Bali parte II

Habíamos llegado a Ubud, al hotel de ensueño que habíamos reservado para dos días, saltándonos un poco el presupuesto. Aunque tampoco a lo bestia. Y como lo prometido es deuda, yo, Víctor, os cuento la que lié en la entrada del alojamiento. Resulta que por Booking había reservado parking, y cuando vi la señal de Tini Villas, me metí “to tieso” como un toro, sin mirar, por un camino diminuto pegado a una acequia. Obviamente eso no llegaba a ningún sitio, solo podían pasar motos, y el coche se quedó atravesado taponando la entrada de una calle por la que venía un millón de locales con sus motos. En dos segundos aquello se llenó de chavales que pitaban y cantaban sin parar mientras yo, histérico, era incapaz de ir marcha atrás en la curva sin tirar el coche al agua. Se me empañaban hasta las gafotas del estrés. Al final un taxista local fue el que nos sacó del embrollo, aunque le costó lo suyo maniobrar. Fue un momento horrible pero todo quedó en una anécdota sin importancia cuando vimos el paisaje de arrozales donde se encontraba situado el hotel. ¡Qué maravilla!.

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Ubud

Lo mejor, según nuestra experiencia, es quedarse a las afueras y luego recorrer en coche o moto todos los templos y las terrazas de arroz. El centro es un agobio de tráfico y peatones, por lo que recomendamos pasar por allí solo lo imprescindible. Además, para nuestro gusto, es mucho mejor perderse en los templitos que están a las afueras, sin turistas, que en los famosos que están hasta arriba de gente. Desde nuestro hotel hasta el centro de Ubud, pasamos por uno, que no salía ni el nombre en el mapa, y que nos encantó. Pudimos estar allí todo el tiempo que quisimos sin que ninguna china con vestido de flores y sombrero de paja se colara en nuestras fotos.

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Después bajamos hasta el centro para visitar el Palacio Real y el famoso templo Saraswati, pero ninguno de los dos nos gustó tanto como nuestro templito particular. De hecho, nos encantaba meternos en los templos privados de las casitas, donde veíamos a las señoras hacer sus ofrendas y sus rezos. Aquí casi todas las casas, o al menos los que se lo pueden permitir, tienen su templo familiar, y en casi todos ellos, vimos a nuestro dios hindú favorito: Ganesh. Por mucho turismo, tráfico, tiendas y restaurantes que haya, Ubud tiene un rollo espiritual muy guay que transmite mucha paz. Sobre todo cuando ves a las mujeres rezando, ajenas a todo el jaleo que arman los guiris y las motos.

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Tras eso, fuimos a visitar el templo de los monos. Ya os he contando varias veces lo mal que me llevo yo con esos bichos, que siempre me enseñan los dientes y me intentan atacar, pero a Irene le encantan, y había que ir. Cuesta 40.000 rupias por persona, y la verdad es que es muy bonito, porque es una auténtica selva en medio de la ciudad. Este santuario hinduista se creó según el concepto “Tri Hita Karana” que significa tres formas de alcanzar la felicidad, es decir, a través de una buena relación entre seres humanos, el medio ambiente y el dios supremo. Y lo de los monos pues sí, tiene su gracia que estén por allí rondando, pero yo cuando veía a la gente que se colocaba un plátano en la cabeza para que el animal le trepara por el cuerpo para cogerlo, me ponía malo. ¡Qué necesidad hay de que un bicho lleno de garrapatas se restriegue por tu cuerpo solo para sacar la foto de rigor!. Encima, lo único que les importa a los monetes es la comida, y no son cariñosos ni nada.

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Para comer, fuimos a un sitio de comida local que nos habían recomendado, el Dewa Warung, donde comimos el mejor curry de pollo de toda Indonesia. Qué rico madre mía. También probamos el Gado-Gado, un plato vegetariano tradicional de Bali que hacen con salsa de cacahuete y está para chuparse los dedos. Para los que le gusten los vegetales, claro, porque Irene me miraba con cara de “¿te crees que soy un oso panda o qué?

Ese mismo día también visitamos la Elephant Cave, de pago por supuesto, que nos pareció un poco truñete como templo. Lo único interesante que hicimos allí, fue sentarnos con unas señoras a hacer flores diminutas con pasta de arroz, que estaban preparando para una ceremonia.

