Siem Riep

Llegamos al diminuto aeropuerto de Siem Riep en Camboya, en un vuelo low cost de menos de una hora desde Bangkok. Nos bajaron en la misma pista de aterrizaje y fuimos entrando al edificio principal para hacer el visado. Teníamos las fotos preparadas y sacamos los 40 dólares necesarios en el cajero que había nada más llegar. Tras una larga cola nos dieron nuestro visado y salimos de allí.

Llegada al hotel

Habíamos reservado un buen hotel por lo que un conductor uniformado nos estaba esperando en la puerta de llegadas. Ahí empezaron los problemas. Nos dimos cuenta que el billete de vuelta estaba mal. Lo habíamos cogido para esa misma tarde en vez de para el día siguiente. Intentamos contactar con los empleados de Air Asia en el aeropuerto pero los camboyanos no son buenos a la hora de resolver problemas. Como el conductor no nos ayudó a solucionar nada, nos fuimos para el hotel cansados y de bastante mal humor. En realidad solo queríamos que nos llevase a alguna oficina o stand de Air Asia pero no fue capaz.

De camino ya empezamos a ver que Camboya no es como Tailandia, no están igual de desarrollados y la pobreza es mucho mayor. Sin embargo el hotel era de lujo extremo. Villas de madera alrededor de una piscina gigante con puentes que cruzaban de un lado a otro, tirado de precio.

Una vez hecho el check in nos llevaron en carrito hasta nuestra villa, pero no entendíamos muy bien por qué había tres personas detrás de nosotros continuamente. La sensación era que había más trabajadores que trabajo por hacer. Los empleados eran extremadamente serviciales y nos hacían sentir en ciertos momentos un poco incómodos con su presencia y encima no entendían ni una sola palabra de inglés.

Antes de ir a disfrutar de la piscina intentamos de nuevo y por todos los medios cambiar el billete de avión pero nadie nos dio ninguna solución, por lo que tuvimos que comprar otros dos billetes para el día siguiente. El error fue nuestro así que no podemos echar la culpa a terceros pero en ningún caso nos ayudaron a contactar con la compañía ni por teléfono ni por email. Con unos cuantos euros menos decidimos olvidar el incidente y pegarnos un buen baño para refrescarnos del calor sofocante que hacía.

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Templos de Angkor

Ya por la tarde y tras mucho pensar, decidimos alquilar unas bicis durante un día entero para poder ver los templos de Angkor al día siguiente a nuestro aire sin tener un conductor pegado a nosotros todo el día. Ahí tuvimos otra vez problemas con el personal del hotel, que necesitó cerca de cuatro llamadas de teléfono y dos horas para conseguirnos unas bicis.

Tras la espera, ya con nuestras bicis y con muchas ganas de conocer la ciudad, nos fuimos al centro a probar la comida camboyana. Encontramos por suerte un restaurante bastante bonito donde pedimos varios platos que estaban riquísimos y encima eran baratos. La ciudad era bastante sucia y la pobreza se podía ver por todos lados, eso sí, había hotelazos cada pocos metros ya que esta ciudad es la parte más turística del país.

Por la noche al llegar al hotel tenían una orquesta en mitad de la piscina con música muy rara, así que metimos un poco los pies en remojo y observamos las costumbres locales. La verdad es que muy animados no estaban pero nos echamos unas buenas risas.

Al día siguiente nos levantamos temprano, cogimos nuestras bicis y a la carretera. Para llegar a la entrada  de Angkor teníamos un largo camino por carreteras locales y luego por medio de la selva. Cuando llegamos a una de las entradas el guarda nos dijo que necesitábamos ir a la entrada principal para pagar y hacernos una foto. Por suerte conocimos a una chica italiana que iba con un inglés y juntos pedaleamos hasta la entrada principal.  Hay que tener mucho cuidado porque todo el mundo intenta sacarte dinero y al pasarnos la entrada principal ya había un listillo diciendo que nos cobraba por llevarnos en moto hasta ella.

