Cameron Highlands

Estábamos un poco pasotas con Malasia. Tampoco nos estaba emocionando mucho, suponemos que es porque habíamos puesto demasiadas expectativas, y porque en esta época no podíamos ir ni a Sipadan ni a las islas del este, que se supone que es lo mejor del país. Pero con Cameron Highlands nos llevamos una grata sorpresa. Este destino, en las montañas, es para ver campos de té; y aunque nosotros ya los habíamos visto en Sri Lanka, disfrutamos mucho el día y medio que estuvimos allí.

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Un poco de info de la zona

Cameron Highlands está situado dentro del distrito malayo de Pahang, y ocupa una extensión similar a la de Singapur. La región fue descubierta por el explorador británico Sir William Cameron en 1885, cuando le destinaron a cartografiar esta superficie del país.

Todos los pueblos de la región se encuentran entre 1.100 y 1.600 m sobre el nivel del mar. La verdad es que con el calorazo que hace en Malasia, da mucho gusto venir hasta aquí y dejar de sudar como pollos. La temperatura media es de 18 grados, y nunca bajan de los 10 grados de noche. Esta zona, además de ser muy turística, es muy apreciada en Malasia por su gran valor ecológico. Tiene muchas especies autóctonas, tanto de animales como de plantas. Además, para los amantes de las caminatas por las montañas, hay más de diez rutas de trekking debidamente señalizadas y numeradas, que se pueden hacer por libre.

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Llegada a Brinchang

En cuanto a los visitantes, hay dos pueblos donde te puedes quedar a dormir: Brinchang o Tanah Rata. Aunque este segundo es más grande, y es el que elige casi todo el mundo, nosotros decidimos quedarnos en el primero. Nos pillaba más cerca de lo que queríamos hacer, y encontramos allí un pequeño hotel, bastante mono, en el que estuvimos genial.

Para llegar, cogimos un autobús desde Penang. El billete lo compramos por internet mediante la aplicación easybook, y una vez en la estación, lo canjeamos por uno de papel. Una de las cosas buenas que tiene Malasia es que tú viajas en los mismos autobuses en los que van ellos. No hay unos especiales para turistas como pasa en Tailandia o Vietnam, en los que te sientes como un borrego. Al final cada país tiene sus pros y sus contras. Una vez llegamos a Brinchang, 4 km antes de Tanah Rata, el destino final, fuimos al Snooze Hotel para hacer el check in. Este hotel, decorado todo de Ikea, tiene dispensador de agua fría y caliente gratuita, y dispone de salas comunes en todas las plantas. Pagamos 14 € por cada noche y estuvimos muy a gusto.

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A la hora de cenar, la cosa se complicó un poco. Nos costaba encontrar sitios que nos gustasen y estábamos tirando mucho de Kentucky Fried Chiken. Y eso se tenía que acabar, porque no podíamos comer tanta fritanga seguida. Acabamos en un restaurante chino, como no, y no demasiado satisfechos. Menos mal que dormimos bien, en unas sábanas de Ikea, igualitas a la que teníamos en nuestra casa en Madrid.

Ruta por libre

Madrugamos al día siguiente para hacer un trekking por la zona. Obviamente lo tienen todo pensando, y te ofrecen varias excursiones con guía y almuerzo incluido, donde te llevan a visitar los campos de té, la granja de mariposas, los invernaderos de fresas, te suben a la montaña, y te hacen una ruta por la jungla. Hay un montón de opciones para elegir. Nosotros decidimos hacerlo al modo mochilero, por nuestra cuenta. Y como andando es imposible que te de tiempo a todo, comenzamos el día haciendo autostop. Era la primera vez que lo hacíamos en el viaje, pero habíamos leído que por aquí era bastante común y sencillo.