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El día terminó con la visita al famoso Templo Mengening Tampak Siring que tiene varios estanques con fuentes, donde los balineses se bañan y rezan en aguas de manantial para purificarse. Nos explicaron el proceso. Había que ir en orden, haciendo un rezo en cada chorrito, de izquierda a derecha. El agua estaba congelada y había carpas gigantes con pinta de tener hambre, así que Irene dijo que ahí se metía Rita. Yo en cambio hice todo el protocolo para ganar karma a tope. Nota importante. En todos estos templos hay que entrar con el sharon puesto (la típica falda larga del sudeste asiático), tanto hombres como mujeres, así que no está de más salir de casa con pareos.

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En Ubud, también es típico perderse entre los campos de arroz. Nosotros lo hicimos en los alrededores de nuestro hotel, pero en el norte hay unas terrazas muy famosas, las Tegalagang, donde obviamente había millones de personas posando. Son muy bonitas, y merece la pena verlas aunque tengas que pegarte con los chinos por la primera fila.

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Jatiluwih

Después de dos noches maravillosas en Ubud, pusimos, de nuevo, rumbo al norte para ver el famoso Templo Pura Ulun Datu Beratan, construido en medio de un lago. La entrada son 50.000 rupias por persona, y a ver, es bonito sí, pero tampoco es para tanto. Encima este sí que está abarrotado de turistas. Además tuvimos la mala suerte de que nos diluvio, y más que el templo y el lago, lo único que podíamos ver, era una manta enorme de paraguas de colores. Pero bueno, siempre acabas encontrando la manera de hacer una foto bonita sin gente que la estropee.

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Calados hasta arriba, cogimos el “Jimmy” y fuimos hasta el pueblo de Jatiluwih, donde encontramos terrazas de arroz mil veces más bonitas que las que habíamos visto en Ubud. Encima es que son verdes fosforitas. En Bali llueve mucho, prácticamente todos los días, y los locales nos contaron que mientras en otras partes de Indonesia la recogida de arroz se hace dos veces al año, aquí se hace tres. La tierra es fértil y la lluvia ayuda mucho.

En Jatiluwih, hay que pagar entrada al entrar al pueblo, y en cada aparcamiento también, pero luego te puedes perder por allí el tiempo que quieras. Si hay que elegir una terrazas de arroz en todo Bali, nos quedamos con estas. Nosotros estuvimos una hora solos a nuestra bola sin cruzarnos con otros turistas, qué gusto!.

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Changgu

Y de nuevo pusimos rumbo al sur, hacia la costa. El destino elegido fue Changgu, una de las zonas más famosas entre los surferos. El sitio tiene un rollazo increíble, y si sabes hacer surf debe ser un paraíso. Yo, Víctor, alquilé una tabla en el chiringuito de Old’s man para dos horas por poco más de 2 €. Lo único que hice fue acabar con los brazos reventados y con heridas por las piernas; menudas olas había. Antes de la hora, estaba devolviendo la tabla con un palizón encima que me temblaban las pestañas. En Changgu dormimos en el Bougainville, que por 200.000 rupias estaba genial. Bueno en realidad cuesta un poco más, pero nosotros le conseguimos bajar un poco el precio por llegar de noche, y por cansinos.

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En el Sur también fuimos al templo Tanah Lot, que en sí mismo el templo no tiene mucho, pero está situado en una acantilado de roca volcánica que es brutal. No obstante, esto sí que nos pareció una tomadura de pelo. Pagamos 125.000 rupias por entrar para que al final te pidan más dinero por ponerte una flor en la cabeza y arroz en la frente, y que encima no te dejen llegar hasta lo alto del templo por no llevar la ropa tradicional balinesa. Esta parte ya empezaba a ser el Bali que no nos gustaba, pero siempre nos quedaría Amed, Batur, Ubud y Jatiluwih.

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Kuta Bali

Y para rematar Bali, nos quedaba visitar el lugar más horrible que existe sobre la faz de la tierra: Kuta Bali. En serio, no vayáis. Nosotros lo que hicimos fue pasar un día entero metidos en un hotel con piscina, intentando preparar todo el viaje de nuestro siguiente destino, Australia, que se nos estaba torciendo por todos lados. Resulta que no había caravanas disponibles, los hostales eran todos carísimos, y habíamos calculado muy mal los días para recorrer toda la costa este. El sueño australiano se desmoronaba por momentos. Pero esto ya es otra historia. En breve os contaremos nuestras aventuras, las buenas y las malas, por la tierra de los kanguros. Mientras tanto, un poco de música.

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