El Nido parte II

Entre hogueras, ron y estrellas

Tal y como os hemos contado en El Nido parte I, nos encontrábamos 14 personas más la tripulación del barco, en una isla desierta, con tiendas de campaña y una hoguera. Cuando terminamos de cenar, el capitán abrió la veda del ron y apareció con una nevera de plástico, con un toque muy ochentero, llena hasta arriba de botellas de ron y coca-cola. Allí no había ni vasos, ni hielo, ni pajitas. Pero nos dio exactamente igual a todos. Para coger confianza, Paco, propuso un juego musical donde uno decía una palabra y los demás debían adivinar la canción. Todo esto en inglés, obviamente. Aquello fue una guerra de gritos, desafines, risas y muuucho ron. Estuvo graciosísimo y nos sirvió para conocer más al resto de personas. Así descubrimos a una chica holandesa con acento americano que viajaba sola por Asia y jugaba de manera profesional al póker; a un chico parisino, que después de trabajar con la gente más rica de su país, había decidido viajar por el mundo para cambiar el rumbo de su vida; y a otra pareja de franceses muy graciosos. El resto se fueron a dormir pronto, porque eran todos un rollo, pero aquellos cuatro resultaron ser muy guays. Nos lo pasamos genial y aprovechamos para hacer una sesión de fotos nocturas de las estrellas. Y alrededor del fuego pasamos la noche, cantando, bebiendo, y hablando cada uno de su vida.

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Sobre la 1 de la mañana, de repente la coca-cola se acabó y la gente empezó a caer poco a poco, hasta que solo quedamos unos pocos. Los elegidos fuimos Paco, yo (Víctor) y un integrante de la tripulación, que misteriosamente guardaba aún una botella entera de coca-cola. Como nosotros todavía teníamos ron, éramos el grupo perfecto para seguir de cachondeo. Sólo había un problema, y era que el local filipino no hablaba ni una sola palabra de inglés. Realmente ni Paco ni yo recordamos bien cómo nos comunicamos, pero de lo que sí nos acordamos es del momento que fuimos como colonizadores de la edad media, intentando averiguar el nombre del chaval. Nosotros nos presentábamos diciendo: Paco; Madrid, Víctor; Madrid, y cuando le tocaba a él sólo podía reir y beber ron mientras tarareaba “filipino, filipino, filipino, me pongo filipino”. No sabemos cuantas horas estuvimos en bucle, sólo sé que por la mañana yo, Victor, me  desperté totalmente vestido y con las gafas puestas dentro de la tienda, y vi que Paco estaba durmiendo fuera, como un perrito, con la cara llena de arena.  Pero lo mejor es que en la playa ya estaba el desayuno preparado, de nuevo pescado a la parrilla, fruta y mucha agua para la resaca.

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Rápidamente recogimos toda la playa para dejarla exactamente igual de virgen que cuando llegamos, y nos subimos al barco para hacer el tour A por El Nido, que es el más famoso (el día anterior habíamos hecho el C). Fuimos a Helicopter Island para hacer snorkel, Secret Lagoon (laguna secreta), Small Lagoon (la laguna pequeña) y la que es la joya de la excursión, Big Lagoon (la laguna grande). Se trata de un pequeño estrecho de agua verde turquesa entre montañas, que da paso a una laguna enorme y mucho más profunda. Paco e Irene cogieron un kayak para navegar por las aguas poco profundas, pero entre la resaca que tenían y el viento, iban haciendo eses como locos mientras se morían de la risa. Yo, Victor, pasé del kayak y me dediqué a lo que más me gusta del mundo, ver corales y pececitos de colores.

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Como la noche había sido muy dura y estábamos todos bastante cansados, propusimos regresar pronto al pueblo para pegarnos una ducha y descansar. Antes del atardecer ya estábamos en el guest house (el de Joana, que nos estaba guardando las mochilas), listos para cenar y dormir hasta que nos cansáramos. Y esa misma noche, conocimos a nuestra amiga Ainhoa, una chica de Bilbao que dormía en el mismo guest house que nosotros. Enseguida congeniamos con ella y le propusimos ir de excursión al día siguiente con nosotros.

Recorriendo las playas de El Nido

Después de dormir como lirones en una cama de verdad, quedamos con nuestra amiga vasca para negociar dos triciclos que nos llevaran a las playas más famosas de El Nido. La idea era pasar todo el día en la playa de Nacpan y por la tarde ir a la playa de las Cabañas para ver el atardecer. Para llegar conseguimos dos triciclos, porque éramos cuatro personas, por 1000 pesos (20 €) cada uno. El precio era caro, pero para llegar hasta la primera playa teníamos una hora de recorrido y además el conductor nos esperaba allí haciendo tiempo. También se podía llegar con una moto de alquiler, pero nosotros no somos muy fan de las motos, y las carreteras son muchas veces caminos de tierra. Antes de entrar en la playa hay que pagar una tasa de 50 pesos por persona (menos de 1 €). A pesar de que no era barato llegar hasta allí, la visita mereció muchísimo la pena. Nacpan es una de las mejores playas que hemos visto en nuestra vida.

