Chiang Mai

Nuestra próxima parada del viaje sería Chiang Mai, la segunda ciudad más importante del país. Para llegar fuimos a la estación central de autobuses de Chiang Rai y cogimos el siguiente autobús hasta nuestro destino. Tuvimos mucha suerte. Nada más llegar a la estación, el autobús estaba preparado para salir y solo hizo falta comprar los billetes y esperar menos de 5 minutos para que arrancase. Viajamos con la empresa Green Bus y el trayecto fue muy agradable, hasta nos dieron de desayunar. Pasamos las tres siguientes horas viendo series en la tablet y leyendo cosas en las guías.

Nos dejaron en las afueras de la ciudad y tras muchas preguntas y regateos conseguimos que un tuk tuk nos dejara en la puerta del hotel que habíamos reservado el día anterior. Cuando llegamos nos pareció una buena elección, con su pequeña piscina en la entrada y un ambiente de gente joven muy mochilero. Una vez instalados cogimos la cámara y las gafas de sol y nos pusimos a recorrer la ciudad. Una de las primeras paradas fue para saciar el hambre acumulado y por primera vez pedimos el plato estrella de la región, Khao Soi. Estaba delicioso y nos preguntamos como se prepararía esta receta, así que nos propusimos contratar para esa misma tarde una de las actividades que más disfrutamos en la ciudad, unas clase magistral de cocina tailandesa.

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Después de preguntar en varios sitios, encontramos un pequeño guest house donde nos pusieron en contacto con diferentes escuelas de cocina hasta que conseguimos cuadrar horarios. Nos decantamos por la escuela Asia Scenic y fue todo un acierto. La verdad que fue muy fácil, vinieron a buscarnos a la puerta del hotel a la hora concertada y nos dejaron en la puerta de la escuela con los que serían nuestros próximos compañeros de clase. Tras una breve introducción  en el huerto que tenía la escuela sobre las plantas y vegetales que más se utilizan en la cocina tailandesa, nos sacaron de paseo por las calles de Chiang Mai para ir a conocer el mercado local y los diferentes alimentos que usaríamos para cocinar.

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En total éramos unas 10 personas y la profesora, una simpática tailandesa con perfecto acento inglés americano que hizo que las horas que pasamos allí fueran muy amenas. En general todos éramos gente joven de diferentes países europeos, desde Islandia a la vecina Francia pasando por Dinamarca. En el curso aprendimos a cocinar los 4 platos que cada uno eligió. Fue más fácil de lo que pensábamos y la verdad que siguiendo las indicaciones de la profesora Miau conseguimos unos sabores deliciosos. Aqui podéis ver al grupo al completo en mitad de los fogones.

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Irene se decantó por los platos más tradicionales como pad thai, Khao Soi… sin embargo yo, Víctor, fui a por elaboraciones más picantes como la sopa tom sab. En la foto de abajo podéis ver todos los ingredientes que se necesitan para hacer diferentes pastas de curry casero de tipo rojo, verde y panang. Allí nos enseñaron a hacerlo de forma tradicional, con el mortero de piedra y con mucha fuerza. Le puse tanta energía que un trozo de chile me saltó directo al ojo. El resultado fue un picor extremo que no cedía a pesar del suero fisiológico que me consiguió la profesora. Para la próxima vez usaré gafas de natación para evitar que se repita esta situación. Hemos de decir que de todos los curries que hicimos entre todos, el verde fue el que mejor salió, que por casualidad fue el que preparó nuestro grupo.

Cuando ya estaban todos los platos preparados nos sentamos en una larga mesa para degustar nuestras creaciones y compartir la experiencia con los otros compañeros. La master class terminó tarde y con la tripa bastante llena decidimos ir dando un paseo de vuelta al hotel para descansar.

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Por la mañana del  segundo día en Chiang Mai, decidimos ir a Tiger Kindom. Esto es un especie de parque de atracciones donde las atracciones son los tigres en cautividad. El recinto se encuentra a media hora de la ciudad, por lo que para llegar tuvimos que volver a negociar con los conductores locales. Al llegar te explican que el precio de la entrada va en función del tamaño de los tigres, cuanto más pequeños más dinero te costarán. Por razones personales yo no entré al show pero Irene decidió cumplir uno de sus sueños y entró a ver los tigres medianos como el que se puede ver en la foto. Ella entró en la jaula con más turistas y algunos trabajadores del parque y al oírla hablar español llamaron a un chico voluntario que se encontraba en las instalaciones. Gracias a este suceso pudimos conocer a una pareja de chicos españoles que llevaban 3 semanas de voluntariado en el centro. Ellos nos explicaron como cuidan a los tigres y los pormenores de la empresa.