Pagamos los 20 dólares y nos hicieron la foto con una web cam. Ahora sí que estábamos en mitad de la selva así que nos montamos de nuevo en la bicis para poner rumbo al templo principal, Angkor Wat.

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A pesar de las fotos no te puedes hacer a la idea de lo grande que es el templo hasta que lo ves en persona. Para llegar hay que atravesar un puente plagado de turistas pero merece mucho la pena. El estado de conservación en muy bueno y prácticamente se puede subir y bajar por todas partes sin que nadie te diga nada. Creo que el gobierno del país debería poner más normas para conservar esta maravilla por muchos más años.  En la foto se puede ver la parte de atrás del templo, bastante más tranquila que la parte frontal.

Otro de los templos más conocidos es el de la película de Tom Raider, el “Ta Prohm”. Este templo está totalmente sepultado por las raíces de los árboles de la selva, para nosotros uno de los más bonitos. Además, dentro hay escondidos altares con velas, inciensos y budas que añaden aún más un toque de misticismo.

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A pesar del calor extremo, nosotros seguíamos con nuestras bicis por la selva y nos íbamos parando donde nos daba la gana y el tiempo que quisiéramos. Sin embargo los turistas que iban en coche o tuk tuk tenían que seguir los tiempos marcados por los conductores. Las bicis fueron la elección más barata y más práctica en nuestra opinión, sólo tienes que ser algo deportista y estar preparado para sudar mucho.

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Con tanto ejercicio empezamos a notar hambre y sobretodo sed, así que le preguntamos a uno de los pocos trabajadores del recinto donde podíamos comer algo. El chico muy amable nos indicó donde estaban los puestos de comida y nos dijo que su familia tenía uno de ellos.

Siguiendo su consejo llegamos a la zona de restaurantes y una avalancha de mujeres y niños se nos acercaron para que fuéramos a comer a sus puestos. La situación era bastante incómoda para nosotros que además sólo llevábamos diez dólares encima. Tras unos minutos de caos absoluto buscando el número del puesto que nos habían recomendado, conseguimos reconocer a la hermana del guía. La verdad que nos trataron como comensales especiales y nos hicieron un considerable descuento en la cuenta final.

Algo más descansados seguimos con nuestra ruta en bici sin prisa pero sin pausa. A pesar de llevar un mapa fuimos disfrutando del entorno y descubriendo pequeños templos en ruinas, puentes maravillosos como el de la foto y muchos monos por el camino.

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Por la tarde decidimos poner fin a la aventura y volver con calma al hotel, ya que esa misma noche teníamos que coger el vuelo de vuelta a Bangkok. El camino de regreso se hizo un poco más pesado, Irene incluso sufrió una alergia en la piel por el calor. Después de estar más de 8 horas con la bici conseguimos dejarlas en la recepción del hotel y pegarnos una ducha en la piscina del recinto.

Para nuestra sorpresa los empleados nos dijeron que no teníamos incluida la vuelta al aeropuerto desde el hotel, así que con nuestros últimos 5 euros y las mochilas a cuestas conseguimos que un amable conductor de tuk tuk nos dejara en la zona de salidas del aeropuerto. Él estaba contento con su billete europeo y nosotros  tan cansados que cualquier cosa nos parecía bien.

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Como resumen podemos decir que Camboya nos dio una de cal y otra de arena, es decir, la experiencia mereció mucho la pena porque ver el monumento religioso más grande del mundo en mitad de la selva es de visita obligatoria; pero la pobreza del país y la poca amabilidad de los locales le restan buen rollo a los recuerdos.

Por otro lado tenemos que reconocer que también nos encontramos con gente super amable que nos ayudó dentro de sus posibilidades aunque no siempre se consiguiera el objetivo.

Adiós Camboya, siempre quedará en nuestra memoria ese paseo en bici por los templos de Angkor.

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