Cataratas de Iguazú 

Dejamos nuestro apartamento de Buenos Aires y, gracias a Uber, llegamos en poco tiempo y por poco dinero al aeropuerto de Aeroparque, que se encuentra en el barrio de Palermo, en medio de la ciudad. Mola todo, porque ves despegar a los aviones al lado de la carretera llena de coches y de la gente paseando. Viajamos con Latam hasta Iguazú por unos 150 € por persona y nos dieron un pequeño piscolabis. Fue una hora y media de vuelo bastante inquietante con un montón de turbulencias y chinos por todas partes. Han conquistado el mundo. Eso es así.


Puerto Iguazú

Para visitar las cataratas, tanto del lado argentino como del brasileño, lo mejor que puedes hacer es quedarte en un hotel o, en nuestro caso, apartamento en el pueblo de Puerto Iguazú, que es bastante feo, y de allí, ir en autobús o en taxi privado al parque natural. Como éramos cuatro, nos salía mucho mejor de precio ir en taxi privado, y además, no tendríamos que estar pendientes de ninguna hora ni de ningún bus. El tour te sale a unos 150 pesos por día y persona (entrada aparte), y el taxi a los cuatro, a nuestra disposición, nos salía por 1300 pesos los tres días. Incluyendo la parte brasileña y el traslado del último día al aeropuerto.

Lo mismo pasaba para ir del aeropuerto al pueblo de Puerto Iguazú, el bus salía a 120 pesos por persona y un taxi a 350 pagando con tarjeta o 300 en efectivo. Como el señor taxista que nos tocó, Héctor, nos cayó bastante bien, decidimos negociar con él el trayecto hasta las cataratas para los siguientes dos días, tanto para el lado argentino como el brasileño. Al principio teníamos dudas de si visitar ambos lados o quedarnos solo en el argentino, pero después de haber hecho los dos, creemos que en necesario tener la perspectiva de ambos países. Después entraremos en más detalles.

Ese día lo pasamos entre nuestro apartamento del hotel Mburucuya, que era relativamente barato (15 € persona/día), pero tenía un sofá rosa en el salón, en el que nos daba asco hasta dejar las mochilas; y el centro del pueblo donde nos comimos una pizza riquísima en “La Misionerita”. Tened en cuenta que no dejan pagar con tarjeta en casi ningún sitio así que hay que ir sumando a los gastos las comisiones del cajero cada vez que sacas dinero (96 pesos cada 2400 que es lo máximo que puedes sacar). Una ruina, vamos.

Por la noche, encontramos un par de sitios en la plaza de San Martín, que tenían un toque cutre-asiático de ese que tanto nos gusta, donde probamos unas empanadas estupendas. Aunque la zona más famosa es la “Plaza de las 7 esquinas”, donde están los restaurantes más cuquis, y como no, todos los turistas. Nosotros teníamos que tirar de comida callejera, porque nos estábamos gastando más dinero en este país que en cualquier otro del mundo. Incluyendo Australia y Nueva Zelanda. Jamás nos hubiéramos imaginado que Argentina iba a ser el destino más caro de nuestra vuelta al mundo. Bueno, aunque hay que decir que estábamos un poco fuera de control consumiendo litros de cerveza, pero cuando hay visitas hay que aprovechar. Siempre que vienen a vernos pasa lo mismo. Somos débiles pero festivos, qué le vamos a hacer.

Día 1: Cataratas Iguazú lado argentino

Madrugamos para salir a las 9 de la mañana hacia el Parque Nacional Iguazú, que en guaraní significa “agua grande”. Eran 20 minutos de trayecto hasta llegar allí y llevábamos con nosotros unos bocatas de jamón y queso para pasar el día. Bocatas a precio gourmet, porque si, en España te gastas 10 € en pan y fiambre, aquí te dejas 30 €. Ya nos estábamos empezando a acostumbrar a los precios. Pobre gente local, porque para ellos es lo mismo.