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Se trata de un playa larguísima de arena blanca, con palmeras y agua cristalina. Y lo mejor de todo es que no está nada masificada. Para estar completamente solo, sólo hay que moverse unos metros. Nos pasamos todo el día en remojo charlando con Ainhoa, y haciendo snorkel. Después subimos hasta la cima de una pequeña colina, donde había unas vistas increíbles. Con tanto movimiento nos moríamos de hambre, menos mal que en la playa había un pequeño chiringuito con comida y batidos a precios razonables. Sobre las cuatro avisamos a nuestros conductores, para que nos llevaran a ver el atardecer.

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Para llegar hasta la playa de las Cabañas, tuvimos otra horita de camino en el triciclo. Por el trayecto vas pasando por campos de arroz, trozos de selva y aldeas con niños que no paran de saludar. Estábamos felices en El Nido, nos alegrábamos mucho de haber ido hasta allí. Sin embargo, la segunda playa no fue tan guay como esperábamos. Aquello parecía Ibiza, con garitos de música electrónica, tumbonas a pie de playa y muchos guiris de postureo. Encima llegamos tan justos al atardecer que no pudimos sacar buenas fotos. Pero nos daba igual, aún teníamos más días en El Nido y podíamos volver.

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Para terminar un día genial, decidimos parar en el mercado central y comprar ingredientes para hacer una cena española. En nuestro guest house se podía cocinar, así que enseguida preparamos una tortilla de patata y unas ensaladas de tomate con atún. Joana, la trabajadora del guest house se quedó alucinada de lo bien que estábamos cocinando. Ella, mientras, nos contaba la historia de su vida y preparaba noodles con verdura para el desayuno del día siguiente. No es por nada, pero la tortilla nos salió genial, estaba de escándalo a pesar de no encontrar aceite de oliva. Esa misma noche, nos despedimos de Ainhoa porque ella se iba al día siguiente a la misma excursión que habíamos hecho nosotros un día antes. Fue un placer pasar dos días con ella y seguro que nos volveremos a encontrar en alguna parte del mundo.

Ultimo día en El Nido

Como las excursiones en Filipinas no son baratas y ya habíamos hecho varias, dejamos para el último día un plan muy barato. Pasaríamos el día tirados en la playa y para llegar hasta allí, caminaríamos como buenos mochileros. Y gracias al paseo, conocimos el día a día de la gente local de El Nido; volvimos a pasar por el mercado para comer un poco de pollo al ajillo, vimos a los niños salir del colegio, conocimos los negocios locales, vimos las iglesias de la zona y saludamos a todo titirimundi. Después de hora caminando llegamos a Corong-Corong. Hay muchos turistas que deciden quedarse en esta zona, porque es más tranquila y los alojamientos son mejores (incluso vimos algunos con piscinas). Pero la playa en sí no es nada buena, cubre muy poco y cuando baja la marea se llena de rocas con erizos. Si algunas vez estáis por allí, hay un restaurante español que se llama República  que es muy recomendable  y desde donde se puede ver una bonita puesta de sol. Nosotros no pudimos ir porque cuando llegamos aún no habían abierto, sólo abren por la tarde-noche.

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Después de un paseo de más de una hora por la playa donde tuvimos que mojarnos, trepar por la rocas y hacer un poco el ganso, llegamos de nuevo a la playa de las Cabañas. Allí elegimos un sitio tranquilo para estar tirados, leyendo y relajados. Un poco antes del atardecer nos movimos de sitio para poder sacar unas buenas fotos de la puesta de sol mientras nos tomábamos unas cervecitas. Nos estábamos enamorando de este lugar.

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Y con esto nos despedimos de El Nido, sin duda uno de los lugares más bonitos en los que hemos estado. Como siempre decimos, no todo en un viaje lo hace el lugar, es muy importante la gente que conozcas y la experiencias que vivas allí. Para nosotros estos cinco días fueron muy especiales y nunca los olvidaremos.

Puerto Princesa

Al día siguiente preparamos las mochilas y nos fuimos directos a la estación de autobuses, para pillar de nuevo una furgoneta durante cinco horas que nos llevara a Puerto Princesa. En la isla de Palawan hay muchos más destinos que El Nido. La gente nos había hablado muy bien de Port Barton, una zona parecida a El Nido pero mucho menos turística. También desde Puerto Princesa puedes ir a ver el río subterráneo. Pero las excursiones eran muy caras para nosotros y además no teníamos más tiempo. Así que reservamos una noche en un alojamiento barato con piscina, muy recomendable, El Citadel bed and breakfast, cerca del aeropuerto de Puerto Princesa porque necesitábamos coger un avión al día siguiente con destino a la isla de Cebú. En aquel hotel probamos el mejor batido de mango que hemos encontrado en Filipinas.

Hoy nos despedimos con una de las canciones que cantamos la noche de la excursión, alrededor de la hoguera y hasta arriba de ron local.

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