos a Santiago, un argentino que se unió al grupo para probar aquel revoltijo de ingredientes que no pegaban ni con cola. No estaba muy rico, pero lo guay era ver cómo lo preparaban y toda la parafernalia que montaban para hacerlo.

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Karaoke en Japón

Cogimos el tren de vuelta a Kioto, después de un largo día de turisteo. Pero no nos fuimos a casa a descansar, no. Ya descansaríamos en otro momento. Habíamos quedado con un amigo de Madrid que también estaba en la ciudad y decidimos hacer algo que llevábamos tiempo queriendo, pero no habíamos encontrado el momento adecuado. Ir a un karaoke.

No hace falta que os recomendemos ninguno. Hay mil por todas partes, tienen precios similares y las canciones son las mismas (tienen de todo tipo en inglés). Pero en el nuestro cometieron un grave error. Nos ofrecieron un precio cerrado a cambio de barra libre. 3.150 yenes por cabeza (unas 27 pelotas de arroz). No sabían lo que estaban haciendo. Íbamos a acabar con toda la cerveza que tuvieran. La suya y la del karaoke de enfrente. Y así fue, desde las 11 de la noche hasta las 5 de la mañana cantando a grito pelado, entrando en las salas contiguas, y pidiendo rondas cada cinco minutos. Se hace por teléfono y había veces que ni lo cogían. Fue el momento más divertido que hemos vivido en Japón. Sin duda. Al menos una vez en tu vida tienes que ir a un karaoke en este país y darlo todo como si lo fueran a prohibir. Es lo más.

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Toilletes en Japón

Queremos aprovechar este post también para explicaros bien el tema de los baños, que tanto os llama la atención y nos habéis preguntado por privado. Para empezar, como ya hemos dicho, hay por todas partes y suelen estar muy limpios. Dan ganas de quedarse a vivir en ellos. Nada más entrar, tienes un dispensador de jabón para desinfectar la taza. Como si no estuviera perfecta ya… Después, si eres tímido, tienes la opción de dar a un botón para que suene un sonido suave de cisterna, y así tapar todos los ruidos que hagas. Muy fuerte.

Después está el tema del calorcito. La taza, cuanto más tiempo pases sentado en ella, más calentita se pone. No te quieres ir de allí. Y para terminar, cuando acabas de hacer tus cosas, tienes los botones de lo que parece un ordenador de a bordo con diferentes opciones. Está el chorrito que va directo a la zona trasera, y el que es solo para chicas, que tiende a ir hacia adelante. Por supuesto se puede regular la intensidad y está caliente. También hay un botón para pararlo cuando tú quieras y el flush, para tirar de la cadena. Una especie de nave espacial para que el viaje al planeta número uno y dos, se te haga lo más agradable posible. Así son los japoneses. Y así son sus baños. Maravilloso todo, somos muy fans de cualquier cosa que hagan.

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Para terminar, una canción que todo el mundo ha cantado alguna vez en un karaoke.

Pueden ver fotos y vídeos de Japón, en la web amiga del viajero Rafa, clicando en este enlace http://micamara.es/japón

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