Una vez en el parque, tienes que pensar en una estrategia para visitarlo, que es básicamente huir de las hordas de zombies e ir a contracorriente. Hay tres senderos para visitar, el inferior, el superior, y el de la Garganta del Diablo, que es la caída de agua más famosa y el hit del parque. Lo suyo es no empezar por ese, porque los tours organizados van directos allí nada más llegar, y también porque mola más dejar lo más gordo para el final. Hay otro sendero, el Macuco, donde no va casi nadie, con un pequeño salto de agua donde te puedes bañar. Bueno, en realidad no puedes bañarte en el parque, pero en ese todo el mundo se mete. Nosotros pillamos este sendero cerrado y no fuimos, pero hemos conocido gente en el viaje que lo ha recorrido incluso cuando estaba cerrado al público. Decidimos empezar por el sendero superior y ya en el primer mirador estábamos flipando en colores.

Queríamos hacer un millón de fotos y en realidad no habíamos visto nada aún. Pero es que no te puedes imaginar la inmensidad del lugar, hasta que no estás allí. Son un total de 275 saltos de agua y el 80% de ellos están en este lado, el argentino. Es de los paisajes más alucinantes y sobrecogedores que hemos visto en nuestra vida. Te sientes pequeño y te cuesta entender cómo puede haber algo así que se haya formado de manera natural. Esa cantidad de agua cayendo a esa velocidad por todas partes. No es fácil explicar con palabras cómo es. Muchísimo más grande de lo que te imaginas.

Seguimos haciendo mil fotos y flipando en cada mirador del sendero superior. Hay alguno en el que te sientes incluso dentro de la catarata. Cuando lo terminamos, fuimos a comer algo a la zona de mesitas donde te subes al tren que te lleva hasta la Garganta del Diablo. Cuidado allí con los coatíes, unos bichos mitad mapache mitad oso hormiguero, que son expertos en robar patatas fritas. Muerden y arañan. En el parque hay fotos por todas partes de heridas ocasionadas por estos bichos para que no se te ocurra darles de comer. A nosotros no se nos ocurrió, al precio que está la comida aquí no íbamos encima a dársela a ellos.

Después de comer vimos que el trenecito estaba casi vacío y decidimos que era nuestra oportunidad para ver la Garganta del Diablo con poca gente. Por el camino vimos más animales: tortugas, peces gato, miles de mariposas, lagartos enormes y pájaros tropicales de mil colores, que también intentan robarte las patatas fritas. Que manía con robar.

Justo antes de llegar al hit, decidimos cerrar todos los ojos e ir caminando a ciegas hasta el final de la barandilla, donde abriríamos los ojos los cuatro a la vez para admirar aquella maravilla de la naturaleza. Sorprendentemente llegamos sin dejarnos los dientes en el suelo y cuando lo vimos, casi nos ponemos a llorar. Es que no os podemos describir lo que es, tenéis que verlo. Y las fotos no le hacen justicia. Hay que sentirlo. Los ojos casi no te alcanzan a verlo, el sonido del agua es ensordecedor, y te mojas enterito. Este salto de agua tiene en total 80 m de alto. Una puta pasada.

Nos quedaba solo hacer el sendero inferior. Parece poco, pero al final te tiras todo el día entre unos miradores y otros. Seguía siendo todo precioso y alucinante. Decidimos entonces hacer una actividad aparte, que aunque costaba 450 pesos por cabeza, tenía pinta de ser muy divertida. Consistía en meterte en un pequeño barquito con un chaleco salvavidas que se acercaba todo lo que podía a la caída de la catarata. Era como la atracción de los fiordos del parque de atracciones de Madrid, pero bien. Te pones fino y es de lo más divertido que hemos hecho en el viaje. Nos meamos de la risa, súper recomendable.
En general fue un día maravilloso que disfrutamos a tope, y mucho más al vivirlo con dos de nuestros mejores amigos.

Ya de vuelta, en Puerto Iguazú cenamos en un maxiquiosco que teníamos enfrente de casa. Era una tienda cutre con una mesa de plástico en la puerta en la que nos asentamos como si estuviéramos en la terraza de la casa del pueblo. A la fresca. Allí probamos unas milanesas y una tortilla de patata que no estaba nada mal. Justo al acabar la cena, comenzó a soplar un viento huracanado y a diluviar como si no fuera a haber un mañana. La mesa y las sillas salieron por los aires, se fue la luz y acabamos todos metidos en el maxiquiosco con las luces de los móviles y los dueños del chiringuito acojonados, por miedo a que el techo saliera por los aires, porque ya había pasado. A nosotros nos pareció surrealista todo, pero por lo visto era algo normal allí. Eso sí, dormimos como bebés.

