Gold Coast – Byron Bay


De Brisbane a Gold Coast, que está bastante cerca, no encontramos ningún camping gratis para dormir, así que ese día fuimos a uno low cost que costaba 8 dólares por persona (6 €). Es el único en el que hemos pagado en todo Australia, y en el que más gente inquietante nos hemos encontrado. Se llama Sharp Park y está dividido en dos partes, una llena de borrachos y raros, con pinta de vivir allí sin pagar ni un duro, y otra más normal donde van los viajeros. Nosotros, que somos así de osados, fuimos de cabeza a ponernos al lado de un señor con pinta de asesino en serie, que nos dijo que quitáramos el coche o la cadena de su perro nos lo rayaría entero. El menda tenía un solo diente en toda la boca. Obviamente salimos de allí pitando y llegamos a la otra parte donde nos sentimos mucho más seguros. Además, a la mañana siguiente, volvimos a levantarnos rodeados de canguritos.

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Gold Coast

Esta parte de la costa este australiana, se caracteriza sobre todo por sus 50 km de playa, que es una pasada, y unos rascacielos horribles tipo Benidorm. Dos caras de una misma moneda. Por un lado, esa playa infinita y maravillosa, y por otro, una ciudad feísima llena de guiris, tiendas de souvenirs y un paseo marítimo diseñado para poligoneros. Y todo, lleno de gaviotas que te miran con cara amenazante.

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La primera zona que visitamos es la llamada “Surfers Paradise”, que es la más famosa, y también la peor. Allí fuimos a una biblioteca para hacer todas nuestras tareas pendientes online y cargar la cámara de fotos. El coche lo aparcamos en el parking de un supermercado. El súper consejito de hoy es que si no queréis pagar aparcamiento, dejéis el coche en un Coles o en un Woolworth, que las primeras dos horas son gratis.

Tras eso, fuimos a dar una vuelta por la ciudad para buscar la torre más alta, desde donde se supone que están las mejores vistas. Cuando llegamos y vimos lo que costaba subir, unos 27 dólares por persona, decidimos que ésta sería la única foto que tendríamos del skyline desde el aire. La del cartel publicitario que hay en la entrada del rascacielos.

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Miami

Horrorizados por ese lugar, decidimos ir a la parte de Miami, que parecía mucho más tranquila y más bonita. De camino, tuvimos nuestro primer y único encuentro con la policía australiana que nos paró para asegurarse de si teníamos bien clarito cómo funcionaban allí las luces de los semáforos. En Australia el ámbar dura dos segundos y tienes que parar. Qué nervios pasamos, no entendíamos la mitad de lo que decía la chica policía, guapísima por cierto, e intentábamos explicarnos en nuestro inglés de pacotilla sin éxito. Al final todo se quedó en un susti y pudimos llegar hasta una barbacoa en la zona de Miami, donde el día mejoró a tope.

Habíamos comprado un trozaco de un kilo de carne, que siempre veíamos en el súper, por 8 dólares y queríamos cocinarlo a la parrilla. En la zona de barbacoa había un grupo de locales que nos prestó un cuchillo y nos invitó a probar su carne. Estaba buenísima, pero la que habíamos comprado nosotros por solo 8 dólares, también. En ese momento nos enganchamos al trozaco barato de ternera australiana. Así podríamos dejar un poco de lado la mortadela, que por su culpa nos estaban empezando a salir lomeras.

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Y mientras intentábamos mantener una conversación coherente con el grupo de locales, porque su acento era bastante incomprensible, un par de ballenas se acercaron hasta la playa para deleitarnos con unos cuantos saltos. ¡Qué emoción! ¡Nuestras primeras ballenas en Australia! Y gratis, que el tour para verlas no bajaba de los 99 dólares. Eso sí, estaban lejos, lo más que pudimos pillar con nuestra cámara fueron las aletitas de una de ellas. ¡Aplauso!

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Esa noche dormimos a pie de carretera, en “Sleepy hollow”, y como nos volvió a diluviar, no pudimos abrir la tienda hasta que paró. Pero ese sufrimiento iba a terminar porque los de Wicked, muy eficientes por cierto, nos mandaban un coche nuevo al día siguiente a Byron Bay.

Byron Bay

Lo primero que hicimos al llegar, fue ir a cambiar el coche, que nos dieron uno mucho mejor, con una tienda de campaña más nueva y supuestamente impermeable. También tenía un puerto USB para escuchar música. ¡Bieeeeen! Se acabaron las emisoras australianas, que viven ancladas a finales de los 90. En una de ellas, entre un tema de los Backstreet Boys y otro de Jennifer López, escuchamos que se había producido un ataque masivo a raíz de la droga zombie en Sydney. Qué suerte teníamos!. Si el mundo acabase sucumbiendo a un Apocalipsis zombie, sin duda el mejor país para vivirlo era Australia, mucho espacio y poca gente.

Dejamos el coche en un aparcamiento gratis (el que busca, encuentra) a las afueras de Byron Bay, y fuimos a conocer el pueblo. Esto ya era otro rollo, no la Australia profunda. Mucho postureo, gente guapa, tiendas de surf y una playa estupenda. No me extraña que Thor y Elsa Pataki vivan aquí.

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Probamos el agua, y como estaba más fría que Bisbal con Chenoa en la gala del reencuentro de OT, decidimos ir a dar un paseo. Hay un pequeño trekking, que es una caminata fácil, en la que subes directamente al faro. En la meta hay un cartel que pone “congratulations”, como si hubieras hecho algo de ejercicio. Qué majos. Por el camino vimos nuestro primer wallabie, ballenas y delfines que hacían monerías alrededor de los surferos que había en el agua. Byron bay mola.

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También íbamos viendo mansiones deluxe. Quién fuera la Pataki. El ambiente que había, era como un poco hippie perro-flauta mezclado con lujo extremo. Nombramos en este momento a Byron Bay el primer pueblo pijo-flauta del mundo. Por nuestro conchu.

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Para terminar el día, fuimos a merendar a una playa a las afueras del pueblo, donde pudimos estar tirados al sol prácticamente solos, escuchando tan solo el sonido de las olas al romper en la orilla. Bueno, y el sonido de una gaviota loca que chillaba a las otras para que no se acercaran a nosotros. Ella pensaba que los restos de nuestros sándwiches eran solo suyos. Si las gaviotas decidieran revelarse contra la humanidad, moriríamos en cuestión de minutos.

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Ya empezaba a hacer fresco. Cuánto más bajábamos, más ropa nos teníamos que ir poniendo. La primavera australiana es fría de narices. Y seguíamos sin ver koalas. Y continuaban las cangu-burguers en el suelo de la autopista. Ese día dormimos en un área de descanso llamado “little Italy”, donde al principio nos cagamos de miedo porque no había nadie, pero luego estuvimos tan a gusto en la tienda de nuestro cochecito nuevo.

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Y la canción de hoy tenía que ser de finales de los 90. Pero una molona.

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