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Granja de mariposas

El primer coche que nos paró fue de unos locales. Se dedicaban a la reflexología podal y fueron muy majos con nosotros. Recorrimos con ellos 4 km hacia el norte, y nos dejaron al lado de la granja de mariposas. Como no habíamos entrado en la que hay en Kuala Lumpur, porque nos parecía muy cara, entramos en esta por 5 ringits (1 €) cada uno. Estaba bastante bien. Era grande y había muchas especies de mariposas, todas enormes. También había serpientes, lagartos, insectos y tortugas. Todos muy grandes.  Además, pudimos ver un montón de flores diferentes. La verdad es que era un paseo agradable, aunque no podías evitar ver alguna mariposa muerta. Pero al fin de al cabo, viven una media de dos o tres semanas, según la especie. Por esta zona también había un montón de invernaderos de fresas que se podían visitar.

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Sungai Palace Boh Tea Estate

Seguimos nuestro camino hacia las plantaciones de té. Queríamos llegar hasta las llamadas Sungai Palace Boh Tea Estate, según nuestro mapa, que se encontraban subiendo hacia las montañas. Es decir, desde donde estábamos eran más o menos 3 km, cuesta arriba. No nos quedaba otra que ponernos de nuevo con el dedo pulgar hacia arriba, a ver si nos llevaba alguien.

El segundo coche que nos recogió era de una pareja de rusos, muy simpáticos, y con pinta de estar forradísimos. Él era un cuarentón de buena planta y ella una modelo de 25. Nos contaron que vivían en Bali pero no les gustaba porque decían que estaba muy sucio. Nos dejaron en medio de las plantaciones de té, donde estaba todo el mundo haciendo fotos, pero sin moverse mucho del lugar típico para hacerlas. Nosotros nos metimos por el medio de ellas, haciendo un trekking inventado de unos 3 km hacia arriba de la montaña, que incluyó escalar alguna que otra parte donde solo había té y miles de telarañas. Estuvo genial. Nos impresionaron los campos de té, kilométricos, y sobre todo lo que molaba mucho era que estaban mezclados con paisaje de selva.

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Subida al monte Gunung Brinchang

Salimos de nuevo a la carretera y fijamos una nueva meta: subir hasta lo más alto de la zona, la cima del monte Gunung Brinchang. Se trata de uno de los picos más altos de Malasia insular, con 2.032 m. Anduvimos unos 4 km, y cuando ya estábamos a punto de echar el hígado por la boca, nos recogió otro coche para hacer el último kilómetro. Estos eran unos turistas locales que no hablaban ni papa de inglés, algo de lo que no nos percatamos hasta después de darles una buena chapa.

Llegamos a lo alto, que nos pareció un poco truño después del camino tan guay hasta llegar allí. Bajamos por la ruta número 1, de selva profunda, que fue lo más heavy que hicimos en todo el día. De hecho, toda la gente que nos habíamos encontrado, con guía, lo había hecho al revés, subían por la jungla y bajaban por la parte de las plantaciones. Y era porque esa ruta, completamente empinada, estaba hasta arriba de fango, y era más fácil subir que bajar. Pero a nosotros nos van los retos, y nos la hicimos. A cámara lenta, eso sí, de lo que escurría, y durante unas dos horas, poniéndonos finos de barro.

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Llegamos caminando al pueblo, que nos temblaban las piernas de frenar tanto en la bajada, después de una excursión totalmente improvisada, que nos había encantado.

Para cenar decidimos ir a un restaurante malayo. En este país tienes tres opciones: ir a los indios, que son nuestros favoritos, pero en este pueblo no había; ir a los chinos, que no nos convencen mucho; o ir a los malayos locales, en los que no entendemos la carta y en los que hasta ahora no habíamos acertado con los platos. Elegimos la tercera, y nos envalentonamos para pedir una bebida al azar. De repente, el camarero apareció con un vaso de agua, y lo que parecían tres bolas de caca flotando. Cuando lo vimos nos entró la risa floja, que se les pegó a los locales, y aún así, lo probamos. En realidad eran bolas de algún fruto seco con un subidón de azúcar, pero estaba asqueroso y caliente. La comida fue lo de menos.

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Al día siguiente cogimos un bus hasta Kuala Lumpur, donde pasamos un día en un hotelazo con piscina infinita, (capricho fuera del presupuesto mochilero, por supuesto), y de ahí cogimos otro bus a Melaca, la última ciudad que visitaríamos en esta primera incursión en Malasia.

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