Dubai

Dejamos el sudesteasiático después de más de cinco meses de viaje para hacer escala en Oriente Medio antes de volver a España. Por cuestiones laborales hemos tenido que partir nuestra vuelta al mundo en dos partes. Dubai sería el último destino de la primera parte del viaje. 

En Filipinas, habíamos encontrado un vuelo tirado de precio, que iba de Manila a Dubai por unos 200 euros. El trayecto, de más de nueve horas con una compañía low cost, no fue muy agradable, pero así es viajar como mochileros. Sobre las doce de la noche estábamos aterrizando en los Emiratos Árabes Unidos, con mucha hambre y totalmente sorprendidos por el cambio de decorado. Se notaba que estábamos en la tierra del petróleo. Mucho lujo, trajes blancos impolutos para los señores y negros para las mujeres.

Un taxi hasta el centro nos iba a salir bastante caro, pero por suerte, teníamos unos amigos viviendo en la ciudad que vinieron a buscarnos al aeropuerto.  Un consejo, el alcohol el Dubai es carísimo, así que todo el mundo aprovecha el duty free del aeropuerto para comprar.  Haced lo mismo si queréis beber. Está justo después del control de pasaportes. Nosotros pillamos cervezas para los días que nos esperaban allí.

Estábamos deseando encontrarnos con nuestros amigos y charlar de nuestras aventuras. Así que salimos pitando de la terminal 3,  pero al salir a la calle nos llevamos la primera sorpresa de Dubai, ¡hacía un frío que pelaba! ¿Cómo podía ser aquello? Llevábamos mas de medio año de verano absoluto y de repente sentimos el frío en el cuerpo, en un país que está en medio del desierto. Por mucho que viajes, hay muchas cosas que te siguen sorprendiendo, y te llevas un ¡zas! en toda la cara cuando menos te lo esperas.

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Marina: rascacielos y yates

Recorrimos los 40 minutos que separaban el aeropuerto de la zona de Marina donde vivían nuestros amigos, sin parar de hablar y con muchas ganas de dejar las mochilas tranquilas por unos pocos días. Llegamos a su edificio, el Princess Tower, que es el rascacielos residencial más alto del mundo, con 99 plantas. Ellos estaban en la planta 42 con vistas al mar y a la famosa palmera de arena, que construyeron en Dubai hace años. La verdad que nos quedamos impresionados con las vistas nocturnas. !Menudo cambio habíamos sufrido en menos de 24 horas! Pedimos comida árabe a domicilio y probamos  cosas tan ricas como moutabal (puré de berenjenas), manakeesh con zaatar y labneh (pizzas con yogur), tabbouleh y falafel. Entre la comida y la cerveza se nos cerraban los ojos, así que nos fuimos al a cama expectantes con nuestro nuevo destino.

Domirmos como bestias y a la mañana siguiente ya estábamos descansados y listos para conocer la zona de Marina. Este distrito, conocido como el Nuevo Dubai, contiene el puerto deportivo más grande del mundo, y está lleno de canales, rascacielos, centros comerciales y zonas verdes. Todo muy limpio, ordenado y lujoso. Marina es la zona elegida por la mayoría de los extranjeros que se vienen a vivir a Dubai, por sus servicios y comodidades. Como todo en esta ciudad tan joven, está a medio construir, hay grúas por todos lados, pero la verdad es que alucinas con la cantidad de edificios de cristal que hay.

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Aunque por el día hacía algo más de calor, no era suficiente para ir a la playa, pero nosotros, que somos muy de mar, decidimos ir a dar una vuelta por el paseo marítimo. Aquello parecía Estados Unidos. Un carril para patines, zonas de gimnasio en la calle, garitos con música house, y un montón de gente tostándose al solecito. No se correspondía para nada, con la imagen que teníamos de Dubai, pero tenía muy buena pinta. Nos contó nuestra amiga, Leire, que a la playa sólo se puede ir en los meses “fríos”, porque en verano hace tantísimo calor que literalmente te puedes quemar vivo. El agua está igual de caliente que la de un jacuzzi. Nos acordamos en ese momento del Onsen de Japón, y de nosotros cociéndonos como gyozas en el agua. Por un lado, nos alegrábamos de haber ido a Dubai en invierno, pero por otro, nos hubiera gustado despedirnos de nuestra primera parte del viaje con un poquito más de calor, la verdad. Un bañito no hubiera estado mal.

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Y entre paseos, risas, zumitos y demás, pasamos el día. Además, llegamos a tiempo para ver el atardecer desde la terraza del apartamento. Una auténtica maravilla de vistas. Por las tardes también hay un avión que continuamente esta subiendo a personas, que luego se tiran para hacer skydive. Nosotros estábamos en la terraza sentados, tan a gusto con una cervecita en la mano, pero sufriendo pensando que en algún momento alguno no iban a poder abrir el paracaídas a tiempo. La gente esta loca perdida.