Día 2: Cataratas Iguazú lado brasileño

Dudamos en volver al lado argentino el segundo día, porque la entrada te sale a mitad de precio si repites, pero decidimos ir al lado brasileño, aunque tuviéramos que pagar la entrada entera de nuevo. Acertamos. Una vez que has vivido bien las cataratas desde Argentina tienes que ir a Brasil para contemplar una imagen panorámica de lo que viviste el día anterior. Las vistas desde este lado son increíblemente espectaculares. Las cataratas fueron descubiertas en 1542 por el español Álvar Núñez Cabeza de Vaca. Nos encantaría conocer a alguien con ese apellido.

No os preocupéis por no tener dinero brasileño porque la entrada aquí se paga con tarjeta. No como en Argentina que todo hay que pagarlo en efectivo o si no te cobran comisión. Qué ladrones son en este aspecto. Pero si quieres ver sus maravillas naturales hay que pasar por el aro.

Ya en Brasil, después de pasar el puesto de inmigración como si fuéramos “The Flash”, ya que nuestro conductor Héctor era un crack adelantando a los autobuses llenos de turistas, llegamos al parque natural. Allí vas en bus desde la entrada hasta el final, donde estás prácticamente dentro de la Garganta del Diablo, que ya habíamos visto desde el otro lado el día anterior. Casi nos impresionó más este día. Los brasileños han construido un edificio con miradores en diferentes alturas, y hay una pasarela en la que te metes literalmente dentro de la catarata. Seguíamos flipando, y cuanto más veíamos, más nos gustaba. El caudal promedio de las cataratas de Iguazú es de 1500 m cúbicos por segundo. Es decir, 1.500.000 litros. Casi nada.

En el lado brasileño, que te lo haces en menos horas que el argentino, también observamos muchos animalitos tipo tucanes, buitres y otras especies de pájaros tropicales. Nuestro amigo Corde tiene un experto ojete avizor localizando bichos. Por lo visto, allí también hay un parque lleno de pájaros, pero nosotros no fuimos porque como siempre, Víctor se niega a verlos si no es en libertad. Yo, Irene, quería ver a los papagayos azules de la película “Río”, pero ya recorreremos en algún momento Brasil entero y tendré la oportunidad de verlos libres. Bastante tuvimos ya ese día con ver esta maravilla.

Para terminar nuestra visita, fuimos en el mismo pueblo de Puerto Iguazú a ver el mirador de los tres países, donde ves parte de Paraguay, Brasil y por supuesto Argentina. No es gran cosa pero tiene su gracia ver los tres estados separados por el río. Nos recordó a la frontera del Triángulo de Oro entre Tailandia, Laos y Myanmar, que vimos cerca de Chiang Rai.

De verdad que las Cataratas de Iguazú han sido uno de los paisajes más alucinantes de toda la vuelta al mundo. Si algún día confeccionamos un Top 5 de paisajes, seguro que está entre los tres primeros.

Os dejamos con un temazo feliz que refleja nuestro estado de ánimo en ese momento. Somos fans.

Aquí tienen la web amiga de Rafa. En este caso, Argentina, http://micamara.es/argentina/, sus viajes, con sus fotos y vídeos que ha realizado.

3 thoughts on “Cataratas de Iguazú 

  1. Maru

    Que lindo resumen! sin dudas las cataratas son uno de los mejores lugares para visitar en Argentina, que tal su hospedaje?, yo siempre voy al hotel saint george http://www.hotelsaintgeorge.com/ , se los recomiendo para una próxima vista, una de las mejores cosas que tiene es el restaurant, doña maría, bastante famoso por esos lados. Coincido con ustedes en que no hay nada mejor que visitar las cataratas de ambos lados, brasilero y Argentino. Saludos y me encanto el blog

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