Para nuestra sorpresa fue todo mucho más legal de lo que pensábamos y podemos decir que los tigres están muy bien cuidados y alimentados, ninguno está drogado ni malnutrido. Solo le ponemos dos pegas al negocio, el tamaño de algunas jaulas y el número creciente de tigres adultos de más de dos años que ya no sirven para el espectáculo por que no son de fiar. Con buenas sensaciones dejamos Tiger Kindom para cambiar de alojamiento a una zona más cercana a las montañas de la ciudad y más cerca del aeropuerto.

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El resto del día lo pasamos en la piscina del nuevo hotel y visitando de nuevo el centro de la ciudad, esta vez de noche para poder ver el magnifico ambiente que  hay en esta amurallada ciudad.

El tercer y último día lo empleamos en ver la joya de los templos de la ciudad, el Doi Suthep. Este santuario se encuentra a 18 km de la ciudad en las montañas a unos 1000 metros de altura. Para llegar hay que subir por una carretera donde hay puestos de comida, miradores y vehículos que se quedan tirados en los arcenes. Nosotros decidimos contratar un conductor para toda la mañana, que nos llevara al templo y luego nos esperara para ir al aeropuerto. Tras muchas negociaciones al final cerramos el precio. Casi a la mitad de lo que empezó pidiendo el conductor a quien podéis ver en la foto de abajo. En el ascenso al templo recogimos de camino unos chavales que se habían quedado tirados con su moto y que con nuestra ayuda consiguieron subirla al tuk tuk y viajar un rato con nosotros. Una vez en lo más alto le dijimos al conductor que nos guardara las mochilas y nos diera tiempo suficiente para poder disfrutar de esta maravilla de templo y sobretodo de la gente local que lo abarrotaba todo.

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Para llegar al templo hay que subir por unas escaleras interminables con forma de dragón que para muchos turistas suponen  un esfuerzo tan grande como un pequeño maratón. Al llegar arriba te descalzas y pagas una entrada muy barata para poder entrar.  En sí el templo es parecido a todos los vistos anteriormente con muchos dorados, verdes, rojos, brillos, campanas y miles de turistas. Pero el emplazamiento en lo alto de la montaña le da un toque especial y proporciona unas maravillosas vistas de la ciudad. En nuestro caso tuvimos algo de niebla por lo que en las fotos no se aprecia el paisaje del todo. En este templo nos sorprendió la cantidad de monjes mayores que había allí sentados charlando entre ellos. Al final  conseguimos que Irene se hiciera una foto con el mayor de todos, un gracioso monje que tomaba el fresco sentado en el pollete de un árbol.

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De todos los templos de la ciudad sin duda éste es el más especial, todos los edificios están rodeados de cientos de campanas de metal que los turistas tocan y producen un sonido muy agradable y místico. El estado de conservación es excelente y sin darte cuenta puedes emplear más de una hora observando la mezcla de arquitectura y las costumbres de los locales. Para nosotros fue una mañana muy agradable donde pudimos capturar todas estas preciosas instantáneas.

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Como teníamos a nuestro conductor esperando con las mochilas, a la hora pactada volvimos a bajar por las escaleras del dragón  donde nos encontramos con este grupo de niñas vestidas con trajes regionales. La verdad que no sabemos muy bien si estaban solas o sus padres las dejan allí para que las vean los turistas, pero desde luego allí estaban jugando y sonriendo para las cámaras de los curiosos.

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Como pasa en todas las regiones que hemos estado en Tailandia, alrededor de los templos se concentran todo tipo de negocios locales. Puestos de comida, de zumos naturales, de souvenirs, de ropa… La verdad que es increíble como toda esta gente monta y desmonta sus negocios cada día. El ambiente que se crea en estos mercados callejeros a nosotros nos gusta mucho ya que puedes ver las cosas más raras que te puedas imaginar. En este caso os mostramos a esta señora que por 20 bahts hacía unos mini huevos a la parrilla. Una parte del bocado era en sí el huevo con su yema, pero la otra parte la formaba una masa liquida que tenía en la tetera y  que no llegamos a descubrir de que estaba hecha.

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Una vez nos juntamos de nuevo con nuestro conductor, pusimos rumbo al aeropuerto de Chiang Mai donde tomamos un vuelo de vuelta a Bangkok. Esa misma noche cogimos un bus nocturno hasta la costa y luego un ferry al amanecer que nos dejaría en nuestro próximo destino, la bonita isla de Koh Tao.

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