Chiang Rai

Planeamos nuestro segundo viaje a Tailandia en muy poco tiempo. De hecho, estuvimos barajando otros destinos, pero tras las experiencia vivida merecía la pena repetir país.  Esta vez el viaje sería algo más largo, unos 17 días repartidos entre norte, islas y Bangkok.  Al igual que la primera vez, decidimos pagar un poco más por el vuelo y coger uno que fuera directo, sin escalas, para aprovechar desde el primer día sin llegar muertos de cansancio.

Viaje de Bangkok a Chiang Rai

Llegamos a Chiang Rai desde Bangkok en un vuelo local bastante barato y desde el aeropuerto cogimos un taxi hasta el hotel que habíamos reservado.

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Tenemos que decir que para nosotros enlazar un vuelo interno desde Bangkok es la mejor opción. Se pierde mucho tiempo en entrar y salir de los 2 aeropuertos de Bangkok, da igual que sea en tren o taxi. Así que recomendamos dejar la capital para el final del viaje y hacer los dos vuelos seguidos para ganar tiempo. Como llegamos por la mañana muy temprano a Bangkok  y cogimos el primer vuelo a Chiang Rai, pudimos ver este maravilloso amanecer.

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A primera vista la ciudad nos decepcionó un poco, bastante ruidosa y sucia. Sólo encontrarmos esta exótica rotonda dorada en mitad del tráfico. Con el cansancio acumulado pensamos que la mejor opción era coger unas bicis y acabar de morir del todo. Un paseo por el campo en bici y un Buda gigante de fondo fueron suficientes para pasar la tarde y hacer hambre para la primera cena del norte de Tailandia.

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Al caer la noche descubrimos porque esta ciudad tiene tanta fama, el mercado nocturno es un auténtico show. Miles de mesas y sillas amarillas ocupadas abarrotan la plaza junto con puestos de comida de todo tipo. Nos decidimos por un Hot Pot, una olla donde se iban añadiendo vegetales y huevo al gusto del consumidor. La verdad es que estaba muy rico pero picaba tanto que se nos saltaban las lágrimas.

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Pero sin duda el show de la noche lo protagonizaron unos graciosos chicos que junto a una drag intentaron hacer una coreografía. El resultado se puede ver en la foto, risas aseguradas y una noche muy divertida para el cansancio que teníamos encima.

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Tras preguntar en varios sitios el día anterior nos decidimos a contratar una excursión en el hotel donde dormíamos.  Nos levantamos muy temprano y nos subimos a la furgo. En total éramos séis, más el guía, para pasar todo el día viendo los alrededores de la ciudad. En Tailandia en general lo de las excursiones está muy establecido y es difícil montártelo por tu cuenta. Si quieres ver algo tienes que acabar contratando una excursión, nada baratas a nuestro parecer.

El primer sitio fue el templo blanco, un templo aún en construcción con un arquitecto tan friki que Batman, Hellboy, Pinhead y Freddy Krueger cuelgan de un árbol en los jardines. Hay también un Predator que sale del suelo. Para mi, Víctor, es el templo más bonito y diferente de todos los vistos; la mezcla de blanco y espejo me dejó muy sorprendido. En realidad no es un sólo templo, sino un conjunto de edificios todos blancos que crean un paisaje que contrasta con el entorno urbano. El templo se encuentra a unos diez kilómetros a las afueras de la ciudad por lo que llegar por tu cuenta es un poco difícil pero no imposible. Con la excursión contratada ganas sobre todo tiempo.

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La segunda parada fue el templo negro, mucho menos espectacular aunque aún así merece la pena visitarlo. Se trata de un complejo con más de veinte templos todos construidos en madera negra. Antes de irnos pudimos captar esta graciosa instantánea. Podéis ver como la moda del palo selfie llega hasta las zonas más recónditas del planeta.

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La tercera parada fue Monkey Cave, un lugar curioso donde subiendo cientos de  escaleras llegas un templo budista dentro de una gruta. La parte baja esta llena de monos que intentan comerse cualquier cosa que ellos consideren.

La cuarta parada fue la frontera entre Tailandia y Birmania. Allí nos llevaron a un taller de jade (la turistada que hay que pagar)  y estuvimos en una transitada frontera entre Birmania y Tailandia. En la foto se puede ver como Irene comparte pose con un guarda tailandés con cara de pocos amigos.

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La última parada fue el Triángulo de Oro. Se llama así al vértice que crean los países de Birmania, Laos y Tailandia con el río Mekong como frontera natural. En la foto se pueden ver los tres países y como el río sirve de frontera. Como estábamos en época seca el río llevaba menos agua y la vegetación a pesar de ser selvática no estaba en su punto más exuberante.

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El último sitio a visitar era el museo del opio, al cual nos negamos a entrar por lo que el guía nos llevó a la rivera del río Mekong donde había unos elefantes y un Buda gigante. Con el último posado del día poníamos rumbo de vuelta al hotel para terminar nuestra estancia en Chiang Rai. Tenemos que decir que el gúia fue muy majo y educado a pesar de una personaja griega que venía con nosotros y que no dejó en ningun momento de hacerle preguntas sin esperar la respuesta.

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Al día siguiente temprano partiríamos para Chiang Mai, la que dicen es la capital artística de Tailandia.

 

 

 

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