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Una ciudad de contrastes

Al día siguiente nos levantamos con energía para hacer un tour por la ciudad. La primera parada sería en el hotel de 7 estrellas llamado Burj Al Arab, el que tiene forma de vela de barco. Como es de lujo extremo, los mortales no nos podemos acercar demasiado a verlo. Pero nuestros amigos conocían un truco para poder sacar alguna foto más o menos decente del edificio. Nos colamos en el hotel de al lado, uno de cinco estrellas, para verlo desde allí e intentar sacar la mejor foto. Lo del lujo en Dubai es muy fuerte, el suelo de los hoteles está tan limpio que se puede comer sopa en el. El edificio en sí es muy bonito desde la distancia que lo vimos. Aunque tampoco pudimos estar mucho tiempo allí sin que llamáramos la atención de los de seguridad. Tenemos la “M” de mochileros escrita en la frente, y enseguida se dieron cuenta de que no pagábamos nada con los demás clientes.

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Después nos llevaron a la zona más antigua de Dubai, el distrito de Deira. Aquí es donde empezó a desarrollarse la ciudad y es la zona más humilde de todas. Parecía que nos habíamos teletrasportado a Marruecos, estaba todo lleno de tiendas de comida, especias, edificios antiguos y mercados de oro. Nos dimos una vuelta por la zona y nos comimos los pistachos más buenos que hemos probado en nuestra vida. Qué ricos estaban.

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Como empezábamos a tener hambre de nuevo, nos movimos para comer a la zona de Bur Dubai, un pequeño puerto por donde salen y entran barquitos de pescadores. Es una zona muy tranquila y agradable, con poca gente y restaurantes con terracitas, donde volvimos a comer estupendamente. En este país es muy frecuente pedir una pipa de agua de sabores o “shisha” para ir fumando mientras se come. Aquí probamos la de manzana.

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Para ver el atardecer, nos llevaron a un sitio español que se llama  El Cielo, con vistas panorámicas de la zona financiera de la city, desde el campo de golf de Dubai Creek. Allí nos tomamos unas cervezas Estrella Damm, disfrutando de como caía el sol e iban encendiéndose las luces de la ciudad. Para lo “cuquimoni” que era el lugar, no nos pareció nada caro. El sitio está genial, pero si alguna vez vais, recordad que los chicos deben ir con pantalón largo. A nosotros casi no nos dejan entrar por eso.

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Y como lo mejor se deja para el final, ya de noche fuimos a ver lo que más nos apetecía de todo, el Burj Khalifa, el edificio más alto del mundo. Está situado en la zona del Business downtown, formando por un complejo de edificios, entre los que se encuentra el centro comercial más grande del mundo, el Dubai Mall. Para subir al rascacielos hay que pagar una pasta, cosa que no hicimos. Nuestros amigos nos dijeron que las vistas eran muy parecidas a las que se veían desde la planta más alta de su edificio, así que no ahorramos el dinero de la entrada.  Pero de lo que sí disfrutamos fue del espectáculo de agua, luces y música que tiene lugar cada media hora en el estanque del complejo. Nos recordó mucho al que vimos en Singapur. Es alucinante ver este mastodonte de 828 metros de altura. Además, por la noche está iluminado con lucecitas que van cambiando. Nos pareció una maravilla a pesar de la cantidad de gente que había.

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El centro comercial que precede al edificio, es igual de alucinante que él. Tiene una pista enorme de patinaje sobre hielo, una cascada, y lo que más nos gustó a nosotros: un acuario gigante con tiburones, mantas rayas y coral auténtico. Nos quedamos embobados durante minutos viendo esta maravilla. Si tienes  tiempo y dinero, puedes entrar al tanque para nadar con los tiburones. Nosotros dejamos eso para los turistas, preferimos bucear en el mar de verdad.

Otra cosa que hicimos en este centro comercial fue comernos una sopa de almejas, muy bien de precio y riquísima, en uno de los restaurantes de la terraza que daba al Burf Khalifa. Súper recomendable.

Último día del viaje

El último día decidimos no hacer nada, sólo disfrutar con nuestros amigos en la piscina de su casa. Estuvimos tomando el sol un rato y luego nos dimos unos bañitos en la piscina que estaba al aire libre. Como enseguida hacía frío, preferimos meternos a remojo en el  jacuzzi interior. Allí el agua estaba increíble y las burbujas eran lo más. Creo que podemos acostumbrarnos a esta vida de lujo muy fácilmente.

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Para despedirnos del mar por algunos meses,  fuimos al Barasti Beach, un garito a pie de playa con tumbonas y sombrillas por las que no hay que pagar absolutamente nada. Además, no te piden ninguna consumición mínima y puedes estar todo el día allí tirado. Si te apetece puedes comer o beber lo que quieras, aunque los precios son algo caros para mochileros. Nosotros estuvimos haciendo fotos y nos intentamos meter al mar, pero el agua estaba helada. Eso sí, estuvimos tan a gusto al solecito, vuelta y vuelta.

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Esa misma noche teníamos que ir al aeropuerto para volver a Europa. Para despedirnos estuvimos por la zona de la Marina, fumando shisha de melón y comiendo algo ligero. Nos esperaban ocho horas de vuelo a Estocolmo donde haríamos escala para volver a Madrid.

La primera parte del viaje llegaba a su fin. Ahora, solo nos quedará esperar seis meses para poder comenzar la segunda. ¿Nos adaptaremos de nuevo a la vida de Madrid? Escuchemos algo de música para pasar el mal trago…

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