Great Ocean Road

Tras las Blue Montains nos metimos una buena paliza de coche para situarnos a las puertas de la Great Ocean Road, que junto con Sydney, era lo que más nos apetecía ver de todo Australia. Nos hicimos del tirón 900 km y llegamos hasta Avalon, donde había una gasolinera estupenda con ducha, wifi gratis y un gran espacio para acampar y pasar la noche. Además, Víctor cocinó un guiso de pollo para chuparse los dedos. Si hicieran un master chef de campistas mochileros lo ganaba seguro. Está hecho un crack con el hornillo. Yo, Irene, que soy la jueza de todas sus creaciones, le puse un sobresaliente esta vez. Por el camino, ya fuimos viendo que el paisaje iba cambiando. Más árboles diferentes, no sólo eucaliptos, ovejas, vacas, y en vez de canguros aplastados, había wombats. Qué manía tienen los bichos en este país con cruzar la autopista!.

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Sydney

Poníamos rumbo a la gran ciudad, ¡Sydney!. Qué ganas teníamos de conocerla. Todo lo que nos habían hablado de allí, eran maravillas y estábamos deseando llegar. Pero desde Byron Bay nos tomamos dos días para hacerlo. Fuimos tranquilamente parando en los campings y duchas gratis que indicaba “Campermate”, bibliotecas y supermercados. En uno de los pueblos por los que pasamos, Morriset (como Alannis) nos zampamos un pollo asado por 8 dólares. En este país hay cosas baratísimas como la carne, y otras carísimas, como la Coca-Cola, que está a 3 dólares el litro. Nosotros nos enganchamos a la falsa del Woolworths, que costaba 69 céntimos.

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Gold Coast – Byron Bay


De Brisbane a Gold Coast, que está bastante cerca, no encontramos ningún camping gratis para dormir, así que ese día fuimos a uno low cost que costaba 8 dólares por persona (6 €). Es el único en el que hemos pagado en todo Australia, y en el que más gente inquietante nos hemos encontrado. Se llama Sharp Park y está dividido en dos partes, una llena de borrachos y raros, con pinta de vivir allí sin pagar ni un duro, y otra más normal donde van los viajeros. Nosotros, que somos así de osados, fuimos de cabeza a ponernos al lado de un señor con pinta de asesino en serie, que nos dijo que quitáramos el coche o la cadena de su perro nos lo rayaría entero. El menda tenía un solo diente en toda la boca. Obviamente salimos de allí pitando y llegamos a la otra parte donde nos sentimos mucho más seguros. Además, a la mañana siguiente, volvimos a levantarnos rodeados de canguritos.

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